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El carnaval de ayer y de hoy

15. febrero 2018 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Negros lubolos de antes. Negros lubolos de hoy

Carnavales demás son los que voy teniendo yo. Me gustaban las llamadas cuando eran amateurs. Cuando en Minas e Isla de Flores se juntaban cuatro o cinco negros y blancos un día cualquiera, preferentemente feriado o domingo, quemaban unos diarios para templar las lonjas, luego arrancaban con el borocotó chas chas, borocotó chas chas, marchaban por Isla de Flores a buscar la gente del Conventillo Mediomundo en la calle Cuareim entre Isla de Flores y Durazno, acompañados por la gente de Ansina y los que se les iban sumando por el camino.

Conventillo Mediomundo

Nada de bikinis, plumas, disfraces ni lentejuelas, simplemente era el alma del candombe, algo de afro y mucho del barrio que los y nos vio nacer.
Tal vez previamente, si había unos centésimos, se compraba un vino lija para desprejuiciar a los tamborileros, o a las bailarinas, pero no se notaba.
Lo único que se armaba era la cuerda de tambores la que iba precedida por mujeres con ropa de calle común y corriente, bailando el candombe y seguidos por cantidad de vecinos que iban acompañado y disfrutando de la fiesta gratuita y que los hacía a todos uno.
No había premios en dinero, sino que el gran premio era disfrutar y hacer disfrutar a todos los vecinos juntos, ya fueran blancos, negros, hombres y mujeres deleitándose con el son del tambor, el chico, el mediano, el piano, haciéndolos uno, el alma del candombe.
Nunca más participé pasivamente del candombe de las llamadas a pesar de que pasaban a una cuadra de mi casa.
El candombe no es para los que no lo sienten, no es pretender ser del yacumenza del Mediomundo o de las lonjas de Palermo, Ansina o del Cordón unas horas un par de días al año, alquilando un balcón o una azotea y tomar vino lija para no despreciar.

Mama vieja y gramillero recreados

El candombe es aquello que cuando suenan las lonjas a uno se le mueven los pies solos, porque fui a una escuela donde blancos, negros, judíos y armenios, con una túnica blanca y la moña azul, que nos hermanaba a todos, compartíamos la leche en un vaso de aluminio que nos calentaba doña Cledonia, con aquel primus de cuatro o seis boquillas en una olla cuartelera y en clase, a pesar de la maestra, con los lápices en las mesas de los bancos y sacaban el mismo ritmo que las lonjas de los mayores en las llamadas, ellos lo traían en la sangre.
Nunca pude sacar el ritmo del candombre, no se si por mi oído de primus, o de puro torpe, pero no me salía.
Veo que la cosa se a comercializado, con los premios, con el alquiler de los balcones y azoteas, donde les sirven vino y hasta choripanes a los candomberos a contrapelo, que pagan mucha plata para ser partícipes de una cosa que viene de la colonia.
Los negros lubolos primitivos eran estudiantes blancos pintada su cara de negro.
A los auténticos negros disfrutaban lo suyo en la época de la esclavitud cuando sus amos les daban la posibilidad de hacerlo y ellos venían a compartir lo suyo con sus dueños.

Las vedettes se han abrasilerado, con esas plumas que han dejado de rabo desplumado a los pobres pavos reales, que no podrán por un largo tiempo abrir su abanico jactancioso al sol, para lucirlo tratando de conquistar a una hembra en algún parque o zoológico.
La primera agrupación de blancos-negros aparecida en Montevideo, señala en el género memorable jornada.

Fue en el carnaval de 1874 y bajo el título’ de “Negros Lubolos”.
La formaban jóvenes estudiantes, comerciantes y profesionales, blancos, que se presentaron pintados de negro y con indumentaria igual a la de los esclavos de las estancias brasileñas plantaciones de azúcar cubanas.
Hablaban en la graciosa medialengua de nuestros negros, que se le nota claramente a los cubanos de hoy en día y sin desviarse de la pureza de una imitación sin maldad y la respetuosidad del caso a aquellos, sostenían admirablemente diálogos con los “amitos”; caminaban y accionaban imitando a los negros, todo sin ánimo de burla descalificante sino una mera imitación.
Se copiaba al “rey” en el presidente de la sociedad, que marchaba en medio de ella.
Iba a la cabeza el “bastonero”, que llamaban “‘escobero”, por haber adoptado una escoba como bastón de mando; los hubo famosos; tenía que ser un experto candombero y de resistencia a toda prueba.

Llevaban los instrumentos típicos de la raza; tamboriles; y los instrumentos exóticos de sus descendientes: guitarras, violines, etc.
En su repertorio se repitió una vez más el catálogo de bailables sociales de la época, que tocaban y cantaban en las casas donde eran recibidos, despojándose por un momento de su papel, pues cantaban en nuestro idioma, con música de valses, y otras músicas de la época, siguiendo la rutina en toda agrupación filarmónica carnavalesca, pero volvían súbitamente a su caracterización y a su entusiasmo, cuando los tamboriles daban la señal del “‘tango” que habían tomado de los negros criollos, elevándolo a tonos y situaciones en que la alegría daba consentimientos a la picardía criolla.
Ese “tango” era el candombe clásico, mejorado en figuras y movimientos, más pintoresco, más alegre; estimulado por tantanes y chaschás mejor combinados.
Lo bailaban en entrevero, es decir, sin formar rueda, ni filas, ni parejas. En estas agrupaciones no figuraban mujeres.

La preocupación mayor de aquellas sociedades era su “tango”.
Los Lubolos se ejercitaron en él tomando lecciones bajo la dirección de negros africanos que aún vivían y sostenían próspera su tradición; es evidente que aprendieron candombe y que eso era su “tango”, pero, como los negros criollos, no quisieron caer en la vulgaridad de llamarlo “candombe”.
Favoreció notablemente la caracterización de éstos su indumentaria de esclavos: calzón corto y blusa sobre el cuerpo desnudo, lo que se aparentaba con medias, guantes y camiseta de color negro; no siendo lógico que extremaran el rol yendo descalzos, llevaban alpargatas.
Con innovaciones de detalles, ese fue el traje consagrado para esa clase de sociedades, hasta nuestros días.

Se pintaban prolijamente cara, garganta, pescuezo y orejas; para disimular la ausencia de motas se envolvían la cabeza con un gran pañuelo polícromo, en la misma forma que solían hacerlo los negros. Sombrero de paja de anchas alas, puesto o colgando sobre la espalda.
Las apariciones anuales de los “Negros Lubolos” fueron recibidas con creciente entusiasmo por todas las clases sociales.
Apenas, en cualquier barrio de la ciudad, se oían todavía lejanos sus tantanes, puertas, ventanas, balcones y azoteas se llenaban, de vecinos que no querían perder la oportunidad de contemplarlos.
En las calles se aglomeraba el público para verlos pasar y aplaudirlos.
Un verdadero ejército de muchachos los escoltaban, aprendiendo ávidamente todas sus modalidades, pues entre ellos iban los ignorados futuros fundadores de nuevas agrupaciones análogas.
Las familias distinguidas se disputaban las visitas de los “Negros Lubolos”, y los principales salones les dedicaban sus bailes.

Pero, fueron imitados en asombroso crescendo anual, por agrupaciones con títulos diversos, sin perjuicio de la calificación genérica de “lubolos” que el pueblo les aplicó y sostuvo por más de veinte años, cambiándola otras generaciones por la de “negros” o “negritos”.
Un cuarto de siglo de franco éxito y otro de existencia del género “lubolo”, marcan un record desconocido y que difícilmente podrá ser superado.

Un compañero de escuela llamado Justo Alberto Espinosa, que fue personaje en varios cuentos míos, fue un granillero de gran valía, que se llevaba las palmas en cualquier actuación, porque hacía que le temblaran las piernas como si estuviera atacado, con su infaltable mano en la cadera y la otra en el bastón.
Nunca más lo he visto, pero era sensacional y como compañero de clase tenía la virtud de sacarme de las casillas pero tenía una agilidad comparable a la de un gato, y después de un montón de tentativas de patearlo o trompearlo, en las que él me perdonaba la vida, yo terminaba en la dirección en penitencia, cosa que empezaba ahí y seguía en mi casa con mi madre maestra.

Que todo sea para bien…..

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Un comentario
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  1. Creo que el carnaval de antes habia que verlo llendo a los desfiles a las llamadas y al tablado.
    No todo el mundo podia ver todas las murgas capas que las del barrio porque los tablados se hacian en las calle y la murga del barrio era la local.
    Ahora con la television el carnaval llega a toda la gente y se sabe mas sobre las murgas humoristas lubolos parodistas, revistas, etc la gente conoce los nombres de los murgueros cosa que antes sabian unos pocos.

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