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Me pintaron la cara

19. abril 2018 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Nací y me crié en el Barrio Palermo, cosa que la escribí en esta columna en reiteración y hasta el cansancio. Barrio donde el negro era negro y orgulloso de su etnia y no con nombres inventados para no llamarle negro y marcarlo como una cosa que no es, él es oriental descendiente, el término afro es una discriminación y ojalá todos pudiéramos ser descendientes de los que pelearon junto a Artigas y forjaron nuestra patria.

Siendo niño, en el barrio había un negro botellero que le decían “Cagadulce”, que se agarraba cada peludo que para una persona era demasiado y balaba al pregonar su condición, a lo que yo le tenía terror y los amigos de mi viejo, cuando llamaban por teléfono y atendía yo, me decían “Habla cagadulce” y yo me arrugaba como sobaco de tortuga.

Palermo era un barrio en que había chorros, vivían en el barrio pero respetaban aquella ley antigua de no afanar en el barrio, cosa que hoy está perimida porque los chorros afanan en el propio barrio y hasta a la propia abuela, madre o hermana o a todas juntas, y si se resisten las pueden matar dejando de lado el parentesco.
Además el homicidio tras el robo es una forma de evitar ser identificado, porque los muertos no hablan, llegan a matar para que no se resista o por miedo y luego robar al muerto, aquello de “no robarás las botas a los muertos” es el título de un buen libro sobre la caída de la heroica Paysandú.

En Gonzalo Ramírez y Médanos, donde ahora hay hoy un boliche “disti” y de moda, muy finoquio, el fue antes era un boliche “de rompe y raja”, donde paraban los jugadores juveniles de fútbol que traía Peñarol del Interior que vivían en una pensión conventillo de corredor al fondo de la otra cuadra y también paraban los pungas, los punguistas eran importados, porque una cantidad importante de ellos de origen chileno y eran unos artistas consumados en su oficio, donde te robaban las medias sin tocarte los zapatos, valga el eufemismo.
Todo cambia no siempre para bien y los pungas hábiles se extinguieron y fueron sustituidos por los rapiñeros, que cambiaron la habilidad por la violencia y con el uso de armas generalmente.

Y la ALALC, en un edificio que antes fue una casa de familia acaudalada, dueños de un importantísimo bazar en la Avenida 18 de Julio, organismo luego devenido en ALADI, luego enfrente en la cancha de la Liga Palermo, vino la embajada de Alemania, la Unión Postal Internacional, cambiaron a la clientela del barrio y como consecuencia de esos cambios del boliche que pasó a ser el tal BOLICHE, del término despectivo de letra de tango, a un negocio de otro nivel mucho más elevado, el “che mozo” pasó a ser “Monsieur le garçon” y todo cambió por el estilo.

No estoy diciendo que los punguistas fueran buenos, pero es preferible que no roben, pero si lo hacen que sea con habilidad y sin violencia, aunque sería mejor que trabajaran.
Estudiando y con dos empleos compré de fiado una casa en otro barrio más “disti” con calles de tosca, las que eran buenas, y había algunas de arena donde los expertos conductores se enterraban hasta el eje.

Con el Fiat 600, aquel que se podía cocinar con el calor de su motor trasero por la temperatura que levantaba, había que dar todo un rodeo para evitar un médano que estaba en plena calle, atrás de flor de supermercado, un poco antes de que existiera.
Alguna vez tomé coraje y crucé el médano sin enterrarme.
Los terrenos estaban marcados con los mojones y alambrados a lo sumo con alambre de cuatro hilos, no existían por supuesto los muros y demás está decir que ninguna casa tenía alarma, ni rejas, los perros sueltos en la calle eran para terror de los carteros y de los diarieros, porque ni chorros había.
Pensar que hoy a los diarieros habría que llamarlos hebdomadarios, porque venden semanarios una vez por semana y no a diario, y alguna revista para las damas, para estar de moda tendría que ser femihebdomadario.

Los basureros no tenían problema porque iban apartando requeches para los perros y se los iban tirando a los pichichos para los cuales el recolector de basura era una fiesta, aunque entonces los perros comían garrón y corazón, el primero muere como hamburguesa y el coeur termina en la parrilla.
Hoy las pastillita de soja con olor a algo, porque los carniceros no le dejan un 40% a las Farmacias de perros, llamadas Veterinarias.
El diariero, llevaba una cachiporra, en el caño de la bicicleta y bastaba que acomodara la mano al costado para que los perros lo dejaran en paz, claro que los domingos eran un día especial, con los suplementos de El Día, El País, La Mañana, etc. etc. los cuales levantaban más de un metro adelante del diariero y otro metro en la parrilla trasera dado que era el único canilla que repartía a domicilio.
La bicicleta a tracción a sangre del Negro Sosa levantaba un metro adelante y otro metro atrás del hombre.
Me contaba el amigo Sosa, que había casas, cuyos dueños tenían un lote de apellidos rimbombantes y tenía que remar como una cuadra desde la calle para llegar a la parte de servicio, que era donde recibían el diario, siempre lo tenían adentro atrasándole los pagos y él no podía dejar de traerles los diarios, porque en la medida que iba entregando, podía cobrar los diarios de antes, eran como la cadena de la bicicleta, le jineteaban el dinero al pobre negro canillita, pero él sabía de su negocio y así lo mantenía, y le rendía por ser el único de toda la zona.
Era costumbre de aquella época los domingos por la mañana, temprano matear con algún vecino amigo o más al mediodía a tomarse unos caliboratos, que podían ir desde una grappa con limón a un escocés bien servido en las rocas.

Yo tenía como fiel custodia de mi casa, y toda la cuadra por cuenta de ella, a una perra marca la Paz Suave, negra como la conciencia de mandinga, y amarga para el diente, en caso de duda no preguntaba sino que mordía.
Una mañana sentí a un gringo decir, “puta te pagrió pegro” y miré discretamente por la ventana y un extranjero en bicicleta, con aquellos pilots de tela pilot valga la redundancia, no de plástico como fueron sustituidos, abierto colmillo mediante de arriba abajo, me quedé manso y carretilludo dentro de mi casa, como si nos hubiéramos ido todos a misa y no pasó nada.
Un domingo cerca del mediodía me fui para la casa de un querido amigo a tomar unos éteres escoceses y estábamos en lo mejor cuando llegó al Negro Sosa con la bicicleta de tiro, a media carga, y me dice “La Tina, la p… que la p…., me trajo la carga, me metió un colmillo en la cubierta, me pinchó la rueda y tuve que hacer todo el reparto de a pie y con la bicicleta cargada y llevada de tiro del manillar.

No me alcanzaban las palabras para pedirle disculpas al hombre, porque no era un tema de dinero, sino que no tenía explicación alguna para disculparme.
Pero a pesar de los desacatos de la Tina, y el hecho de vivir medio a lo indio, el barrio era un paraíso, todos nos conocíamos, en que la seguridad la brindaba un viejito, que pasaba casa por casa, todas las tardes y controlaba que la puerta estuviera cerrada y metía un papelito por debajo de la misma, con un papel con un sello con el nombre del viejito y que funcionaba como constancia de que había pasado y semanal o quincenalmente se le daban unos mangos a criterio suyo, era algo que sin hacer nada útil, recibía una caridad voluntaria disfrazada de una vigilancia inexistente.
Pero la cosa fue variando, hoy no voy al supermercado sin cerrar todo, absolutamente todo, poner todas las alarmas, y pasa llave a todas las dobles cerraduras tanto de la puerta blindada del frente como la doble puerta del fondo.
Tengo cámara en circuito cerrado que me muestra hacia el Norte trescientos metros de día, y la cara del que toca timbre, hablo por comunicador con el que viene y abro o no la puerta y el portón del garaje.

A mí me robaron la cadena del perro, la casilla del perro, unas cuantas mangueras, pero esos son rastrillos, que crecieron y se mandaron un copamiento y los encanaron bien encanados.
Estamos en relativa tranquilidad hasta que crezca la nueva generación de los rastrillitos.
En la vida todo cambia, todo cambia, como cantaba la Negra Mercedes Sosa, pero lo triste es que se nos entrevera el progreso, con otras yerbas, es triste, muy triste, en cualquier momento vamos a tener que importar a algún ferretero del Harlem de Nueva York o alguno que haga sus veces para Montevideo y en el Interior excepto Maldonado, que tiene nuestros mismos problemas bien definidos, pasa lo mismo con una única diferencia, que como todos se conocen o son parientes, el que empieza a gastar más de lo normal, se lo llevan a conversar a la comisaría y al segundo piñazo cantan hasta la marsellesa con trozos de la marcha Garibaldi, y salta todo, es más como un barrio y los que viven en el medio rural, están regalados como “perejil de feria de antes”, porque ahora lo venden por su peso.
Soy un tipo afortunado, me afanaron una sola vez en 18 y Minas y me tiraron para adentro de un bar, tenía la mano en el bolsillo y el chorro me afanó lo que tenía en la mano dentro del bolsillo, ni Mandrake se manda una prueba así.

Solamente se tiró otro hombre a ayudarme, solidario pero era tan viejo como yo, salimos los dos como un par de nabos a correr a un adolescente a través de la plaza de los bomberos, y paramos antes de que nos diera un infarto.
No pude tomar la Coca Cola, ni convidar a mi colaborador con nada, porque no me dejaron ni un mango en el bolsillo.
En mi casa me tiraron abajo la puerta del frente una sola vez y tuve que poner malla soldada sobre las rejas de las ventanas porque a las tres de la mañana me apedreaban por sobre el cerco de más de tres metros de altura y siete metros de retiro con piedras que me rompían los vidrios de un centímetro de espesor con unas piedras que para levantarlas uno tenía que tomar coraje.
Todas las veces pagó el seguro y yo los deducibles.
El dobermann no lo tengo afiliado al BPS y todavía no vino la patente de perro, pero a este belinún fue al que le afanaron la casilla, el collar y la cadena y el muy desgraciado pretende comer todos los días, claro que lo de belinún corre por mi cuenta, porque sin collar, sin cadena y sin casilla es un perro feliz, porque nada lo ata a lo que no quiere.
Siempre lo digo y lo repito, que este perro es tan vivo que de ser cristiano era doctor en derecho o licenciado en algo, y capaz que anda ejerciendo sin título.
Bueno estimados lectores, alguno que vive en otra galaxia saldrá a decir que yo estoy haciendo política y simplemente estoy narrando mi diario vivir, que no es el mío solamente sino de un altísimo porcentaje de orientales, mientras otros uruguayos tienen donde ir a festejar.
Pertenezco a los privilegiados que salimos a golpear cacerolas, no es mi caso, pues con un martillo le doy a un pedazo de riel que tengo atado a una viga, que me deja los oídos zumbando del ruido agudo que mete, a pesar de que me gustaría que las cacerolas se gastaran revolviendo el fondo cocinando para mí o para quien fuere.

No todos los días podemos escribir de cosas cómicas o con buen humor, aunque este tema lo encaré bastante light, espero que todo sea para bien y de una vez por todas…

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2 comentarios
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  1. Que a los negros siempre se le dijeron negros sin ningun tipo de discriminacion por los blancos esta claro. Es muy dificil decir cuando estas descibiendo a alguien que es afrodescendiente por su color.
    La otra cosa bien clara es que tanto los españoles como italiano y demas etnias vinieron de otros lados del mundo y los negros vinieron del Africa. Lo que no entiendo por ejemplo es el porqué descendiente porque a los chinos y japoneses se les dice asiáticos y no asiaticos descendientes, por eso no queda tan redondito que al negro le digamos afrodesendiente. Lo que pasa es que se puede interpretar como una forma de insulto lo de negro y por ello se sale con lo de afrodescendiente que la unica logica que tiene es la de explicar solo el color de la piel.

  2. Lo pesado es el adjetivo. A los españoles se les nombra gallegos, a los italianos tanos o gringos, a los franceses franchutes, a nosotros yoruguas y a los bolivianos bolitas, sudacas. Siempre en forma despectiva. Anda a decirle afrodescendiente al Negro Rada. Todo va con el adjetivo que se le junte.

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