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Casi, casi…

16. Febrero 2011 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ

Un amigo tenía una buena relación con una compañera de estudios. Pura y exclusivamente amigable, entiéndase bien.

Ésta, a su vez, andaba por hacer nido, con un tipo bueno para nada y aparte de haragán, mala persona, mentiroso, que se sobre valoraba de forma tal, que hubiera sigo un pingüe negocio comprarlo por lo que valía y venderlo por lo que él se creía que valía, estas, entre otras virtudes que adornaban su mórbida naturaleza.

Mi amigo convidó con un café a la muchacha, con la cual tenía una excelente relación y le cantó la justa.

No sigas con este tipo porque vas a ir al muere.
Ella, como buena tortolita enamorada, lo tomó a mal y se puso furiosa con aquel individuo que le cantaba, lo que ella no quería oír.
Ella actuaba como el mejor sordo cuando le dicen las cosas que no quieren oír.
Siguió el romance para adelante y se celebró la boda, bancada totalmente por el padre de la novia, el cual estaba en buena posición, con una empresa que redituaba mucho y llevaba poca inversión.

Con una suntuosa comida, no fina, sino sumamente abundante y muy bien regada con todos los éteres etílicos que requiere la ocasión y un poco más y todos y felices y contentos, siendo mi amigo, uno de los principales invitados.

Pasa el tiempo y como estaba visto, la relación entre cónyuges empezó a deteriorarse.
A mi amigo le rodaron las cosas bien, trabajando como un burro y el marido de referencia iba barranca abajo, en lo suyo, no por falta de oportunidades sino de voluntad de encararlas, en una palabra de puro vago.

Haciendo la plancha, se llega hasta donde van las aguas, ni un metro adelante de donde se arrancó y talvez algunos metros o cuadras, para atrás, si hay cualquier vientito en contra o la marea rumbea para el otro lado.

Ella, empieza a reprocharle a su marido que él, iba solamente para atrás y a elogiar lo bien que le iba al otro y la matraca entretiene solamente al que le da manija y aburre y calienta a los que le escuchan.

Para empeorar las cosas, el hombre empieza a tomar en forma desmedida, cosa que hacía antes, pero con un poco más de prudencia.

El alcohol no ayuda para nada cuando las cosas andan mal.
Aumenta sensiblemente el magro presupuesto sin perjuicio que al amanecer, tras una noche de copas, la resaca no ayuda a trabajar, sino todo lo contrario, hay que tomarse alguna para controlar el síndrome de abstinencia y ya no se empieza a tomar de noche o de tardecita, sino que se arranca más temprano, por ejemplo al mediodía y se termina desayunando con combustible pesado.

No se trabaja, no se produce un peso y se gasta lo que no se tiene.
Al gastar lo que no se tiene se empieza a caminar por el pretil y tropezarse, con la tentación, en dicho lugar equivale a una fuerte caída y así fue.
Plata de una clienta o de varias, denuncia policial y cana.

Tiempos difíciles, el defraudador disfrazó la cosa como si hubiera sido un delito político, porque es mucho más distinguido ser preso de conciencia que por chorro común y corriente.

Una cosa es ser Robin Hood y otra un ladrón de gallinas, aunque este último lo hiciera para darle de comer a la familia chica.
Con esta estratagema, logró el cambió de la carátula del expediente, de chorro común a víctima revolucionaria.

Engrupió a los giles que se la querían creer.
Había levantado demasiado polvo, como para que los que lo conocían lo tuvieran por víctima y los primeros en no querer que entreveraran los conceptos eran los propios integrantes de la organización, que lo conocían demasiado bien.
Se comió bastante tiempo adentro.

Cuando salió, vuelta otra vez a no tener un mango y a darle a las copas y la mujer dándole chicote y haciéndole un monumento a mi amigo, con patente de triunfador, en el concepto de ella.
El no era un triunfador, simplemente un laburante, que hizo las cosas relativamente bien y salió adelante, un poco, no demasiado, pero para el pelotón de rezagados era demasiado.

No era un triunfador sino que el marido de ella era un vulgar perdedor.
El hombre entre copa y copa se pasaba la película de la cual fue libretista, productor, director y primer actor, teniendo en cuenta de que cuando estuvo guardado la mujer había quedado suelta y en banda.
La mujer seguía con la manija, dale que dale, cosa que no mejoraba para nada las cosas, sino por el contrario, las empeoraba.

En aquellos años en que los terrenos se cercaban con un alambrado de cinco hilos, como mucho, nada de muros, rejas, alambrados eléctricos, como ahora, sino a lo sumo un murito.
Se boleaba la pata se pasaba por arriba, era un patín y cinco o seis ladrillos horizontales.
Mi amigo estaba una noche de verano haciendo un asado con un par de luces y al amor de las llamas del fuego.
Noche cerrada iluminada solo por las estrellas.
Suena el teléfono (no existían los celulares) y ella le dice a mi amigo que el marido salió como loco, con un 38 para matarlo.

Mi amigo no comentó nada, se acomodó en la oscuridad, en una palabra se escondió, con un tizón de hierro de esos bien pesaditos, hizo sus cálculos que si paraba un taxi en la calle a él no lo verían.

Iría por el lado de la oscuridad de unos cipreses sin podar, indisciplinados, le saldría por atrás en las sombras y le partiría el tizón en la cabeza de callado.
Tenía el estómago hecho un gnocchi a medio hervir.

Pasó media hora, una hora, el asado estuvo pronto y lo comió con muy pocas ganas, pero tenía que hacerlo para disimular.
Pasó la noche y a la mañana siguiente, se enteró por la amiga de mi amigo, que el marido iba blandiendo revólver en mano, bien mamado y puso tan, pero tan nervioso al taxista que terminó chocando el vehículo el que quedó metido dentro de un bar, para gran desparramo de parroquianos y bronca del dueño.
Ambos presos, uno por sus antecedentes y porte de armas y el otro, el laburante, en averiguaciones.

Que susto me llevé y todo por pretender avivar giles.
No por haber hecho lo que él pensaba y por haber hecho lo que el no pensaba.
Las cosas tan simples como las vemos al principio se suelen complicar por la cosa menos pensada.

Pasaron unos años, el de la tentativa frustránea de homicidio pasional, cambió sus odios por una babosa amistad de su parte, no correspondida por la mía.

Una tarde viene y muy misterioso me pide mil pesos prestados.
Se los presté, porque sabía perfectamente que no me los iba a pagar nunca, ni me iba a volver a manguear porque los mal pagadores no vuelven.

Sabía que había comprado barato el hecho de no tenerle que ver su babosa cara y como seguro de vida era barato a pesar de que la póliza estaba vencida.

A ella, nunca más la vi.

De esa si que casi, casi, pero no fue…

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3 comentarios
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  1. Muy linda historia………..que habrá sido de la chica que pago los platos rotos? porque ya vimos quel pavo ni pa hacer pavada sirvio…hizo chocar el taxi…………jajajaja

  2. Sale un chorizzo con fritas….pero la mina tambien tiene la culpa…..los problemas son de dos……

  3. Ja….quedo jodida tu amiga ahora parece que vamos a tener en la cartera un aparatito para medir con la saliva si te conviene o no el tipo……es broma de aqui a que llegue………..pero que solucion buena………..a los tramposos no les va gustar……… Es complicado una vez que le erras sacarte el tipo de encima…no es facil….

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