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A mi Madre

3. mayo 2018 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTE
El día de la madre es un día comercial, como el de la secretaria, como el día de los enamorados, y hasta la navidad. Todos esos días e inventan siempre, alguno más, para poder vender algo más.

Y si no pregúntele a un joyero si aumentan las ventas el día de la secretaria y si no se llenan las casas de citas en ese día precisamente.
A mi vieja, siempre le llevé flores en vida y nunca al cementerio.
Todo lo que soy y lo que hice se lo debo a mi madre y a su colaborador de siempre, mi viejo, una vez que perdí un examen el viejo vino y me dijo, la próxima, vas al laburo.
Pero mi madre se levantaba a las cinco de la mañana, lavaba, planchaba, cocinaba, corregía los deberes y a las 12.30 marchaba conmigo de la mano para la escuela, y se quedaba a las reuniones de la comisión pro-fomento.
Como sabía que el barrio era pobre, no pedía cosas para lucirse con hojas de carpeta especiales, sino que los dibujos conmemorativos en las hojas de carpeta los hacíamos nosotros y de paso aprendíamos a dibujar.

Cuando apuntaba la primavera marchaba mi viejo a la Estación del Este, donde está OSE ahora, a alquilar un tranvía para llevar a los niños de primero A y B al zoológico.

Sí, porque entonces muchos niños no tenían ni idea de lo que era el zoológico, a pesar de que la entrada costaba un vintén y la rambla y los campitos cunas del fútbol y a la primera se la conocían de memoria porque ambas cosas era el marco gratuito del Barrio Palermo.
Los montevideanos que vivimos en el asfalto, no nos hacemos ni idea de lo que es vivir en medio del campo, la cantidad de experiencias distintas que tienen los muchachos de afuera y la cantidad que les faltan.
Alguien piensa que tienen idea de lo ancho que es el Río de la Plata, en un medio que a los sumo hay un río o arroyo o una cañada, como se van a imaginar agua hasta el horizonte.

Me contó una maestra que una escuela de Maldonado, había llevado a sus niños a Piriápolis y estaban en el edificio de la Junta, cuando un niño le dije a la maestra, “que jodido está el vecino, mire como la crecida le corrió todos los animales” mirando con ojos como el dos de oro el agua que rompía sobre las arenas de la playa.
A mi cuando me llevaron a Las Cañas, departamento de Durazno, en una escuelita rural que estaba en la falda de un cerro, nunca me había corrido por la cabeza que un charrete podía cruzar una cañada, ni que me iba a llenar la boca de pelo comiendo un asado con cuero, ni que los gurises de la escuela me iban a regalar un pájaro carpintero al que le habían cortado las plumas de las alas y parte del ala también, ni que paseando en una petisa mansa de un niño, su transporte diario hasta la escuela, se me iba a cruzar por debajo de la panza una culebra verde, verde quedé yo cuando vino un muchachito de mi edad y con un talero la difunteó para mi tranquilidad.

Mi vieja les enseñó a cantar el himno nacional a los muchachitos, porque las maestras no sabían tocar el piano y la vieja algo le pegaba a las teclas y los sacó cantando el himno, no para el Sodre, ni el Solís, pero si para cualquier evento patriótico en la propia escuela.
Mi vieja y mi viejo nos dejaron el concepto del trabajo bien encarnado en nuestra forma de ser.
Alguno pensará que me estoy poniendo zonzo y pagado de mí mismo al decir que el trabajo siempre me gustó, y es la purísima verdad, porque también me gustaba cobrar el sueldo.
Cuando mi vieja, volvía de la escuela a hacer la cena, porque en aquel entonces se recibían dos diarios y en las casas por humildes que fueran, sin el Mides, se desayunaba, se almorzaba, se merendaba y se cenaba.
Empleada, sí a veces había alguna, porque era un lujo tener una mujer que ayudara en la limpieza.
Recuerdo que una vez vino una aspirante a empleada y mi vieja la atendía desde la puerta cancel para afuera, no fuera cuestión de que viera lo que había adentro para venir a robar ella o un galán de ella.
Y la mujer preguntaba cuántos niños había en la casa, si había que hacer los mandados, si había que lavar, si había que planchar, etc. todo ello hasta que mi viejo que estaba trabajando en el escritorio de casa, levantó presión, abrió la puerta del escritorio y le dijo, “mire m’hija, yo lavo, yo plancho, hago los mandados y me pongo un plumero en el c…. para ir plumereando mientras hago otras cosas”.
Estamos hablando de la época en que no había lavadora, ni heladera, la heladera era un mueble de roble, forrado de chapa del lado de adentro, y la heladera y lavadora fue una Ferromasmalt y una Hoover en el año 1950, cuando empezaron a aparecer esos inventos, sin los cuales hoy no podríamos vivir.

No existían los supermercados había despensas Oda con sus 80 sucursales o Manzanares, con sus aceites Triana, Maricarmen y Manzanares.
En la panadería se compraba todos los días un kilo de pan chico (porteño) y el lechero y el hielero venían a la puerta en su carro.
La barra de hielo la cortaban con un picador de hielo y la ajustaban al tamaño de la heladera.
Los aviones andaban a hélice, así que a nadie se le ocurra pensar en un freezer.
Me mandaban a lo de don Juan a hacer una jugada de quiniela, y me daban un realito para que le pusiera al número que yo quería, nunca saqué nada.

De ahí que sea pesimista en cuanto a la timba aunque un tío mío, sacó tres veces la grande, pero solterón y para la pachanga, no le duró la plata ni tres meses, es como pasa siempre la plata de arriba se patina fácil y el hermano de ese tío, también tío mío por cierto sacó una vez la grande pero más gorda con más participación y la hizo durar más.
Viejita linda que tuviste cinco varones y al final cuando estabas en las últimas nosotros no podíamos con una viejita, y tu pudiste criar a cinco hijos, y luchar en la escuela con 50 o 60 niños de los conventillos, sacarlos derechitos y a los que eran más limitados de la croqueta, los traías para casa y les dabas el café con leche con pan con manteca, (los bizcochos eran prohibitivos) y les acortabas las orejas a los más limitados.
Fue maestra de abuelos, padres e hijos, y cuando alguno iba a la casa a decirle al padre que le había dado un coscorrón, el padre o la madre lo levantaban en la pata, porque mi vieja también le había dado un sosegate a los padres.
Eso es lo que era un barrio de antes, ahora, la maestra ni avisa de un niño que le cuenta que están violando a un compañero.
Dicen que la escuela es la prolongación del hogar, en mi caso fui doblemente afortunado, porque tuve madre o escuela full time.
Almorzábamos con el Petit Larousse en la mesa y las dudas no las corregía mi vieja, sino que decía “no preguntes lo que puedes aprender por ti mismo”, y ahí estaba el pequeño mataburros como lo llamaba María Elena Walsh.

Y si quedaban dudas estaban los 30 tomos en papel arroz de la Enciclopedia Espasa Calpe, claro que hoy un celular que se precie capaz que le gana a la enciclopedia.

Que todo sea para bien… y los que tienen madre, disfrútenla todo lo posible.

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Un comentario
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  1. Este relato es un gran mensaje para el dia de la madre y para todoslos hijos del mundo. Feliz día a todas las madres en el proximo domingo 13 de mayo.

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