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Baja stoffa

20. septiembre 2013 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ
Mi vieja decía que una persona era de baja “estofa” a la que era de mala entraña o mala categoría y no me cerraba la cosa, porque ella era hija de gallegos yo lo tomaba por un dicho o frase hecha y recién ahora, después de tantos años en que murió me di cuenta que por estar criada en el barrio Palermo, había agarrado esa palabra que en italiano se escribe “stoffa” y quiere decir tela, una persona de baja stoffa, es una persona de mala tela o mala calidad o categoría.

duelo-1_145x170Me llevó una vida darme cuenta del valor de esa definición que viene como anillo al dedo para el episodio que voy a narrar.
Fui educado en un hogar de laburantes, de una maestra y un técnico electricista, que en aquella época los llamaban instaladores, o simplemente electricistas, con la diferencia que unos eran egresados de la UTU y tenían firma autorizada en la UTE y otros, trabajaban de espaldas a las reglamentaciones.
En el gremio les decían “verduleros” a los que les vendían la firma en los expedientes a los que trabajaban en forma no autorizada.

Claro que mi viejo, tanto hacía una instalación, como le arreglaba la plancha a la vecina –en aquella época no se tiraban y compraban otra-, o arreglaba un timbre.
En casa por la influencia valeriana en la formación de mi madre había un principio de palabras más importantes, que gustoso compartiré con los lectores.

“LAS PALABRAS MAS IMPORTANTES
“Las SEIS palabras más importantes:
“YO RECONOZCO QUE HE COMETIDO UN ERROR

“Las CINCO palabras más importantes:

“VOS HICISTÉIS UN BUEN TRABAJO

“Las CUATRO palabras más importantes:

“¿CUÁL ES TU OPONIÓN?

“Las TRES palabras más importantes:

“POR FAVOR, ¿PODRÍAS…?

“Las DOS palabras más importantes:

“MUCHAS GRACIAS

“La palabra MAS importante:

“NOSOTROS

“La palabra MENOS importante:

“YO”
Claro que entre gente bien educada, no se estilaba pedir perdón, porque para evitar te tener que arrastrarse pidiendo perdón, no había que ofender al prójimo y ya estaba la cosa.
Es mucho más fácil hacer que reparar.
El que tiene que reparar un daño u ofensa inferida es un chambón.

La hombría de bien históricamente, en la edad media, se reparaba en unos juicios llamados ordalías, donde de paso cañazo, religión mediante, los sometían a pruebas para obtener el perdón divino, que pasaban de hierros al rojo vivo a caminar sobre ascuas.
El que no sobrevivía era culpable, cosa que les pasaba a casi todos.
Nuestros gauchos sin andar con las tonteras de molestar al cura, tenían el duelo criollo que iba de una pelea común a facón, meta tajos y puñaladas, a una mucho más grave, en que los contendientes se ataban uno a los otros ambos brazos izquierdos y con facones en las manos derechas se curtían a puñaladas.

De este segundo tipo de duelo difícilmente saliera vivo alguno, pero todos tenemos bien claro, el concepto de la hombría que tenían nuestros gauchos y que la vida la valoraban muy poco.
También existía hasta hace unos cuantos años un duelo, para clases de cierto nivel, en especial entre los políticos que estaba sujeto a una serie de normas legales y consuetudinarias, así como requisitos, que iban, desde determinar por los padrinos quien era el ofendido, la elección de las armas, si era a primera sangre, a la primer herida se terminaba o a muerte.

Si eran con armas de fuego estas no eran de caño estriado y con bala redonda, cosa que el arma no era precisa, aunque en nuestro país hubo unos cuantos que no contaron el cuento, en la época pretérita, como fue, por citar uno, el de don José Batlle y Ordóñez y Washington Beltrán, que le costó la vida a este último.
Duelos que recuerde tuvieron Jorge Batlle Ibañez, Julio María Sanguinetti, Manuel Flores Mora, Danilo Sena, Liber Seregni, el Gral. Ribas y algunos de ellos más de una vez y otros que no tengo presentes en este momento.

El Dr. Gonzalo Aguirre, eliminó ese instituto primitivo y sangriento de nuestro derecho con un proyecto que hecho ley lo dejó fuera de la legalidad.
Hubo un político muy bocazas que se negaba a batirse a duelo y le habían puesto de mote “huevo duro” porque no se batía.
A otro nivel social, no sujeto a reglas de especie alguna, tenemos lo que hoy se ha dado en llamar “ajuste de cuentas”.

Claro que al eliminarse el duelo, algunos tipos con más agachadas que un cursiento se desbocan y en el juzgado piden disculpas y zafan del entuerto.
Muchos mediocres o aún menos que eso, en lugar de brillar por sus méritos propios, buscan empañar los méritos del oponente y muchas veces, lo que es peor aún, lo hacen ensuciando la persona de los familiares del adversario.
Al retirar los dichos no se le suele dar la misma trascendencia que se le dio en su momento a la ofensa originaria.
Es valor sabido que la maledicencia se transmite a una velocidad comparable a la de la luz, con el agravante que cada receptor la retrasmite a diestra y siniestra infinidad de veces, en consecuencia el factor multiplicador es elevadísimo.

No ocurriendo lo mismo con el pedido de disculpas o arrugue.
Si uno dice que alguien es buena o excelente persona, capaz que alguno lo repite y queda por esa plata, pero si uno dice algo difamante o infamante de una persona y más si es o fue una persona pública lo repite hasta el loro de la vecina.

Hace unos números atrás en “El Reporte” se publicó que nuestro país estaba primero en el ranking de colar whisky por el gaznate y depositarlo entre pecho y espalda.
Acá nadie estila en dicha materia la opción de ser carmelita descalza, sin perjuicio que en dicho artículo también apareció que en el Vaticano, como estado, ostentaba uno de los primeros lugares en el consumo de vino.

A nadie le corrió por la cabeza que el Papa Francisco era un mamado.
La acusación de consumir más o menos alcohol una persona y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, se hace por carecer de vicios o porque el status económico no le permite acceder al néctar ambarino y se actúa no por cuáquero, sino meramente por envidia o para ensuciar gratuitamente a la gente.

Cuando éramos estudiantes y no nos daba la nafta le entrábamos a la con limón, pero no mirábamos mal a los que estaban para el whisky (pocos pero los había) o el café.
Un viejo amigo abogado, cuando los clientes le traían botellas de whisky de regalo, eran otras épocas, honorario y regalito, iba al bolichero de la esquina y se las cambiaba por botellas de grappa, porque como buen fronterizo de antes, sin free shops, le gustaba más la bebida gruesa o en su caso tal vez optara más por la cantidad que por la calidad, es un problema de gustos o de consumismo.

He sentido y leído chistes de mal gusto que a nuestro Presidente le gusta el trago y que se pasa en la cantidad, cosa que creo que es una infamia, porque sabemos todos que su salud no es óptima y por su forma de ser, de hablar y por sus años, que no son pocos, puede arrastrar la lengua o pegarse una siestita, estando en su pleno derecho de hacerlo y si en vez de un vaso, toma más, quienes somos los de afuera para juzgarlo.
Apareció un fiscal sin investidura ni calidad de tal, calificando a gente por conductas ajenas, me pregunto, qué tiene que ver un hijo, si el padre le gusta o le gustaba el trago.
Pareciera que los méritos de este candidato a nada, son lo que el juzga como defectos en los padres de sus eventuales adversarios, aunque es todo gratuito lo de la ofensa, porque este señor rectificador de conductas ajenas, no es, ni creo que vaya a ser nunca candidato a cargo alguno, salvo a un premio a la estulticia.

Pareciera que retiró sus dichos sin necesidad alguna de hacerlo, porque lo suyo no pesa en ninguna balanza pública, ahora si su momento de gloria fue como el de Eróstrato destruyendo sin construir, este hombre se quiere muy, pero muy poco.
Claro que como decía El Chavo del 8 “pues si lo hice sin querer queriendo…”
Si no se hubiera derogado la ley de duelos muchos boquiflojos medirían más sus dichos infamantes, porque frente a un chumbo o al filo de un sable, la cosa no sería tan sencilla y por supuesto mucho más seria.

Claro que no ofende quien quiere, sino quien puede, porque para demoler personalidades de valía, se necesita un muy buen nivel intelectual, que de tenerlo, no se dedicarían a la bajeza, sino que saldrían por derecho propio.
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