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Lo mío fue a puro pulmón

26. abril 2018 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Cuando llegó el momento de la opción entre qué carrera iba a seguir, tuve una conversación con mi viejo.

Mis notas eran parejas, ningún sobresaliente pero ningún deficiente.

Matices entre el muy bueno y un punto menos del sobresaliente.
La que me gustaba menos era química, porque tuve un profesor que nos prepoteaba fiero, y no lo nombro porque está muerto.
No lo soportaba, a los brillantes, los maltrataba, yo me negaba a memorizar los símbolos químicos a lo papagayo, me di cuenta recién cuando empecé con química orgánica, ahí se podía razonar y era otra cosa, pero ya me sentía machucado por la materia.
Quería seguir medicina, y mi viejo me dijo clarito, -“que vas a seguir medicina, si ves sangre y te desmayas”.

Bueno entonces veterinaria, -“ah, y me vas a llenar la casa de bichos o terminaras dándole pichicata a los caballos en maroñas”.

-“Estudia notariado que están todos los libros en casa” (`porque era la carrera de mi hermano y mi viejo estaba vinculado a una escribanía.
Y así fue como afloró mi vocación por mi carrera y matemáticas que era el puente de burros en el IAVA, era una materia que me gustaba y dimos 77 y salvamos 7.
De ahí en adelante chapá los libros que no muerden.
En las vacaciones escolares de cuarto año, me mandó mi madre a la academia Pitman y a los dos meses dominaba la Underwood o la Remington, que eran unos fierros, pero las gastaba, porque en casa había una Royal y me pasaba los apuntes a máquina, de paso me quedaban grabados en la memoria y hacer los escritos era un repaso.

Por mi cuenta fui a una academia a aprender taquigrafía sistema Marti, el que se utilizaba en las cámaras, con la perspectiva de tener un buen trabajo bien remunerado, pero nunca me enteré de un concurso para las cámaras, pero lo aprendido me quedó, para sacar mis propios apuntes en facultad.
Me presenté a un concurso en una paraestatal y salí primero accediendo como pinche al primer y último empleo de mi vida e hice mi carrera con dos empleos y cuando me recibí hacía rato que ya tenía casa propia y buena por cierto.
En mi vida nunca le hice asco al trabajo y nunca trabajé ocho horas, por cierto, muchas veces más del doble, por el empleo y por la mía.
Alguno puede decir que soy un estúpido y respeto su opinión, pero siempre me gustó trabajar y también siempre me gustó cobrar mi buen suelto y mis honorarios y darme el gusto de no cobrarle a un amigo.

Tan es así que ahora jubilado, hago lo mío sin cobrar, simplemente lo hago porque me gusta, mi profesión cuando me jubilé, colgué los botines, nunca más el tire y afloje ni los nervios de si estará bien o si se arma algún lío entre las partes.
En mi vida fui tres veces a juzgados civiles como testigo.
Alguna vez me divertí como testigo, cuando era amigo de las partes que tenían la contienda entre sí y cuando la Sra. Juez me preguntó si me comprendían las generales de la ley, con el actor y con el demandado, le contestaba que con ambos porque era amigo de ambas partes.
La Sra. Juez se agarraba buena bronca con los que me habían puesto como testigo porque yo no servía como testigo por razones de amistad.
Cuando era pinche a los 22 años atendía, cuando me tocaba, el mostrador y si era una chiquilina linda y jovencita mejor.
En la oficina había una vieja, comparada con mi edad, que la habían operado de la cabeza y quedó limitada en su vida de relación, pero en materia laboral, era una máquina, trabajando permanentemente, todo el horario.
Era una oficina muy peculiar porque recibidos o no recibidos todos habían sido compañeros de clase en facultad, pero se trataban de “usted”.
La señora que trabajaba sin parar un día entre dientes al jefe lo mandó a la mismísima “puta madre”.

El jefe hizo como que no la sintió pero después los muchachos jóvenes y no tan jóvenes le buscábamos la boca a la pobre Anita.
Entrábamos a las 12:45 y puntualmente Anita, a las 11:00 se constituía en el boliche de enfrente, que era un bar y restaurante y comía siempre lo mismo.
Bañarse no tenía muy acentuado el hábito.
La comida del italiano de enfrente le daba gases olorosos los cuales los expulsaba en su lugar de trabajo, o sea a dos metros mío y era una baranda insoportable.
Discretamente abríamos las ventanas para hacer más respirable el ambiente.
Un día estaba atendiendo a una chilenita muy simpática y noto que se venía la onda expansiva que rebotó contra el mostrador y subió el nivel, llegando a mi nariz los miasmas, que necesariamente iban a pasar por arriba del mostrador y llegar a las glándulas olfativas de la chilena.

Ante la situación inevitable de quedar pegado yo por miasmas del estercolero ajeno, le dije rápidamente a la joven.
“Mirá que la cerda que se defecó fue esa gorda sucia que está sentada ahí atrás”.
Creo que con las mismas me di vuelta y me fui para mi escritorio inmediatamente, sin tener nada más que decirle a la chica.
El último día que trabajó, fue cuando estaba atendiendo ella a una persona en el mostrador y empezó a hacer shsshhshshhsh y efectivamente largó un chorro de orina abierta de piernas como una vaca.

La llevaron a la casa y quienes cumplieron tan humanitaria tarea contaron después que la bañera tenía gran cantidad de bombachas sucias.
Parece que sus accidentes de deposiciones terminaban en la bañera de su casa.
Eso sí, en todo el horario, no paraba de trabajar.
Lo cual no fue óbice de que la jubilaran por incapacidad y terminó internada en una casa de salud y los parientes disfrutando los bienes que dejó.

Éramos 25 empleados y con el tiempo llegué al cargo máximo, por mi carrera y porque los viejos se fueron jubilando y muriendo.
Que lindos tiempos eran aquellos.

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Un comentario
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  1. Esto esta bueno y lo deberian de leer todos los que estan por abandonar los estudios es mejor que lamentarse despues por haber abandonado.

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