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La vida es para disfrutarla

17. junio 2010 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMUSTÉ

Samuel Butler (Poeta inglés del siglo XVII)

Todos los animales menos el  hombre
Saben que lo principal de la vida
Es disfrutarla

Samuel Butler (1835-1902)

Con una barra de amigos nos reuníamos, una o dos veces al mes, en la chacra de uno de los integrantes, el loco Gustavo y nos comíamos un asado-cultural hecho, por Miguelito, el que como todo asador, terminaba adobado hasta las patas.

Era en la época de la dictadura o proceso cívico militar –cada cual que lo lea como se le antoje, pero Miguelito, bancario destituido, por razones inherentes a dicha situación política, cuanto más tomaba, el repertorio de canciones o versitos, era más variopinto, pero siempre con la mojiganga al mango sobre el mismo tema porque llegaba un momento en que se te saturaban las amígdalas o como quieren que llame a ese par de glándulas masculinas, que se hizo extirpar el gallego, por confusión, con las que se inflaman con las paperas, orquitis que le dicen.

Pero después de determinado consumo etílico que otro se meta a jugar de asador, no lo veo, tal vez de ayudante pudiera ser. El asado, con muy buen criterio estaba quietito en la parrilla, no sabemos si asándose o pudriéndose.

El loco Gustavo, médico psiquiatra, que se recibió para cumplir con el débito filial y cuando tuvo el título en la mano se lo llevó al padre, se lo tiró sobre la mesa, diciéndole lo que podía hacer con ese rectángulo de cartulina escrito con letra caligráfica –menos mal que no estaba encuadrado todavía y no tenía el vidrio.

Vivía solo en la casa quinta, que llamarlo así era una exageración. Era una casa con diversos anexos que tenía una pieza al frente, con una cama turca con colchón, una cobija mora, y un prejuicio contra las fundas, no las había,  una almohada a secas (prefiero no describir el color de la almohada) y por ende tampoco usaba sábanas.

Tampoco usaba medias, – eso si los zapatos eran acordonados, no mocasines -, ni en lo más crudo del invierno y pienso, asociando ideas, la media debe ser como una funda para los pies, por eso no las usaba. Si hubiera algo después de la muerte me gustaría saber que hizo este loco con la mortaja – porque cumple, también, su función de funda-.

Vivía ahí, permanentemente, no era un rancho para la pachanga. Tenía un mucamo, loco sacado del manicomio. No hablaba una sola palabra y si le hablaban no daba pelota, vestido inmaculadamente de blanco y su misión era barrer la casa y las veredas de los porches o aleros, lavar algo, darle de comer a los 500 ratones blancos que tenía el médico, para un experimento. En el alimento les daba larvas de una mosca y todo era para un estudio sobre longevidad. Hasta ahí llegó mi curiosidad y el resultado del estudio, si es que lo hubo, se lo llevó a la tumba cuando murió.

El que oficiaba de mayordomo era egresado por el patrón del Hospital Vilardebó, lo cual era una muy buena acción, cena, comida, médico, medicamentos y no estar en un loquero, con peligrosos y otros delirios tal vez más perversos. Era manso. Hacía lo que tenía que hacer y lo demás no existía.

El doctor no ejercía su profesión en forma rentada, ni rentable, dado que no trabajaba en ningún hospital, mutualista, sociedad médica y al vecino que venía y lo consultaba lo atendía y no le cobraba nada. Por lo que sé es que a veces algún buen samaritano le traía una yunta de pollos o un canasto de damajuana con huevos.

En la quinta no tenía animales, porque juntaban moscas y bichos y el criaba moscas para los ratones (¿?). Estamos hablando de unas 15 o 16 hectáreas.

Después del bunker seguía una serie de piezas, había una especie de comedor que no se usaba (como los de las casas de antes) y luego algo que venía a ser el comedor donde se come (no el comedor museo donde están las cosas que se rompen), con los muebles deslustrados por el uso, las sillas con parkinson y ventanas al fondo y a la parrillera volante que era como una especie de furgoneta de chapa de barco que con la leña de monte levantaba una temperatura de padre y señor nuestro.

Gustavo provenía de una familia adinerada, pero adinerada en serio y él tenía muy buen pasar económico, aunque no gastaba porque no necesitaba hacerlo y vivía a su modo, no por machete, sino por un espíritu socrático, de lo que era prescindible se prescindía, no por ahorro sino por falta de necesidad.

Un día me dice: “sabés que le presté US$ 500.000.- a un sobrino, te animás a documentarlo”.

Le dije una cosa que está en la tapa del libro, antes de largar el dinero se puede documentar cualquier cosa, pero después que largaste la guita, difícil que te firmen nada. No se le movió un pelo. Pero no le firmaron nada ni le devolvieron nada. Él no se quejó, simplemente asumió la realidad.

Cuando empezamos a hacer los asados culturales los autos quedaban al sol. Con el tiempo, Gustavo hizo una cochera y la fue ampliando paulatinamente hasta que, al final, cabían 16 automóviles bajo techo.

Eso si, entre las cocheras y la casa había un manantial de material, redondo, en ladrillos de prensa hasta el agua, con brocal de un metro de alto y cuatro metros de diámetro, por supuesto sin tapa y la napa freática  estaba como a cuatro metros o más, según la estación y las lluvias.  Si caía algo adentro, había que sacarlo, con un calderín, antes que se echara a perder y el agua era cristalina.

El terreno hacia el fondo donde estaban los frutales y la quinta tenía una caída bastante pronunciada.

A continuación de la casa hizo hacer una piscina, como de dos metros cincuenta de profundidad, diez metros de ancho y veinticinco o más de largo.

El albañil o no se qué era el que hizo la piscina, – la cual estaba forrada de pastillas de gres-, no sé que tenía dentro de la cabeza porque la hizo en todo su largo y ancho de dos metros y medio de profundidad, pero siguiendo el nivel del terreno, sin tener en cuenta la caída del mismo.

La parte del lado de las casas no servía ni para lava patas porque el fondo siempre estaba seco y a dos metros y medio de profundidad, (sin escalera) y por la parte baja se desbordaba la piscina, porque el agua seguía el nivel del terreno y no el fondo de la piscina. Cosa de locos y sin pienso, porque la locura puede ser genial, pero la imbecilidad es irreversible. Se concretó el sueño de la piscina en bajada.

En resumidas cuentas el manantial que alimentaría a la piscina sería una perfecta piscina redonda, pero con el agua muy abajo, al nivel de la napa freática y con una profundidad de medio metro o el doble a lo sumo.  La piscina olímpica serviría para criar patos.

Cuando vimos la piscina no podíamos reírnos, aunque la tentación era muy grande, porque ofenderíamos al amigo y este de esas cosas entendía porque era muy inteligente, pero para la construcción no estaba.

En un asado antes de comenzar con los éteres espirituosos se solía tratar algún tema vinculado con el día de la fecha.

Yo tenía una agenda que decía que ese día había nacido Sigmond Freud y no había tomado las providencias de decirle a alguno versado en el tema, que preparara una charlita liviana, como para hacer boca antes de hacerles los honores a la segunda parte de la reunión.

Se me prendió la lamparita que el anfitrión era psiquiatra y por ahí salíamos del paso, le digo, escondiendo todo mi miedo a un no, si no se animaba a decir algunas palabras referentes al tema del día y me dijo “Si, como no”, y arrancó, sin repasar nada, sin ningún apunte, nada, a capella, a la media hora o un poco más, con suma delicadeza le insinuamos que era momento de terminar la parte oratoria para pasar a degustar unos choricitos, mollejas, morcillas de las dos, riñones ovinos que se estaban pasando. No me había dado cuenta, que yo supiera tan poco y este hombre, demasiado, del padre del psicoanálisis.

La última vez que fuimos, a los asados culturales, de sobremesa con el querido amigo Guillermo, fuimos a recorrer la quinta para ver como estaban las cosas, dado que la estaba explotando un medianero.

Había unos morrones hermosos, pero hete aquí, que las señoras abejas habían realizado la polinización, pero no con morrones, sino que se habían tomado el trabajo de juntar el polen de unas plantas de ajíes catalanes, pero de aquellos de la mala palabra y que te recontra también.

Nadie puede imaginar lo que es preparar la garganta para degustar unos morrones hermosos y sentir como que te queman la campanilla con un soplete.

He comido ajíes catalanes picantes y de otras variedades bravas en el Caribe y me gustan y los banco bien, no me atacan ni el estómago ni me arden a la salida. Lo único que siento distinto es que se me llena la frente de perlitas de transpiración que atribuyo a algo alérgico, no preguntándole nada al médico de cabecera para que no empiece con historias, prohibiciones y análisis de todo tipo, para concluir con lo del principio, que cuando como picante me transpira la frente.  Pero estos morrones transgénicos gracias a  las abejitas fueron de terror.

De las abejas tengo la peor opinión tanto como sociedad, porque trabajan más que los chinos y no disfrutan un corno y tienen sexo una sola vez en la vida –la reina y el zángano de turno – y al que aporta la materia prima lo matan como a cualquier desgraciado y las obreras no le ven la cara a dios en su vida, la que termina cuando se le desflecan las alas (a la semana más o menos).

A los pocos días del safari con Guillermo en que no destrozamos nada y sí pudimos comprobar la acción y efecto de la polinización, nosotros y los treinta y pico comensales restantes recibimos sendas cartas donde Gustavo nos trataba a todos de maleducados, nos acusaba de los destrozos que habíamos perpetrado en las pocas hileras de morrones y nos cerraba definitivamente las puertas de la chacra y el trato.

Le contestamos con la callada.

Hoy, muchos años después, pienso, que al medianero le fue como el diablo con la plantación de morrones y para no cumplir con su parte, en el contrato de medianería, nos pasó el fardo a nosotros como si fuéramos gurises chicos rompiendo las plantas por jorobar la pava.

Tal vez, en una de esas, el apodo del loco Gustavo no era una mera casualidad…

Así, con pena y sin gloria, terminaron los asados culturales, pero mientras duraron los disfrutamos como la vida misma.

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5 comentarios
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  1. Un reverendo hdp el loco gustavo. hicieron bien despues de todo en clavcarlo con las 500 lucas. son de esos tipos perdedores que si no garpan o hacen comida o regalan algo…..no tienen gente alrededor…
    de donde sacaron la foto esa y que esta en la portada? esta buena para el facebook…tienen mi correo por favor mandamela si podes….gracias

  2. AJA——————-MIRA COMO TE CALE———————ASI QUE VOS SOS ABOGADO O ESCRIBANO————-TA BUENA LA HISTORIA DE ESTE LOCO—————STA VUELTA LE MANDO SALUDO AL CALLEGITO DE CUTSA CON TODO CARIÑO——————POR LAS DUDAS———–

  3. hola. la vida es para disfrutarla me parecia de sanador o medicina o algo de la salud. que buena historia!!!!!!!!!!!quien no corto por algun vivo alguna cosa buena…con pena se fueron las glorias…y si prestastes plata o saliste de garantia…tambienm es con pena y sin gloria. las empresas de credito hacen firmar contratos y las clavan…loco e infeliz……….jajaja

  4. estaba loco de remate ese pinta.la unica forma de que le fuera gente era pagar el asado
    pero se salvaron un dia en lugar de gustabo encuentran al dr. hannibal lecter. que tal?
    se salvaron!

  5. Bueno, bueno. Esta es una edición con descubrimientos interesantes. Resulta que no estaba equivocado con la expresión sobre el ‘ilustrado’ al CRONISTA. Por ello, es que de seguro que disfrutamos algún que otro desencuentro dialéctico; ¿Verdad?. Advierto que USTED encabeza el articulo de forma impecable con el poeta Samuel Butler para hacer pie de la historia y también para el REMATE (como dicen los que saben) en ‘con pena y sin gloria’, simplemente porque si el que escribe habla de un hecho personales, yo tenía razón cuando señalé lo que señalé.
    Ahora dígame porqué….(no escribes claro). Porque tampoco hace falta atar muchos cabos; ¿Verdad?
    “Cuanto más tiempo dura una disputa, más lejos nos hallamos del final”, esta sita el CRONISTA la ha de conocer, porque pertenece al mismo poeta.
    Saludos!

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