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Como quien dice ayer

9. Mayo 2013 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ
Hace bastante tiempo, para algunos ayer nomás, para otros hace mucho, pero mucho tiempo y otros ni habían nacido. La jornada laboral se realizaba en dos turnos, uno por la mañana de 8 a 12 y otro por la tarde de 14 a 18.

tranv-1_280x300Los diarios eran formato sábana, los suplementos eran formato tabloide.

Los empleados compraban el diario todos los días y algunos compraban el de la mañana y el de la noche.
El canillita los pregonaba por su recorrido habitual, también eran propietarios de sus paradas y las mismas se vendían, todo de boca y se respetaban por los otros canillitas, porque a pesar de que no había un contrato escrito había un código moral que se hacía cumplir por el honor, si la gente humilde, como lo era un canillita, tenía códigos y honor.

El camión del reparto de los diarios los llevaba a los sucursaleros o en determinadas esquinas había una especie de sucursal y el encargado del camión iba entregando los paquetes a los que le entregaban las chapas.
No se pagaba en efectivo, se compraban las chapas con anticipación y se le entregaban al encargado del camión.
Cada chapa equivalía a 10, 20 o 50 diarios, eran lo que ahora en los supermercados llaman “gift”, una tarjeta por tal valor de cambio.

El código moral cuando no se cumplía se arreglaba a las trompadas, así nomás, bien clarito.
Había canillitas de medio pelo, que no tenían dinero para comprar una chapa y entonces les tiraba del carro el que les sobraban de su chapa y les vendía a mayor precio los diarios que le podrían quedar de clavo, al menudeo los diarios al “busca” que venía a hacer la de él.
En todo siempre hay capitalistas y proletarios.
Bueno, estamos hablando de otras épocas, no existían ajustes de cuentas, los políticos eran responsables de sus dichos con otro código de honor, que era el batirse a duelo.

Hubo un político, que llegó al Consejo de Gobierno que le decían el “huevo duro”, porque no se batía, el nombre de pila era Benito, por supuesto que el apellido no era Mussolini.
Todo esto viene a que el pater familias, almorzaba y cenaba en la casa, sentado a la mesa, con su mujer y sus hijos.
Por lo general no se arreglaban las cuentas entre padres e hijos al mediodía, con el por qué hiciste esto o por qué no hiciste lo otro, porque había que ir de apuro al yugo, en la cena no había apuro y la cosa venía más espesa.

Las mujeres, muchas de ellas, trabajaban, como mi madre, que se levantaba a la cinco de la mañana, cocinaba, lavaba, planchaba, me controlaba los deberes, servía la mesa, a mi viejo primero, a nosotros después, salía como trompada para la escuela a las 12.30 porque tenía la llave y no quería a los chiquilines sueltos en la calle, cuando no había reunión de la Comisión Pro Fomento de la Escuela, se traía a unos chiquilines que andaban medio atrasados y no entendían bien la O como letra redonda y les daba el café con leche, porque eran de los conventillos donde se pasaba fiaca y les daba clases particulares gratis, mientras preparaba la cena.

El lavar los platos y eso, me salvaba porque era el más chico, pero mis hermanos que me llevaban 12 y 16 años se jugaban la lavada o el secado al ajedrez, el que ganaba elegía la tarea.
Los tranvías eran de la Comercial (ingleses) y de la Transatlántica (alemana), estos últimos más grandes, más pesados, esta última con la segunda guerra mundial, la pusieron en la lista negra, etc. y fue a parar a manos de la Comercial.
La lista negra era una especie de boicot a todo lo proveniente del eje o sea Berlín, París y Tokio, claro que principalmente apuntaba a Alemania, porque los tanos nuestros, tenían cierta morriña con Mussolini, se había disfrazado de socialista al principio y los viejos en aquel entonces quedaron engrupidos con dicho personaje.
Los tranvías y los ómnibus tenían un cartel esmaltado que decía 32 sentados y 11 sentados.

El tal cuento chino, metían parados y colgados como a 60 pasajeros, los colgados de afuera no pagaban porque el guarda no llegaba.
Asimismo tenían dos asientos atravesados que les decían el asiento de los bobos, vaya uno a saber el origen del nombre, claro que sería porque tenían que ir sentados mirando a la cara a los demás pasajeros, les daba un aspecto de tales.

El padre de un amigo, venía al mediodía en un tranvía leyendo el diario, abierto de par en par, que tenían un formato sábana abiertos, era como una carpa.

El hombre estaba en lo mejor, cuando levanta la vista, de los lentes media uña de esos que se usan para ver la letra chica de cerca y se percata que dos jóvenes damas paradas atrás del diario, cuchichean entre ellas, coloradas, nerviosas y medio se sonríen.
Al hombre le picó la curiosidad y mira hacia donde miraban las muchachas, o sea lo que viene a ser su regazo y ve una cosa blanca.

Pensó nerviosamente, porque también todavía existía el pudor, tengo desabrochada la bragueta de los pantalones (en aquella época no tenían cierre metálico sino botones y ojales) y se me salió la punta de la camisa para afuera.
Disimuladamente, con dos dedos empieza a empujar la tela, por entre los botones, para adentro, menudo trabajo que le dio, pero al final lo logró.

Las jóvenes se corrieron por el pasillo y santas pascuas.
Nuestros padres tenían por costumbre, cuando llegaban a casa, se sacaban la ropa de trabajo y de primavera a otoño, se quedaban lisa y llanamente en calzoncillos, para comer tranquilos de que un accidente masticatorio no les estropeara el pantalón, más el costo de la tintorería.
No olvidar que en aquel entonces los pantalones eran de casimir y no se lavaban en casa, sino que iban religiosamente a la tintorería.

El hombre del diario, padre de un querido y viejo amigo, cuando llegó a la casa, se quitó los pantalones y cayó al piso un pañuelito de mano de mujer, eran bordados con florcitas, puntillados, una monedita, no como ahora que son de papel.
Menos mal que la señora era de las de antes que no preguntaban tanto, porque podría haber dado lugar a mucha cosa, esa inesperada aparición de un pañuelo íntimo en el calzoncillo del hombre de la casa.
Como le pasó a otro querido amigo que estudiaba con una compañera de noche, cuando salía del empleo y cuando llegó a la casa a medianoche, se saca los pantalones y la mujer se da cuenta de que tiene la bragueta para el lado de atrás.

El negó todos los infundios que le decía la mujer hasta el cansancio.
La mujer se pasó un par de semanas poniéndose calzoncillos del marido al revés para ver cómo podía ser que no se hubiese dado cuenta, claro que a ella le faltaba el por qué los calzoncillos llevan bragueta y las bombachas no, sin perjuicio de que ella se los ponía tranquilamente y no en un apurón.

Amigo cuide la forma de ponerse la ropa interior y que todo sea para bien…
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