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Hijo de la vejez

20. febrero 2014 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ

Fui “el hijo de la vejez”, el menor de cinco hermanos, que menos dos que nacieron de ocho meses, quedamos de los cinco, solamente tres. A mi vieja le decía que yo era el producto del descuido, en una época en que esos chistes con los padres no eran bien vistos, y ella me decía que no, qué era buscado, claro está que si hubiera sido lo uno o lo otro, yo ya estaba ahí y estoy todavía.

pollito1_435x326A los demás los fui llevando de a uno al camposanto, por la ley de la vida, una veta diabética se llevó a mi viejo con 59 y a mi hermano el del medio, con 65, a ambos por sendos infartos fatales, pero a mi hermano lo agarró con una pierna de menos, parte del precio de la diabetes asesina silenciosa.

Los demás todos hipertensos y con una buena dosis de colesterol, claro que llegaron a los ochenta y pico.
Como empecé la película más tarde la llevo con hipertensión y con las cañerías interiores medio taponeadas, con el cirujano vascular la vamos remando para el mismo lado, no tengo apuro pero no me voy a zafar de ese tema, aunque ya me remendaron un par de arterias.
El mayor me llevaba 16 años y el del medio 12 y por ser el menor, estando a los dichos de mi cuñada, bah, la viuda de mi hermano, yo era el malcriado de los viejos, claro que ella, no vivía la batalla diaria de mi vieja tratando de hacerme comer.
La lechuga era para los pájaros, los canaritos en especial, todavía al día de hoy no la he comido, era el rey de la milanesa, con papas fritas y huevos fritos, y armaba flor de lío, cuando mis hermanos mojaban su pan en mi huevo frito.
Claro que por macanas de mis hermanos no tuve bicicleta, lo caul no me traumó, sino que me esmeré en otro rumbo y al final lo obtuve por mis propios medios y de allá hasta acá siempre con vehículo propio.

El del medio iba en aquellas bicicletas inglesas de media carrera, soportándole sus noventa y pico de kilos y por mirar o pretender ser un crack del ciclismo, para trillarse a una chica que iba pispireteando por la vereda, se comió una piedra, rodó y se quebró una clavícula.
El galán de la bicicleta vino a casa sufriendo como un perro, quebrado y con la bicicleta a cuestas, calladito la boca, no dijo nada y se metió en la cama, por miedo al viejo.
Mi madre que se había criado con seis hermanos varones, siendo ella la nena, sabía cómo eran las mañas para tapar las embarradas por experiencia con mis tíos, además ella no era meterete en las cosas nuestras, averiguaba sin ser metida y preguntona.
Siempre estaba presente en todo, sin que ninguno, nos diéramos cuenta, de que no la podíamos pasar en nada.

Vino “el tío Chino”, creo que era el hermano mayor de mi vieja, al día siguiente del revolcón, lo hizo por cuenta propia sin que lo llamara ella, porque desde la muerte de mi abuela, a la cual no conocí, porque llegué muy tarde a la película, la casa de la “Nena” era la recalada de sus hermanos.
La vieja lo mandó a averiguar que había pasado por qué no se levantaba y yo me le pegué como una estampilla, con los ojos todo ojos y los oídos todo oídos.
El tío lo hizo sentar en la cama y tenía el hombro con flor de moretón y el brazo colgando.
Vinieron no se quienes y lo vendaron en cruz, le hacían como un ocho con las vendas en el pecho y la espalda, para sujetarle el brazo.
El otro tema fue cuando vino mi viejo y se enteró de como venía la mano, abrió la puerta de cancel y las dos bicicletas que estaban recostadas a un pizarrón, que estaba amurado a la pared, las agarró del medio del manillar y de atrás del asiento y la tiró rodando escaleras para abajo al medio de la calle Vázquez esquina Soriano. No se llevaron puesto a nadie porque nadie pasó y no les caminó un automóvil por arriba porque en aquella época había pocos autos y prudentes choferes en el manejo, como rápido no más de 30 o 40 kmts. por hora.
Agarró a mi hermano el mayor, víctima como todos los hermanos mayores, y marcharon con ambas bicicletas a Vázquez entre Guayabo y 18 al Remate de Taibo, al lado del Frigonal (Frigorífico Nacional) y ese fue el último capítulo ciclista en nuestra casa.
Never more, bicicletas jamás.

Me arrastraba como un gusano mendigando por una, usada costaba $ 17 y no, en verano en la casa del balneario, siempre anduve en bicicleta ajena prestada, tan es así que mi viejo pensaba y comentaba a la vieja, acá anda en cualquier bicicleta, con o sin freno, totalmente destartaladas y la nuestra podría ser perfecta, con frenos y todo, pero eso significaba dar el brazo a torcer, cosa que le vi una sola vez en su vida.
Me despertó en el balneario, a las seis de la mañana, le dolía el pecho, y había vuelto de caminar para ver si se le pasaba porque no aguantaba más.
Nos vinimos a Montevideo, el manejaba con el brazo derecho agarrándose el hombro izquierdo, como sujetándose la barbilla con el antebrazo, le dije que me dejara manejar y me negó hacerlo y siguió haciéndolo él.

Llegamos a la Española y lo internaron con un infarto y ahí, con los ojos llenos de lágrimas, dio el brazo a torcer y me dio la llave de la camioneta para que me la llevara mientras él quedaba internado y comentó pensar que no lo dejé manejar en la carretera y lo largo solo en la ciudad.
Lo dieron de alta a los pocos días y a los veinte días le dio el infarto fulminante.
Volviendo para atrás bicicleta nones, saqué la libreta de chofer, prestarme la camioneta nones, rompé lo tuyo, era su frase.
Nunca tuve bicicleta, nunca me prestaron la camioneta, pero cuando ya el viejo no estaba lo primero que tuve en mi vida fue un Ford A, un doble faetón, descapotable, sin cinturón de seguridad y cuando doblaba en las esquinas se abrían las puertas, no frenaba ni tirando el ancla, pero era un pedazo de fierro que no lo pude fundir a pesar de no ponerle ni siquiera aceite.

Andaba a nafta y agua, porque perdía el radiador que lo arreglaron echándole yerba.
Una vez, me quedé sin nafta y un viejo le echó una lata de flit, insecticida para las moscas en base a queroseno y arrancó y anduvo las diez cuadras que le duró el medio litro de insecticida.
Lo vendí, bah… lo cambió mi hermano el gordo por un Topolino (Fiat 500 del 47) y dos Vespas, el negocio lo hizo él, porque esos menesteres no eran los míos.
Volviendo para atrás, como los locos, pero bicicleta jamás, ni monopatín, ni chata con rulemanes, porque tenía prohibido cruzar la calle Canelones, ni patines de ruedas, los cuales una vez me los calzó Teresita, -una amiguita con la que nos criamos juntos desde el nacimiento hasta que la vida nos separó- y a la primera de cambio me pegué el tal culazo en la calle Bernabé Rivera, si esa calle que llaman San José chico, que va desde Vázquez hasta Salto, desde la casa del Partido Colorado, hasta la casa de tolerancia que había en la calle Salto.
En aquel entonces mi viejo llegó a tener tres cachilas, para con los bonos de racionamiento de combustibles por la escasez provocada por la Guerra, con los tres, conseguía combustible suficiente para andar con uno.

Lo mismo hice durante la dictadura en que permitían usar un día las matriculas terminadas en números pares y otro día las impares.
Perdía una de las matrículas de dos Fiat 600 que tenía, y andaba un día con uno y al otro día con el otro.
Un Ford de esos que tenía el viejo para la nafta lo vendió en $ 90.- porque como venía la mano la guerra no se iba a terminar nunca.
En aquel entonces los automóviles eran una inversión, porque se ponían más viejos, pero igual seguían valiendo, no como ahora que con los automóviles chinos, los autos son descartables, se usan un par de años y hay que tirarlos.

Me tuve que pasar del Ford A al Topolino, porque de 70 kmts. con 20 litros, pasé a 400 kmts. con la misma cantidad de combustible, claro que al Topolino, lo fundí un par de veces, porque corría que se las pelaba, pero se fundía el motorcito, claro que el ajuste, cambio de aros y esos menesteres me los hacía mi hermano, en una pieza que tenía en un local.
Me acuerdo de la Bilz Sinalco, una bebida medio acaramelada, de origen alemán, que como todos los productos del eje fueron puestos en la lista negra y nadie los consumía.
La Bilz Sinalco (sin alcohol) terminó siendo comprada por la Cubsa, Compañía Uruguaya de Bebidas Sin Alcohol, que tenía también la Limol, una gaseosa muy rica, mejor que la Sprite, pero todas esas bebidas junto con Coral y la Salteña, la Bidú (que tenía gusto a remedio), fueron compradas por las compañías americanas y sacadas del mercado.
La Coca Cola, con el surplus que tenía después de la guerra, se empezó a establecer acá y a barrer toda la competencia del mercado.

En el interior, hay algunas bebidas cola y otras sin alcohol, como ser en Colonia, la Fagor y alguna otra que todavía subsisten y hasta hacen publicidad en los medios.
El agua tónica, Paso de los Toros, creación uruguaya, fue comprada por una colateral de la Philip Morris, la tabacalera, que también vendía cerveza Miller, la hoja de afeitar Persona y la sacó al mercado internacional.
Hoy el torito isabelino de Paso de los Toros luce en todas las capitales del mundo, claro que no son capitales uruguayos.
Siendo malcriado como era, y además hijo de la vejez, un flaco perchento (por ciento en lunfa) que cuando pesé 20 kilos mi vieja casi hace una fiesta, me consentían con tal de que comiera, que consumiera comidas chatarra.
Estaba en la puerta de casa en Vázquez y Soriano y pasó un vendedor de helados Oso Polar, Ice Cream Oso Polar Heladooos…, pregonaba el hombre en un carrito cuadrado, que perteneció también a la alemana Kasdorf y después de la guerra salió a la venta nuevamente.
Mi viejo me dio diez o doce centésimos que era lo que valían y salí como trompada gritándole al heladero que ya iba por la otra esquina, pasando el Seminario y al llegar a Médanos no tenía permiso para cruzar, pero había un franfurtero, que algún veterano que haya sido alumno del Sagrado Corazón, ex Seminario lo tendría que recordar.

Sánchez se llamaba, con un par de mostachos engominados torcidos para arriba, hoy pienso que tal vez no sería gomina, sino grasa nomás y me paró y me dijo que los franfurters eran mejores que los helados, que los helados eran fríos y malos para la garganta.
En la vereda de enfrente estaba el Pizzota, Marino Lupinacci, con una bandeja con varios fainás y pizzas al tacho, pero también estaba en la vereda de enfrente y había que cruzar Soriano, tema prohibido para mi persona.
Sánchez como buen andaluz me siguió haciendo el artículo y marché de vuelta para mi casa con dos frankfurters metidos en sendos panes de Viena marca San Pan o Sampán, una cosa es el oído y otra la grafía cuando uno es chico.
Cuando llegué a casa me estaban esperando mis hermanos y mi viejo y me gastaron por mi fuerza en defender mis convicciones, salí por un helado y volví con dos frankfurters, en definitiva mi problema no era ni el calor ni el frío, era un incipiente consumismo, con el perdón del Presidente Mujica.

Tiempos felices, en que un laburante le podría comprar una par de frankfurters o un helado a sus hijos sin tener que hacer una operación bancaria… claro que un jornal de aquella época eran $ 2,40 y el par de frankfurters $ 0,12, un obrero ganaba el equivalente a 40 frankfurters por día, claro hoy un frankfurter cuesta $ 32 cada uno, el sueldo de un obrero tendría que ser de $ 1.280.- mensuales, medido en frakfurters…

No creo que sea correcto medir la vida a precio de frankfurters porque mejor no hablamos de calcularla en litros de nafta, que es un artículo de primera necesidad algo que muchos consideran que es un bien suntuario…
Dejémosla aquí…y que todo sea para bien…
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3 comentarios
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  1. me encantó !!! muy buena redacción, me mantuvo atrapada hasta el final, a pesar de ser largo…

    Gracias !

  2. siempre los viejos aflojan al final cuando no les queda otra a mi me paso lo mismo

  3. Me encantó internarme en ese mágico mundo del Montevideo de antes, cuando se podía jugar en la vereda, las señoras salían a pasear, y la vida familiar era un patriarcado indiscutible.
    Cuando las cosas salían centésimos.
    Me prendí en la historia y en los datos (por demás interesantes) de esos tiempos, en los comentarios, en la intimidad de la historia familiar.
    Me gustó!!
    Quiero más historias.
    Salud!

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