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Banquero de Punta Carretas

21. octubre 2010 | Por | Categoria: Insólito

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Por; Niquita Nipone

A principios del siglo XX fuimos entrando en lo que hoy creemos que es el mundo moderno, con sus muchas virtudes y sus muchos defectos.

Fuimos pasando de aldea a ciudad, paulatinamente, gracias a la emigración producto de las guerras, las hambrunas y por qué no, algunos, los menos, delincuentes que estaban quemados en otros lares, se venían para estas latitudes todavía bastante vírgenes o carentes de estilo en la materia.

Todo ello, sin perjuicio que siempre fuimos, como lo somos y lo seremos siempre, lugar de enterradero de los delincuentes argentinos, cuando estaban muy manyados en su tierra, claro que como la plaza no daba para tanto, o carecía del vértigo, a que estaban acostumbrados, al poco tiempo volvían a su tierra y corrían la suerte que les tocara.

Tuvimos guardado en el Penal de Punta Carretas a un ilustre falsificador, llamado Edwin Polke, el primero de nuestra historia, por lo menos que se hubiera detectado y aprehendido.

Por el año 1927, entraron a aparecer billetes de banco bien fabricados, pero falsos y como es de estilo, fueron denunciados por el Banco República a la autoridad policial.
La falsificación era de diversos valores, había para todos los gustos del mercado, bien impresos, muy difíciles de detectar a simple vista.
Primera medida, cerciorarse de que Polke estaba a buen recaudo, cosa que se confirmó.

Con la precariedad de los elementos con que se contaba en aquella época, se estimaba que circulaban, no menos de cien mil pesos en billetes falsos, una señora fortuna, claro que con la advertencia anterior esta estimación fue hecha a puro ojímetro.

Era una época en que la gente tenía los valores bien claros, no se daba el no te metás y ante la sospecha denunciaba, lo hacía tanto el bolichero, como la prostituta de la calle Yerbal y los que caían eran los circuladores, pero no daban con el origen, de dónde estaba el principal de la maniobra.

Estábamos dando pasos atrás, porque la gente se volvía a proteger en el patrón oro, las libras esterlinas.
Pero el problema de los ladrones y de toda esta gente de mal vivir, es que quieren pasar al buen vivir rápidamente, no tienen paciencia y cuando empiezan a tener algún peso en el bolsillo les pica y hay que gastarlo y ahí salta la perdiz.
Una señora fue a una joyería de renombre con un billete de mil pesos, una fortuna para andar así como así, en manos de una señora muy bien presentada, pero no conocida del joyero, no olvidemos que todos se conocían y un cliente de ese tenor es inolvidable para el comerciante.

El joyero, ni lerdo ni perezoso, llamó a la policía, mientras le daba largas a la conversación con la dama, porque si bien la operación era tentadora, peor podría ser clavarse con un billete falso de mil pesos.

La policía la detuvo y efectivamente el billete era falso, en dependencias de la policía fue interrogada en forma y aparecieron las clásicas contradicciones y la dama que ya no era tan dama, no sabía o no recordaba como tal suma había llegado a su poder.
Allanamiento del domicilio de la imputada y encontraron una fotografía de Fernando Gabrielewsky, acompañado de un ladrón conocido, pero de poco vuelo, que había sido amante de la señora que tenían en su custodia.

Los manyamientos que se les hacen practicar a los policías, no fueron en vano, y el policía de la esquina lo vio a un hombre muy parecido al requerido, lo detuvo y en dependencias policiales se pudo constatar que efectivamente era Gabrielewsky, el cual terminó en Punta Carretas.

Pasa un tiempito y empiezan a salir de nuevo billetes falsos y la policía bastante desorientada, menos uno, tal vez, el más segurola de todos, dijo voy al Penal de Punta Carretas y todos lo miraron como diciendo este es tonto.

El policía habló con el Director del Penal y este le manifestó que era un excelente recluso que se desempeñaba muy bien en la sección fotografía del propio centro de reclusión.

El policía, bastante pertinaz, pidió para revisar el lugar donde trabajaba el preso de referencia y encontraron prolijamente ocultas en el lugar, placas y fotografías de billetes que Gabrielewsky como un artesano, de los buenos, seguía fabricando desde adentro del propio penal y desde ahí se distribuía el material.
Claro está, que en aquella época no existían los celulares, ni las fotocopiadoras, ni un montón de adelantos, que le han hecho perder al oficio de falsificador la parte artesanal y al delincuente en sí, la picardía de valerse de cualquier medio idóneo para lograr el fin perseguido.

Pasó a la historia como “El Banquero de Punta Carretas”.

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3 comentarios
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  1. Loco viejo…en esas manitos se esta manejando como 10 luquitas…biene bien pa lo ni quita ni pone. Les cuento que los mercados negros de paraguay, colombia, peru y venezuela hace años que no agarran falsificadores….como hacen no se…es un tema pal que escribio esto….

  2. Poooobre!!!! Una vez que se consigue a un tipo que no te chanta: QUE TE PENSAS….QUE YO FABRICO PLATA?????? y le da la plata para su joyita, resulta que no se lo decía porque FABRICABA PLATA. y la mando a la guerra………..Hay estos hombre!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  3. Muy buena historia, todas las semanas se aprende algo nuevo con este blog y la gente que escribe aquí.
    Saludos a todos

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