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Hablando de chorros

1. Octubre 2010 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ

Siendo del asfalto, un día me empecé a juntar con muchachos del balneario o sea, el asfalto con la arena.

Las bandideadas son iguales en los dos medios, el agreste y el urbano, pero a uno le aflojan más la rienda en el balneario porque los peligros son menores, la maldad no existe y esas son macanas producidas por la mente urbana.

Los peligros son iguales o mayores y la maldad también aunque la vean en forma distinta.
No existen los riesgos de cruzar 18 de Julio sin mirar, pero los caballos no son los del verdulero que paran automáticamente en la puerta de cada cliente.

La maldad puede estar en subirte al caballo que es manso, es manso porque no muerde, ni patea, pero cuando uno se sube, sale como trompada y al tocarle las riendas se frena de golpe parándose de manos y si le aflojamos la rienda otra vez al galope.
Los que somos del asfalto tenemos que subirnos en un caballo viejo, que también tiene sus mañas como la de que ni bien le ponemos las asentaderas en el recado o en el cojinillo, ya sabe que no sabemos y se para a comer pasto cuando se le antoja o llega a la esquina y vuelve.

Un día cae por nuestra casa un muchacho preguntando si teníamos linterna y ahí empezó la relación. La precisaba para seguir las huellas de una yegua que se había escapado.

Avisé a la vieja y marchamos linterna en mano, de aquellas inglesas que iluminaban, no como las chinas de ahora que hay que ir adivinando.
No pregunté cómo se había escapado la yegua y mejor que no lo hice, porque la habían afanado para ir a dar una vuelta, según dijeron después, de haberlo sabido la vieja, no había linterna ni amistad y menos que era la yegua del guardabosques.

Pensé que el tema era de dos o tres cuadras, me quedé muy corto. Llegamos al Pueblo de la Estación, porque estando a los dichos de los muchachos, la yegua había rumbeado para la querencia. Me fui enterando que la querencia no era un nombre de un chalet, sino el lugar donde estaba el padrillo, otro elemento de juicio que si lo hubiera tenido a mano mi vieja habría dicho nones.

Encontramos por el camino la cuerda con que había estado atada la yegua, porque se la había pisado y reventado.
Cuando la vimos a la moza, que era zaina en una noche cerrada, pero tenía una estrella en el testuz, lo que la hacía visible, uno de los muchachos ató la cuerda al alambrado y como era mansa quedó ahí en el rincón de la cuerda y el alambrado, sin prácticamente arrearla.

Le hicieron un medio bozal y volvimos los tres en pelo, para las casas yo en el medio, porque como era maturrango me podía caer.
La escapadita tuvo dos partes negativas, una que yo estaba de short y el sudor del caballo infecta y otra que había salido a las 9 de la noche y eran las 4 y media de la mañana. La positiva era que había hecho amistades rupestres.

A la mañana siguiente mi madre poniéndome una pomadita al lado del cóccix en dos soberanas ampollas que se me habían reventado por el traqueteo de mis huesos con los huesos de la yegua. Al día siguiente en la playa un día espléndido, con el agua transparente y sin poder bañarme por las benditas ampollas. A los que me invitaban a ir al agua no sabía como esquivarlos porque el tema de las ampollas era vergonzante, sin perjuicio de tener que contarle que me había que tenido que poner con el traste para arriba a merced de la pomadita de mi vieja.

Ya a la semana la barrita con los lugareños era bastante más grande, éramos como nueve. A mayor número aumentan los riesgos.
Una noche a uno de los conocedores se le ocurre la peregrina idea de ir a comer sandías.
El plantío era más o menos por donde tenía la querencia la yegua y para mi pueblerino y de noche, ambos lugares podrían perfectamente ser lo mismo, aunque estaban en el mismo paraje, pero nada que ver uno con el otro.

Íbamos en fila india, me hice a la idea que era para no perdernos en una noche cerrada, sin luna, iluminada sólo por las estrellas.
Llegamos y tuvimos que pasar un alambrado de ley, cosa que aprendí mucho después, de siete hilos, pensé que por la hora no íbamos hasta la tranquera para no molestar, o que estaba mucho más lejos.

Me fueron indicando y me enseñaron como se distinguía una verde de una madura. Se apretaba la sandía y si crujía estaba madura, si no crujía estaba verde, bien sencillito.
Agarrábamos dos cada uno porque eran grandes y difíciles de manipular, las tendrían que haber creado con manija. Salíamos del alambrado y nos íbamos al monte por el que veníamos y como no teníamos cuchillo las reventábamos unas contra otras y nos comíamos los corazones (la parte más rica). Si teníamos más ganas íbamos por más pero traíamos una cada uno porque era un abuso y llenaban las tripas bastante.
A la vuelta teníamos que parar cada pocos metros para orinar, porque la sandía provoca una buena diuresis.

A los dos o tres días, no habiendo nada mejor que hacer, le entrábamos de vuelta a las sandías. Ya era un vicio.
Una noche cuando íbamos por el monte un perro, ni muy cerca ni muy lejos empezó a ladrar y tuvimos que parar un rato, ahí me di cuenta que la plantación no era del tío de ninguno de mis compañeros de bandideada. Arrancamos de vuelta y otra vez el perro. Pero estábamos en el baile y seguimos.

Estábamos tanteando si estaban verdes o maduras y sentimos a uno que no estaba con nosotros, sino del otro lado, ¡Prendele! Y ahí me enteré el ruido que hace el estampido de una escopeta, apuntaron mal, pero me quedó la cara y el pelo lleno de hojas y arena, al estar agachado tanteando las sandías. Pegué una rajada de padre y señor nuestro y pasé los alambrados, como venía y ahí sonó otro estampido y se sentían los chumbos o lo que fuera chiflar al pegar en los alambres.

Achaté de vuelta la pezuña y sentí otro tiro pero ya los chumbos pegaban en las ramas de los pinos y a correr para el otro lado de los tiros, sin rumbo, se me descalzó un pie y me metí en un lugar que estaba lleno de caraguataes y me llené de espinas hasta en el apellido y meta a correr, con la mentalidad de que los tipos venían corriendo atrás nuestro con la escopeta, como si fuera una película de cowboys. No paramos en los que después me enteré eran 4 kmts. y medio y cuando llegamos a las casas había uno que estaba sentado en el cordón de la vereda fresquito, como si no hubiera corrido. Emil Zatopek era un principiante al lado de este cristiano. Pero la cosa no quedó ahí. A nosotros el vicio por la sandía gratuita se nos pasó.

A los pocos días venía por la calle con otros dos y nos para un policía y nos dice: “Así que Uds. con la banda rompe bombitas” Nosotros ni idea de lo que estaba hablando. Parece que había unos chiquilines chicos que rompían las bombitas de luz de los chalets y dejaban un cartelito atribuyéndose los daños, eran terroristas en pequeño y con poco daño, pero se jactaban.

El no fue unánime. Y el policía, bien milico de campaña, mañoso y sobre todo con adolescentes: “Son los rompe bombitas y los que roban sandías”.
Robar siempre fue un delito pero agarrar para el consumo era mirado de otra forma por los productores y los consumidores ocasionales. El que no robó unas naranjas, limones o manzanas, nunca anduvo por campaña.

Ansioso por hacer méritos el milico nos apretó, e incluso fue a la chacra a buscar la denuncia, que nadie había hecho, después que nosotros le dijimos “Lo de las sandías si, lo de las bombitas no”. Si hubiéramos dicho que no a todo no pasaba nada, pero bendita experiencia que nos vienes cuando somos viejos, en esa caímos.

Fui con la autoridad a mi casa y mi vieja poniendo la cara por el hijo delincuente y firmando el acta en la comisaría, bah… en el destacamento, porque no era comisaría. Mi viejo que se calentaba bien fácil, no me dijo nada más que: “Esta vez la hiciste linda” y yo deseaba que me diera una pateadura para alivianar mi culpa. Como a los 15 días con mi viejo al Juzgado de Pando y como a los dos o tres meses a la Cárcel de Miguelete, donde estaba el médico forense, el Dr. Reyes Terra, que era profesor mío de ciencias naturales en el liceo y era uno de sus mejores alumnos. Cuando el profesor me vio me dijo y vos que hacés acá, cuando se enteró, se rió y dijo piensan que tenés vocación de delincuente.

Ahí terminó lo mío, porque era menor, pero uno que hacía pocos días que había cumplido dieciocho años, fue procesado con prisión y se comió como un mes en la Cárcel de Canelones.
Ahí terminó mi pasaje por la justicia penal rural.

Pasaron los años y había ido a cobrar una cuenta a lo de un cliente. Era una casa vieja con una entrada hacia la parte de los escritorios donde en un mostrador había una reja para el cajero. Volviendo hacia el frente había una serie de piezas con las oficinas y la del frente era la del dueño de la empresa.

Él estaba de un lado de su lujoso escritorio y yo del otro lado, cuando sentimos un alboroto en el fondo y dice el dueño “pero estas mujeres haciendo tanto barullo por un ratón”. El problema no era un ratón sino un ladrón que se había zambullido para el lado del cajero por el pequeño espacio que había en la reja, cosa que nos enteramos por el hijo del dueño que era un chiquilín chico y venía corriendo adelante del ladrón, que venía revólver en mano, para el lugar donde estaba el padre, que a todo esto ya había abierto la ventana y saltado a la calle, cosa que hizo el chiquilín ni lento ni perezoso.
Me puse contra la pared al lado de la puerta por la que tenía que pasar necesariamente el ladrón, simplemente para que no me pegara un tiro y una secretaria se me abrazó y ahí nos quedamos.

Cuando pasa el ladrón me tira un tiro y siguió corriendo y saltó por la ventana y se reventó contra una escalera de Antel o Ute que estaba recostada contra la pared sin el operario arriba al dar vuelta la esquina y siguió.
Durante mucho tiempo cuando contaba lo del tiro, sentía el calorcito en mi brazo derecho, que estuvo a un palmo de la trayectoria de la bala que quedó incrustada hasta el día de hoy en la biblioteca.

La policía me preguntaba como era el ladrón y todavía lo veo clarito, pelo entrecano, cara rubicunda con una remera blanca con una franja atravesada celeste y buen físico.
Parece que el susto me cambió al individuo que resultó ser un pardo y no se que ropa tenía puesta, que no tenía nada que ver con mi descripción estando a la declaración de los otros testigos.

Lo mío es solamente comparable con lo de la secretaria que negaba rotundamente haberse abrazado a mi persona.
No soy lindo, pero tampoco como para que nieguen los hechos en mi cara.

El mismo cliente se había mudado para el Centro y había modernizado su oficina, tenía un equipo de computación, portero eléctrico, vendedores telefónicos y otra secretaria, no la del abrazo.

Era una persona que manejaba un capital muy importante, pero era casi analfabeto con el perdón del casi, pero su cabeza era mucho mejor que la computadora.
Fui a cobrar, no por vicio, sino para sobrevivir y me pidió que esperara un poco y al rato sale de su despacho y encara al programador de la computadora y otros empleados y les dice: “Compré tantas …..” y “Vendí tantas….”, “con una utilidad de …. cada una” (no hablaba en porcentajes, sino que hablaba en unidades). “Acá están faltando U$S 200.000.-“

El de la computadora se hizo el ofendido y se metió en su pieza, en su reino de la matemática binaria y a la máquina le dio la orden “Format C” o sea planchar el disco duro y que no quedara información alguna.

Pasó el tiempo, juicio va, juicio viene y terminaron presos el de la computadora y siete compradores que lo habían hecho sin pagarle al dueño un peso.
El mejor disco duro es el cerebro.

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2 comentarios
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  1. Ja jaja, Yo tengo un hermanito que le viene genial ese cura, lo unico es que si deja la escopeta media en banda el muy %&&%$()¿? se la desarma toda, no le queda nada!!!!

  2. Que buena hiatoria, sería bueno hacer las sandías con manija, ya que vi en algunos lados que las hacen cuadradas! Asi que la secretaria no quiso lola!
    Saludos

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