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Eran otros hombres

18. Mayo 2017 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Hace un tiempo lo leí no sé dónde y la frase era palabra más, palabra menos: “Las personas que tienen valores, no tienen precio”.

Un tanto equivalente a “Era tan pobre, pero tan pobre que lo único que tenía era dinero”.
Hay seres que todo lo contabilizan en pesos, eso son pobres por unanimidad, porque carecen de un amigo, no tienen ni perro porque es un gasto que no reporta ganancia y el hombre que tiene precio es una basura que se vende por un plato de lentejas y no vale nada.

Hoy me referiré a un profesor de antes, de la vieja facultad, que llegó a ser Decano de la misma y fue distinguido estos días por la Junta Departamental de Montevideo a propuesta del edil Alfonso Iglesias.

“Propuesta del edil Alfonso Iglesias de nombrar una calle en homenaje al escribano Saúl Cestau fue aprobada por la Junta Departamental
La Junta Departamental de Montevideo aprobó y remitió a la Intendencia (IM) la iniciativa del edil batllista Alfonso Iglesias para denominar una calle de nuestra ciudad en homenaje al escribano Saúl Cestau.
Pero, ¿quién fue Saúl Cestau?, para empezar era blancazo, como hueso de bagual.
Según la exposición de motivos del edil Iglesias, el escribano Cestau “de convicciones libertarias su lucha opositora frente al golpe de estado del Dr. Gabriel Terra del 31 de marzo de 1933 le valió ser detenido y encarcelado en la Isla de Flores, junto a un numeroso grupo de jóvenes estudiantes”.
Asimismo, “se desempeñó como Jefe de Protocolos en la Suprema Corte de Justicia.
Integrante de la Asociación de Escribanos del Uruguay llegó a ser su Presidente y Director durante muchos años de la Revista de la Asociación de Escribanos del Uruguay, considerada como una de las publicaciones jurídicas más importantes del país.

Destacado Profesor Universitario de Derecho Civil, tuvo una larga actuación como Miembro de la Asamblea del Claustro y del Consejo de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la que fue Decano entre los años 1964 y 1969, siendo el primer Escribano en alcanzar tal posición”.
Sobre su biografía el curul batllista recordó que “Saúl Domingo Cestau Rodríguez, nació el 15 de setiembre del año 1906, en la 4ª sección judicial del departamento de Colonia en la zona conocida como Colonia Española, hijo de José María Cestau, inmigrante vasco y Leona Margarita Rodríguez, inmigrante canaria”.
“Sus estudios primarios los realizó en la cercana Escuela Rural Nº 24, de la Colonia Española, junto a sus nueve hermanos, realizando luego sus estudios secundarios en el Liceo Daniel Armand Ugón de la Colonia Valdense.”, agregó.
Ya adolescente se trasladó a Montevideo para realizar los cursos de preparatorios en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo.
Ingresó luego a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de donde egreso en el año 1933 con el título de Escribano Público.

De convicciones libertarias su lucha opositora frente al golpe de estado del Dr. Gabriel Terra del 31 de marzo de 1933 le valió ser detenido y encarcelado en la Isla de Flores, junto a un numeroso grupo de jóvenes estudiantes.
Se desempeñó como Jefe de Protocolos en la Suprema Corte de Justicia.
Destacado Profesor Universitario de Derecho Civil, tuvo una larga actuación como Miembro de la Asamblea del Claustro y del Consejo de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la que fue Decano entre los años 1964 y 1969, siendo el primer Escribano en alcanzar tal posición.
Investigador y autor de diversos libros, monografías y artículos sobre temas jurídicos y de historia universitaria, en 1975 obtuvo el primer premio del concurso convocado por la Asociación de Escribanos del Uruguay con su trabajo “Historia del Notariado Uruguayo desde la época colonial hasta la sanción de la ley Nº 1421”.
Reconocido desde siempre por su bibliografía, aún utilizada al ingreso a la universidad en Derecho Civil, destacado catedrático de Sucesiones en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.
Falleció en esta ciudad el 26 de mayo de 1985.”
Hasta aquí la transcripción de la exposición de motivos del Edil Alfonso Iglesias.
Nunca ejerció ni hizo un peso, simplemente fue un profesor de profesores.
Le decían el Canario, a espaldas de él sus alumnos y sus amigos también, pero no delante de terceros, porque los apodos y nombretes eran para uso exclusivo de los amigos y no para uso de la patota.
El apodo también debe de haber tenido su origen en un sombrero que utilizaba muy alerudo, tipo sombrero de tropero(arriero para los argentinos).

Conocí al padre de un amigo, que lo bocharon en una materia y por el resto de sus días no le dirigió la palabra ni el saludo a todos los integrantes de la mesa que lo había bochado y eso que él llegó a integrar posteriormente el Colegiado, al cual renunció porque nunca había visto comer de las latas de basura a los pobre en su pueblo.
Hubo en aquellos tiempos mozos, un concurso para proveer una cargo docente, El Canario salió segundo, cosa que hoy en día, daría a muchos para tirar cohetes, pero él, ser segundo no le interesaba, tenía que ser primero, pero fue tal la bronca que se agarró, por tal hecho, que él lo consideraba una injusticia ofensiva, estamos hablando de tribunales en serio, no de esos de pacotilla, tan de moda que se forman para acomodar a uno.
Tal era la bronca, que se fue a la casa a buscar un revólver para matar al Presidente del tribunal al que él consideraba que lo había bombeado.
Sus amigos, compañeros de estudio, que luego fueron profesionales y docentes y que hoy no están por la ley de la vida, lo quedaron esperando a la entrada de la Facultad y estuvieron forcejeando con él un rato largo hasta que lograron desarmarlo.

En este lugar fueron los forcejeos
Esto que cuento me lo contaron sus amigos apartadores, con él, este tema nunca lo tocamos, como el de que yo le disparaba de las mesas examinadoras.
Con el Canario, trabajábamos, por esas cosas de la vida, en el mismo local, en dos oficinas independientes entre sí, una pública y la otra privada, pero que se comunicaban interiormente, en mérito al servicio que prestaban y no existía la burocracia de hoy.
Incluso yo tenía la llave para abrir el local, él no me saludaba, ni por cortesía de vecindad, porque sabía que yo era estudiante de su carrera y pareciera que para él el saludo fuera una implicancia.
En los exámenes era muy exigente y en mi carrera él era catedrático de 2 de las 31 materias en las que consistía la misma.
Cuando uno dice 31 parece tan poco el número, pero algunas llevan un año entero y más, en aquella época de paros y huelgas nuestras, en que muchas veces las clases empezaban en octubre, en vez de marzo, se suspendían en diciembre y se reenganchaban en febrero hasta terminar el programa.
Hoy hacen paros y del programa de 25 bolillas, se dan 14 con suerte y preguntan sobre las 14 bolillas dadas y las demás si te he visto no me acuerdo.
Tuve una profesora, que actualmente me le encuentro con sus noventa y tantos años, haciendo las compras en el supermercado, supervisada por su hijo, que preguntaba cosas que habían sido derogadas.
Ante nuestra protesta, nos contestaba que era por si nos encontrábamos con alguna documentación en que las normas derogadas estaban vigentes.

Nunca me tocó un caso de normas derogadas en mi largo ejercicio profesional, pero igual, cuando la veo ahora tan viejita, la abrazo, le doy un beso y agradezco a su mente que todavía me reconozca por mi nombre.
Me preocupa que hace un par de meses que no la veo de compras.
Muchas de las materias las estudié por mi cuenta y di el examen cuando consideraba que estaba pronto, y algunas, tres, me llevaron más de un año cada una, estudiando solito, mis libros y yo (Obligaciones, Contratos y Comercial) .
Perdí dos exámenes en toda mi carrera, por una razón elemental, sobreestimé mis conocimientos de la materia y no la estudié debidamente, porque la práctica de la misma materia la había salvado con SMB y en el oral que versaba sobre la teoría del mismo tema, lo reputé sabido, pero como en la mesa me conocían y sabían lo que sabía, me preguntaron lo que sabían que me podría haber timbeado y ahí marché.
Volviendo al Canario, lo esquivaba en las mesas de sus materias permanentemente porque era muy bravo de salvar.
Como un año daba una materia y al siguiente otra, la materia la di con otros profesores, tal vez, menos severos, a mi criterio, o les tenía menos miedo y las salvé cómodamente.
Pero al Canario le tenía terror.
Cuando me recibí, el no saludo se transformó en una franca amistad, tan es así, que el vivía cerca de mi estudio y mandaba al mozo del boliche, “La Picada de los Ángeles” para que me avisara que me estaba esperando, para tomar unas copas juntos.
Con el tiempo fui el profesional que atendía sus asuntos y fuimos muy compinches.

Claro que si daba examen con él me hubiera bochado si patinaba como a cualquier otro hijo de vecino.
Faltan hombres de la talla del Canario y sobran los de la mal llamada gauchada.
Cuando se tuvo que mudar porque se iba poniendo viejo él y la patrona, la casa le resultaba más pesada, me vendió todo el archivo Artigas por mucho menos de lo que valía, porque sabía que yo era un enfermo estudioso de la historia nacional, al igual o parecido a él, y en especial a don José.
Inclusive me vinculó, con otro fanático artiguista, que sacaba una publicación de historia nacional.
Era diabético y cuando andábamos por campaña, el pensando en voz alta decía, “¿qué chupé ayer?, ¿Qué comí ayer? ¿Qué voy a chupar hoy y qué voy a comer hoy?” y con ese cuestionario que se formulaba, calculaba la dosis de insulina que se inyectaba en la barriga, él mismo.
La ecuación no era nada fácil, porque había que conciliar asado con cuero, con achuras y bien regado con whisky, versus muchos años y páncreas deficitario.
La asesina silenciosa que lo es de la diabetes, lo estaba dejando ciego, a un gran lector de toda la vida y un gentil infarto se lo llevó, sin que tuviera que soportar una ceguera o una amputación.
Era uno de los hombres que cuando la dictadura de Terra puso una bomba en una de las ventanas del Palacio Santos.
No era un ser de tantas teorías, sino supo también ser un personaje de acción en su juventud.
La patria algún día volverá a parir tigres de su misma laya.
Claro que fue un individuo que le gustaba gastar bromas pesadas, no era todo cátedra, sino también picardía y El Canario era muy compinche del Cangrejo, un viejo Fiscal de los de antes.
No piense amigo que estoy loco, un canario y un cangrejo nunca podrán andar juntos, el canario vuela y cuando anda por el piso anda a los saltitos, además canta y come por el pico, y el cangrejo es bicho de agua, con seis patas y dos pinzas, camina de costado y si usted ve que una piedra se mueve, cangrejo debajo de ella hay.
Estos dos eran de dos patas y este cuento sería bueno como cuento, si no fuera realidad, como anécdota es mucho mejor.
Vamos a la anécdota que lo pinta de cuerpo entero al Camario.
Una noche nuestros personajes se habían juntado en la casa del Canario estaba el Cangrejo y empezaron grappa va, grappa viene y luego le entraron al truco.
Durante el partido de truco a cada rato el Canario se levantaba de la mesa, como quien va al baño y volvía.
Al rato se levantaba de vuelta e iba como rumbo al baño.
Pero a todo esto cada vez que se levantaba llamaba a la casa del Cangreso y le preguntaba a la señora “decime una cosa, el Cangrejo todavía no llegó, en qué andará metido este”, sembrada la semilla de la duda le dejaba un mensaje de que tenía urgencia de hablar y cuando llegara que lo llamara.
Así fueron pasando las horas y el Cangrejo con más grappa entre pecho y espalda, hasta que llegó un momento en que estaba bien adobado y resolvió rumbear para la casa, a todo esto sería como la una y media de la mañana o algo más.
El Cangrejo se fue repechando medio a los tumbos por la calle Gaboto y el Canario le dio un tranco de pollo de ventaja y después salió atrás.
Cuando el Cangrejo llegó a la casa lo estaba esperando la mujer para echarle los perros, la boca y todo lo que tuviera a mano, él mamadito, con pocas defensas, alegando que había estado en lo del Canario, a lo que le saltaba la mujer como una araña peluda arriba, increpándole de mentiroso y se salvó que le partieran un sartén en la cabeza, porque llegó el Canario, con tiempo suficiente, atrás del Cangrejo aclarando que todo era un chiste.
Vaya chiste con un humor muy especial, muy duro para los chistes.
Al tiempo me recibí, y de ahí en más pasamos a tomarnos varios cafés juntos por día a pesar de que él casi me doblaba en edad y aquello de que hacía como que no me conocía pasó a la historia y nos hicimos grandes amigos y compinches rápidamente.

Después fui su profesional de confianza pudiendo elegir entre miles, fui su profesional amigo o amigo profesional en varias operaciones, claro que como correspondía, nunca le cobré un centésimo por concepto de honorarios.
Al principio tenía mi escritorio a media cuadra de su casa y me mandaba buscar por el mozo del bar de la esquina para juntarnos a tomar unos cuantos whiskies, era otro nuestro país y también nuestros bolsillos, él ya jubilado y yo ejerciendo.
De grapperos y cañeros pasamos a ser el país cuyos habitantes consumen más whisky escocés per capita.
Un día hace mucho de esto, pero mucho, fui con el hijo de una amiga a comprar alimento para los peces, a la Feria de Tristán Narvaja, el muchacho tendría 14 años, no mucho más y lo veo al Canario, sentado en nuestra mesa con el Rengo y me llamaron a los gritos.
El Rengo, también escribano, con un importante cargo y ejercicio profesional con buenos resultados, era hermano de una compañera de estudios de mi vieja, que se recibieron juntas.
Entré con el Miguelito y sabía lo que iba a consumir yo y los veteranos dijeron al mozo un vermouth blanco para el muchacho.
Así fue, cuando lo llevé para su casa parecía un semáforo por los colores que le subían y le bajaban y la madre lo recibió con bronca, pero por un lado parecía, por la hora y por el otro fue el debut del gurí, que no tenía padre a mano, para irse haciendo hombre, en esas pequeñas cosas.
Hizo boliche un domingo de mañana, ya había empezado su vida de hombre grande, siendo muchacho mediano, como lo hacía yo cuando de niño chico en la clandestinidad y de puro bandido, abría el ropero de mi madre, donde había escondida una botella de Ballantines, de aquellas del tiempo en que no tenían tapón gotero.
Metía la mano y el brazo para atrás de la otra puerta que estaba cerrada con llave, agarraba la botella, a lo bandido me metía un buche cortito en la boca que me quemaba hasta el apellido, pero el placer estaba en hacer lo prohibido.
Volviendo al Canario, mudé el escritorio, casualmente cuatro pisos arriba adonde se había mudado él.
Cuando terminaba de trabajar, de pasada me invitaba a pasar y nos tomábamos unos whiskys en la terracita con el Canario y el Rengo Galmés, el Cangrejo Figueredo ya no estaba.
Se picaban aceitunas, cuyos huesos iban para la calle, nunca vimos caer a nadie por pisar un carozo y desparramarse en falsa escuadra sobre la vereda, pero el aleas estaba pendiente.
Después vinieron las etapas tristes de la vida, primero se había ido el Cangrejo, después se fue el Canario, después la señora del Canario, después el Rengo y ahora quedamos Miguelito en el Interior y yo esperando que la moza de la guadaña me venga a buscar, o sea cuando culmine el camino que comencé cuando nací y en el que inexorablemente culminaremos todos, sin excepciones, porque nadie queda para muestra.
Claro que cuando nos aquerenciamos ellos tenían casi el doble de mi edad, pero todos los años que pasan, nos hace dejar de tener la mitad de la edad de los mayores.
Miguelito en aquel entonces tenía menos de la mitad de mi edad y hoy es hombre hecho y derecho, me ha regalado una nieta del corazón, entiéndase no pariente, que va a ser leguleya, faltaba más y ya empezó a meter materias en la Facultad.

A mí la vida me regaló una hija abogada a los 22 años y escribana un poquito después con un par de hermosos nietos, que el tiempo dirá, aunque les veo pinta para los libros.
Que todo sea para bien…

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Un comentario
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  1. Exelente historia de vida y me recuerda de como se perdio la escuela irrenplazable que tenia en los barrios el boliche pque muchas cosas se resolvian hablando con un par de rapas en el boliche donde la gente se conocia mas.

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