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El Sátiro gustaba

7. octubre 2010 | Por | Categoria: Insólito

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Por; Niquita Nipone

De acuerdo al diccionario de la Mitología Clásica, tenemos dos acepciones, para el término Sátiro: 1.- “Es uno de los hijos que Dionisos engendró con la ninfa Nicea, tras haber embriagado a ésta, al convertir en vino el agua de la fuente en que estaba bebiendo”; y 2.- “Son divinidades de los bosques y de las montañas, son los Sátiros manifestaciones de un primitivo culto a la naturaleza. Son conocidos también bajo el nombre de Silenos y, en Roma, se identifican con los Faunos. Su imagen difiere de unos autores a otros; ora son mitad hombres, mitad machos cabríos; ora mitad hombres, mitad caballos; en cualquier caso, muestran una larga cola, semejante la de los caballos.

Las Ninfas y Ménades están continuamente alerta para huir de estos seres siempre insatisfechos sexualmente”.

El Sátiro y sus cuernos

El Sátiro t sus cuernos

Los tiempos cambian, pero muchas cosas no tanto y como el Olimpo era bastante parecido a un conventillo, se daban los mismos problemas mundanos.
El término mitológico sátiro, que utilizamos vulgarmente, se ajusta de forma muy forzada a la segunda acepción del término.

Porque nuestro personaje, el de Pocitos o Punta Carretas, tenía una parte de hombre y otra de animal, pero no de caballo, por lo menos las patas, sino más bien de gato.
En cuanto a que las Ninfas y Ménades, le disparaban a estos seres insatisfechos sexualmente, creo que lo correcto sería dejarlo ahí nomás y no entrar a averiguar mucho.

No tuvo acusaciones de violación, claro que en aquella época, no era un mal de moda y tenía y tiene mucho de vergonzante para la propia víctima, por sobre todas las cosas que por lo general se trataba de personas de cierta edad y se omitía la denuncia .
Donde pudiera apoyar unos dedos y un pie y hubiera una ventana mal cerrada, era campo orégano para la operación.

El Sátiro griego

Ya que estamos, en el modus operandi, el tomaba la guía de los barrios de buen status económico y buscaba los teléfonos a nombre de mujeres. Alguna vez se clavó como una estaca, porque la señora estaba con compañía o la guía no estaba actualizada.
Alguno lo confundió con un chorro común y corriente y le llevó la carga y si usted quiere agarrar un gato, hágame caso, no lo corra de atrás.

Su uniforme o equipo de trabajo, el que también podríamos llamar ajuar, era un shorcito playero, una camisa o una camiseta de esas que hoy llamamos musculosas, un saquito para el botín, descalzo y con un poco de jabón, que lo utilizaba como lubricante, tanto para abrir una ventana, como para que su propio cuerpo pasara por algún lugar muy justo.

El no iba a violar exclusivamente, sino que por el contrario, su ambición era el alhajero y una vez perpetrado el motivo económico de la visita, si se entusiasmaba con la víctima, procedía a cumplir con el débito, tapándole la boca para que no gritara y cuanto entraba a funcionar la cosa, quedaban los jadeos más o menos normales de cualquier encuentro.
Eso si, no se quedaba a fumarse el cigarrillo, ex post facto, ni jalaba de la palanca para los cocodrilos, por si la dama cambiaba de opinión, simplemente se borraba como había aparecido.

Tuvo movilizada a toda la policía de Montevideo, pero también operó en Argentina y en Brasil.

Sátiro junto a Zacarías


Fue detenido varias veces y se escapó siempre.

Era como una enredadera, ponía sus sarmientos en una rajadura y se iba para arriba.
Del Penal de Punta Carretas se escapó un par de veces y una a la vista de la guardia, visitas y demás y se escabulló hasta la calle Guipúzcoa donde lo esperaba una dama en un automóvil y mutis por el foro.

Muchas mujeres, en el manyamiento, no lo identificaban, porque los hechos se habían perpetrado hacía mucho tiempo o porque estaba muy oscuro, otras lo sacaron por un perfume que utilizaba y una señora de origen británico, se hizo tapar los ojos, lo tocó, le acarició la cara y el pecho y lo olió y lo identificó positivamente. El perfume era un antisudoral común y corriente.

Hay que creer o reventar, pero lo que es la flema inglesa, que la hace superar las situaciones más tensas y sé por qué lo digo, porque me ha tocado estar en algún manyamiento y uno está más nervioso que el delincuente, creo que tenemos miedo a que el delincuente nos identifique y a la vendetta ulterior.
La leyenda popular, siempre dispuesta a echarle nafta al fuego, le atribuían muchísimas intervenciones, como también, que muchas afiebradas de esos barrios dejaban las ventanas abiertas.

Actualmente, han aparecido violadores seriales de todo tipo y marca que actuando como animales, abusan tanto sea de ancianas, o de niñas, lo hacen en bicicleta o en un estero, ya sea en determinadas localidades del interior, como el Sauce o Paysandú o algunos barrios concretamente.

Pero ninguno de ellos tuvo, ni tiene, el estilo versallesco de este español, sino que son unas bestias, vulgares y silvestres, que son tan delincuentes, como lo fue el clásico sátiro de Pocitos, llamado según documentos que presentó oportunamente Héctor Pedro Rodríguez, Francisco Castellanos Fernández o Santiago Montañés.
Ni los actuales hacen más honesto al primero, ni el primero los hace más delincuentes a los actuales, pero en la forma de hacer el daño a las víctimas hay un abismo de diferencia, así como en los traumas dejados a los seres vejados.

Lo ideal hubiera sido que no existieran ni los unos, ni el otro, pero después de cincuenta años lo vemos al Sátiro de Pocitos con mayor benignidad.

Se le imputó un homicidio con arma blanca obtenida en la cocina de la casa donde estaba cometiendo una fechoría y fue descubierto por el dueño, por desgracia para éste.
Se fugó del Penal y de varios juzgados por lugares inverosímiles, en uno de estos últimos por la banderola de un baño.

Acá lo llamaban el Sátiro, en Brasil el “Hombre Mosca”.

Trabajó en su oficio de delincuente económico-sexual, desde los años 50 en Buenos Aires, hasta mediados de la década de los 60 en Montevideo y en Brasil, el Hombre Mosca hizo de las suyas y voló, pero había empezado mucho antes en París y provenía de la famosa Legión Extranjera, donde estuvo 15 años, lugar donde los franceses mandaban a los duros de los duros, por lo general delincuentes, con pasaje de ida y sin retorno.

En Sao Paulo una de sus víctimas lo recordó como “el bandido más simpático que conocí en mi vida”.

Oficio de clima cálido el de este hombre…, más bien veraniego o tropical.

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4 comentarios
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  1. Era un violador y a parte un chorro que abusaba de la gente cuando estaba sola. nada bueno¡¡¡¡¡¡¡¡¡
    Saludos

  2. Creo que el artículo no es un panegírico de la violación en sí, ni del hurto, porque también estamos ante un homicida. Si bien el homicidio tal cual aparece narrado fue circunstancial no dejó de ser un homicidio. La duda puede estar en si el sátiro de Pocitos fue uno solo o varios trabajaron con la patente de él. No fue un violador, ni un chorro común y corriente, sino que tenía un estilo especial.
    El escapismo permanente desde la Legión Extranjera, París, Buenos Aires, Montevideo, Brasil y si era español, también debe haber hecho lo suyo en España. No era un violador violento, sino en su estilo tenía lo suyo que lo hizo pasar a la historia de la Crónica Roja uruguaya. No es la apología de la violación o del hurto, ni del delito, sino una anécdota que cuenta muy bien aquel momento de nuestro país.

  3. Conozco esta historia desde adentro; se llamaba Francisco Castellanos y se dijo que fue un ovejero alemán el que hizo que lo atraparan; no es real, era un perro chico como el de Susana Jimenez. Él le tenía fobia a los perros. http://www.youtube.com/watch?v=J19Orn7eNdE

  4. Ha sido una sorpresa para mi leer este trabajo de “El Reporte”, con mayor razón al proceder de un país que adoro y que sólo buenos recuerdos me trae. El caso es que quiero hacer una modesta aportación al perfil de este personaje atrabiliario y sorprendente. Le conocí el año 1981 en la prisión madrileña de Carabanchel. Yo estaba ingresado en la tercera galería por mi compromiso político y él por la misma causa o “registro” que le había conducido a la cárcel una y otra vez a lo largo de su azarosa vida. Cuando le traté, atraído por su peculiar personalidad, poseía un aura legendaria entre la población reclusa, especialmente entre los latinoamericanos. Se le atribuían “hazañas” fabulosas y su habilidad para escalar muros la acreditaba allá mismo, en el patio de la cárcel, a la menor provocación de sus admiradores: haciendo oposición con sus codos, trepaba como una ardilla, en segundos, por la escuadra formada por dos paredes, se sentaba en la albardilla, saludaba al guardia civil de la garita del recinto y volvía al patio tranquilamente en medio de las ovaciones de la masa de fans. Esto lo hacía una y otra vez, y los funcionarios o “boquis” lo dejaban ya por imposible. El aspecto que gastaba en aquellos años era fantástico: cabellera y barba larga y blanca, uñas cuidadas, perfumado, ropa carcelaria entallada por propia manipulación y siempre con una carpeta en sus manos en la guardaba sus ripiosos poemas (todavía conservo alguno). Era un psicópata de manual, sin capacidad para la empatía o para el arrepentimiento, de verbo florido, mitómano y exhibicionista. Cultivaba maneras exquisitas, robaba embutido en un dominó de seda negra, enmascarado, y se jactaba en sus escalos de dar a las damas a las que se proponía saquear la opción de acostarse con él para evit<ar el expolio de sus joyas. Él negaba ser un violador aunque lo era; vivía la ficción de ser un seductor irresistible. Creo que siempre soñó con ser una réplica del famoso Fantômas (Eduardo Arcos Puch). Lo curioso es que en algún aspecto le superó. Su nombre auténtico era Francisco Castellanos Fernández y había nacido en el seno de una familia mísera de la campiña cordobesa. Su padre fue militante anarquista y murió a manos de las tropas franquistas en la guerra de 1936-1939. De muy niño fue gancho para captar clientes de sus propias hermanas que se vieron obligadas a prostituirse para sobrevivir en la terrible postguerra. Fue torturado por los guardias de su pueblo por robar bellotas de los cerdos siendo sólo un niño y, según él, aquella experiencia fue el primer paso para convertirse en una alimaña humana. Su primera fuga fue de la Prisión Provincial cordobesa y después repitió ese sistema de eludir sus incontables condenas 29 veces(¡!) de cárceles de medio mundo. Acosado por la policía francesa se alistó en la Legión Extranjera y tomó parte en la guerra de Indochina. En plena batalla de Den Bien Phú contra el Viet Minh desertó con armamento después de degollar a un sargento alemán que había pretendido seducirle. Se pasó a las fuerzas vietnamitas y en ellas aprendió algunas especialidades que luego puso en práctica con alguno de sus enemigos. Cuando se sentía traicionado era implacable. En efecto, en Uruguay le apodaba la prensa "El Sátiro de Pocitos", pero el apodo que hizo éxito fue el que le endosaron en Brasil: "El Homem Aranha". Su "registro" era el robo con escalo, pero fue también sicario y garimpeiro… En fin, su biografía convierte a Papillón en un "lulú" inofensivo. Y lo mejor de todo es que yo la tengo íntegra. En el verano de 1981 me dictó su vida al completo, con pelos y señales, aportando incluso numerosos recortes de prensa que conservaba celosamente como buen mitómano que era. Muchos episodios de su insólita vida fueron corroborados por presos argentinos, uruguayos, paraguayos, colombianos y brasileños que conocieron bien al Araña. Yo mismo le ponía trampas y le pedía que me repitiera detalles de sus golpes dándole datos erróneos… que él me corregía de inmediato con su memoria prodigiosa. Recobró la libertad en poco tiempo, esta vez por la puerta principal, al presentar en el juicio el juego de llaves del chalé que había robado, ya que se quedó a vivir con la viuda propietaria seis meses y le conocían los guardias de la urbanización como Don Francisco. Había seducido a aquella mujer con sus lagoteos, su capacidad amatoria (gastaba un estimulante natural aimara) y sus madrigales. Murió hace veinticinco años en Madrid.

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