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Historias secretas I

7. Febrero 2014 | Por | Categoria: Los mitos y la historia

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Lo esotérico que tuvo una muy buena recepción en artículos anteriores, es bastante extenso y en la medida en que vamos metiéndonos en el tema, la cabecita pide más y aquí tenemos las interrelaciones de los grupos de poder, ya sean las monarquías como las distintas órdenes ya sean militares, paramilitares o cuasi religiosas.

CLAU1_435x326No hay mayor secreto que aquel que no se dice, pero con tantas intrigas palaciegas y a la intemperie también, se van encontrando distintas puntas del hilo que nos va llevando a distintas madejas.
Entramos en el tema y le daremos mientras tengamos seguidores.

Todo parece indicar que hay una jerarquía superior que puede poner firmes a las distintas facciones cuando la pelea amenaza el programa general en el que dichas facciones coinciden: el control del mundo.
Cuando estalló la lucha entre el Priorato de Sión y su brazo militar, los Caballeros Templarios, ello condujo a un importante conflicto en los siglos que siguieron.
En 1187, los Templarios perdieron el control de Jerusalén frente a los Turcos Sarracenos, se dice que a propósito, y lo que siguió fue un conflicto con sus ex aliados y teóricamente superiores, el Priorato de Sión.

Se cree que Leonardo da Vinci escondió mensajes secretos en gran parte de su obra de arte.
La mayoría de los especialistas coinciden en que sus obras más famosas, como La Mona Lisa, La Última Cena y La Virgen de las Rocas, contienen claves que parecen apuntar a un secreto histórico que, supuestamente, ha sido custodiado desde 1099 por una sociedad secreta conocida como el Priorato de Sión.
Según los propios documentos del Priorato, su historia es larga y complicada. Sus primeras raíces están en una especie de sociedad hermética llamada Orden de Ormuz.
Se sabe que en 1070, veintinueve años antes de la primera cruzada, un grupo de monjes procedentes de Calabria, en la Italia meridional, llegó a las inmediaciones del bosque de las Ardenas, parte de los dominios de Godofredo de Bouillon.

Según Gérard de Sede, este grupo de monjes era mandada por un personaje llamado «Ursus», nombre que se relaciona con la estirpe merovingia.
Al llegar a las Ardenas, los monjes calabreses obtuvieron el patronazgo de Mathilde de Toscane, duquesa de Lorena, que era tía y madre adoptiva de Godofredo de Bouillon, uno de los principales jefes de la Primera Cruzada.

De Mathilde recibieron los monjes una extensión de terreno en Orval, no lejos de Stenay, donde el rey merovingio Dagoberto II había sido asesinado unos quinientos años antes.
En dicho terreno construyeron una abadía.
Sin embargo, no se quedaron mucho tiempo en Orval.
En 1108 ya habían desaparecido misteriosamente, y no se conserva ningún testimonio de su paradero.

Cuenta la tradición que volvieron a Calabria.
En 1131 Orval era ya uno de los feudos propiedad del monje cisterciense Bernardo de Claraval.
Con Bernardo, la orden del Císter se expandió por toda Europa y ocupó el primer plano de la influencia religiosa.
No obstante, es posible que antes de marcharse de Orval los monjes calabreses dejasen una señal crucial en la historia de Occidente.
Según Gérard de Sede, entre los monjes se encontraba el hombre al que posteriormente se conocería por el nombre de Pedro el Ermitaño.
Si esto es verdad, sería extremadamente significativo, pues a menudo se cree que Pedro el Ermitaño fue el preceptor personal de Godofredo de Bouillon.
Y no es esto lo único que le permite aspirar a la fama.
En 1095, junto con el papa Urbano II, Pedro se dio a conocer en toda la cristiandad predicando carismáticamente la necesidad de una cruzada, una guerra santa para recuperar el sepulcro de Cristo y Tierra Santa, que estaban en manos de los infieles musulmanes.

Hoy día a Pedro el Ermitaño se le considera como uno de los principales instigadores de las cruzadas.
Es lícito preguntarse si habría existido alguna continuidad oscura entre los monjes de Orval, Pedro el Ermitaño y el Priorato de Sion.
Ciertamente, daba la impresión de que los monjes no eran sólo un grupo de devotos itinerantes.
Por el contrario, su llegada colectiva a las Ardenas procedentes de Calabria y su misteriosa desaparición atestiguan la existencia de alguna clase de cohesión, de algún tipo de organización y tal vez de una base permanente en alguna parte.
Y si Pedro formaba parte de este grupo de monjes, las predicaciones sobre una cruzada pudieron ser una manifestación, no de un fanatismo rampante, sino de una política calculada.
Asimismo, si era el preceptor personal de Godofredo de Bouillon, cabe la posibilidad de que contribuyese a convencer a su alumno para que se embarcase con destino a Tierra Santa.
Y puede que cuando los monjes se esfumaron de Orval no volvieran a Calabria, después de todo.
Quizá se instalaron en Jerusalén, tal vez en la abadía de Notre Dame de Sion. Durante unos cien años, la Orden del Temple y el Priorato de Sion estuvieron aparentemente unificados bajo una única dirección, aunque se dice que se separaron en el “corte del olmo“, en Gisors, en 1188.
Posteriormente la Orden del Temple fue luego destruida, en 1307, por el rey Felipe el Hermoso de Francia.

El Priorato de Sión adoptó la cruz roja usada por los Templarios como su emblema.
El Priorato también adoptó el título del’Ordre de la Rose-Cross Veritas (la Orden de la Verdadera Rosacruz).
Mientras ambas coexistieron, las dos sociedades secretas aceptaron operar independientemente.
Pero el Priorato de Sión quería la riqueza templaria, que creía le pertenecía y, probablemente, se apoyó en el rey Merovingio de Francia, Felipe IV, para alcanzar sus objetivos.
Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (1268 – 1314), fue rey de Francia y de Navarra.
Miembro de la dinastía de los Capetos, fue el segundo hijo del rey Felipe III el Atrevido y de su primera esposa Isabel de Aragón.
Tuvo como preceptor a Guillermo de Ercuis, antiguo capellán de su padre en su juventud.
Tanto sus enemigos como sus admiradores lo apodaban “El Rey de Mármol” o “El Rey de Hierro“.
Destacó por su personalidad rígida y severa.
Uno de sus más acérrimos opositores, el obispo de Pamiers, Bernard Saisset, dijo de él: «No es un hombre ni una bestia. Es una estatua».
El Papa Bonifacio VIII lo trató de «falsificador».
La muerte de su hermano mayor, Luis, envenenado a los 11 años de edad (1276), lo convirtió en el heredero de su padre, al que sucedió a su muerte (1285).
Fue un rey piadoso, aficionado a la caza y orgulloso de la grandeza de su linaje (promovió la canonización de su abuelo Luis IX de Francia).

Supo rodearse de consejeros competentes que compartieran sus ideas y, gracias a ello, fortaleció el poder central del rey de Francia, tanto nacional como internacionalmente.
Entre sus consejeros, cabe destacar la figura de Enguerrand de Marigny.
Esa política hizo evolucionar a la Monarquía. Fortaleció la Corona, sobre todo en el aspecto financiero, con la institución de un tribunal de cuentas y la sustitución de las prestaciones militares personales de los vasallos por impuestos en dinero destinados a contratar mercenarios.
La expulsión de los judíos en 1306 respondió también a móviles económicos. En cuanto a su título de Rey de Navarra, al morir en 1305 su esposa Juana, pasó el título al hijo de ambos, Luis I de Navarra.

Para sanear las finanzas del reino de Francia, compró el Quercy a los ingleses por un pago de 3.000 libras.
Atacó injustamente a quienes tenían dinero, lo que implicó a los religiosos de la Iglesia Católica, los lombardos, los judíos y los templarios.
Para obtener el paso del ejército francés, a fin de evacuar la Guyena, Felipe prometió a su hermana, Margarita de Francia, en matrimonio al rey Eduardo I de Inglaterra.
Después, comprometió a su propia hija Isabel de Francia, con el heredero inglés resultante de la primera unión, el futuro rey Eduardo II de Inglaterra. Desde el principio del reinado de Felipe el Hermoso se habían producido conflictos entre los señores eclesiásticos y los oficiales reales por el ejercicio de todo tipo de derechos sobre los hombres y las tierras, que en general se resolvieron en favor de la jurisdicción real, a pesar de las protestas de los obispos y del Papa.
El nuevo Papa Bonifacio VIII, elegido el día de Nochebuena de 1294, se propuso hacer valer su plenitudo potestatis sobre los reyes y en 1296 promulgó la epístola decretal o bula Clericis laicos, en la que prohibía a los soberanos cualquier exacción fiscal sobre el clero sin autorización pontificia, bajo pena de excomunión.
La bula papal provocó un breve período de tensión con el rey Felipe que pronto se solucionó mediante un compromiso.

Bonifacio VIII, que entonces tenía otras preocupaciones, como los conflictos con la Corona de Aragón en Sicilia y con los Colonna, se encontraba en la penuria y cedió pronto.
Las bulas Romana mater y Etsi de statu hicieron que el rey ganara la causa. Este último documento contenía una renuncia formal a las pretensiones emitidas en la epístola decretal Clericis laicos, en defensa de los bienes eclesiásticos contra la arbitrariedad de los reyes.
A finales del verano de 1301 la detención del obispo de Pamiers, Bernard Saisset, por orden del rey y bajo la acusación de traición, desencadena un gravísimo conflicto con el Papa Bonifacio VIII.
La detención constituía una clara violación de los privilegios eclesiásticos, ya que únicamente el Papa podía juzgar a un obispo.
El motivo inmediato del arresto fue forzar una solución del conflicto por la jurisdicción de Pamiers, que enfrentaba al Conde de Foix, que tenía el apoyo del rey, y a la Iglesia, que contaba con la intervención del Papa, que había puesto esa diócesis bajo su protección directa.
Sin embargo el objetivo último tenía mucho más calado pues pretendía arrancar a Bonifacio VIII el reconocimiento de la jurisdicción suprema del rey sobre todos sus súbditos, incluidos los miembros de la alta jerarquía eclesiástica.
Es decir, un reconocimiento de la superioridad absoluta del rey sobre el Papa en el interior de su reino.
El 24 de octubre en Senlis, ante Felipe y su consejo, se presentaron los cargos contra el obispo, cuya gravedad, según el rey, justificaban su intervención. Saisset habría intentado arrastrar al conde de Foix en un complot dirigido al levantamiento del Languedoc contra el rey; y además habría difundido una falsa profecía de San Luis, anterior rey de Francia, según la cual la dinastía de los Capetos perderían el reino bajo el reinado de su nieto.
Sin embargo, las actas del proceso no muestran ninguna prueba que acrediten esas acusaciones.
Unos días más tarde, el consejero real Guillermo de Nogaret envía una carta a Bonifacio VIII para justificar la actuación del rey.
Y en ella amplía la acusación de traidor a la de hereje.

Esta historia continuará…
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Un comentario
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  1. que bien , como siempre ls reyes mostrando la hilacha matando hasta la flia por poder epero la continuacion…sdos.

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