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Mi primer añito

6. Diciembre 2012 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ
Cuando llegamos a este mundo, con la película empezada, creo que eso lo decía nuestra amiga Mafalda, nombre de Princesa y de un barco, Princesa Mafalda, que se hundió por hace como cien años, muy grande el nombre para una niña tan pequeña y una niña cerebralmente tan grande para tal edad.

Mafalta obligó a Quino a cometer infanticidio antes que Mafalda cometiera un parricidio y lo tuvo ahí, al igual que todos los dibujitos, prefiero llamarlos así y no cartoons, los cuales sobreviven largamente a sus creadores.

De mi primer cumpleañitos no me acuerdo un corno, porque era muy chico para ser consciente de ello y al ser el quinto hijo varón buscando la nena, no creo que mi viejo quisiera homenajearme mucho.
Cumplí otro primer añito por los años setenta y algo, cuando nos dimos una piña en la carretera, salí despedido del vehículo y caí cerca del alambrado del campo.

Iba en el asiento de atrás acostado con la cabeza sobre algo que me oficiaba de almohada, el que manejaba dijo sus últimas palabras, “tengo treinta años y no he disfrutado la vida”, cosa que fue interrumpida por un ruido a fierros y efectivamente fueron las últimas, ahí quedó.

Salí despedido por el lugar del acompañante desde el asiento de atrás en un coche que tenía dos puertas y con mi costillar arranqué la butaca del acompañante que quedó en el medio de la carretera, junto al cadáver del que manejaba y el acompañante delantero sin conocimiento.

No vi un corno.
Una vez contaba un estúpido mentiroso que en la curva de la muerte, atrás del Cementerio del Buceo, antes que le rebajaran unos grados, narraba con lujo de detaqlles que cuando iba en el aire vio pasar el cordón de la vereda, etc. etc., un vulgar mentiroso, agrandado como alpargata de bichicome.
Les juro que cuando uno sale como superman volando no ve nada y sí se entera que aterrizó cuando no le entra aire en los pulmones por el golpazo.

Un viejo amigo, que fue personaje de un par de artículos míos, me llamaba el día en que se cumplía fecha del accidente para felicitarme por mi cumpleaños, mi nuevo cumpleaños.
Pasaron los años siempre fui un hipertenso arterial.
Iba a tomarme la presión y la enfermera no me quería dejar salir porque decía que era su responsabilidad.

Le argumentaba que diciéndome los riesgos que corría, ahí terminaba su responsabilidad, pero no había caso.
Macanas hasta que no venía el médico, responsable del servicio, no me dejaba ir y no podía ser bruto con la joven.
Hasta que un internista tuvo la peregrina idea de pasarme con un cardiólogo y este me cambió la medicación.
Fenómeno, hasta ahí había llegado, pero me dieron un medicamento que mi ignorancia me decía que no debía tomar y mi ignorancia no estaba equivocada.

Mi instinto, de puro burro, no quería que tomara esa pastilla maldita.
Un día estaba en el estudio de mi señora, acomodándole los caños del acondicionador de aire, poniéndole esa tapa caños de plástico, parado arriba de un escritorio que daba sobre la pared.
Me tomada dos litros de café diarios y unas cuatro cajillas de cigarrillos por día, incluyendo los que convidaba, porque siempre fui de convidar con café y sacar los puchos, como si fuera la pipa de la paz para concretar los negocios.

Me fumé un cigarrillo junto a la ventana, en un séptimo piso y me sentí medio mareadito, tiré el pucho y me subí al escritorio.
Empezaron los mareítos y estaba solo en el escritorio con la puerta cerrada con llave, de pomela, pero llave al fin.
Pensé, esa cosa que uno hace a veces, porque por lo general pensamos que las cosas les pasan a otros y no a nosotros.
Me bajé y me senté en la silla.

Por las dudas, enseguida, me acosté en el piso, para evitar, si se me maneaba la yegua, no me iba a dar un golpe fuerte.
Se apagó todo y entraron los del SEMM y me llevaron en ambulancia hasta el sanatorio.
Me revisaron, no me encontraron nada en especial, a pesar de que lo mío lo calificaron como un síncope.
En mi ignorancia síncope, era algo así como una especie de infarto.
De noche en mi casa, al día siguiente, estaba en la cama de noche mirando televisión y se volvió a apagar todo.

Al rato digo yo, porque ni la más mínima noción del tiempo transcurrido, me encontré nuevamente con los amigos del SEMMque me volvieron a llevar al sanatorio, sin sonar la sirena para no alarmar al paciente (yo).
Los de puerta, con mi expediente en mano, me pasaron para adentro, y empezaron las consultas, de los unos a los otros.
Resolvieron hacerme un cateterismo y ahí marché para la clínica de Fiandra, donde me dejaron en una camilla, como dios me trajo al mundo, en un rincón, tapadito apenas con una sábana.
Sentí decir paro y salieron todos como trompada para otro lado, y razoné, no fui yo y me tranquilicé un poco, porque es como decir un juicio en un juzgado, en la Clínica de Fiandra, la novedad puede ser un juicio o una escritura, pero no un paro cardíaco.

Al rato me llevaron a una sala, donde estaban mis médicos internistas, los de la clínica y algunos otros amigos médicos, todos con delantales pesados (plomo adentro por los rayos X) y me metieron por una arteria de la muñeca un catéter y ellos iban viendo mi cañería por el lado de adentro.
Se me apagó nuevamente la luz.
Cuando sentí que me entraba aire fresco en los pulmones me percaté que había vuelto de otro síncope proverbial.

Gracias al oportuno síncope descubrieron que la incompatibilidad de los medicamentos me producían un espasmo en las coronariaslo cual producía el evento, pero ya que estaban descubrieron que tenía un coagulo en la carótida izquierda que si iba para la azotea, iba a quedar más imbécil de lo habitual.

Me operaron con una tropa de médicos en la vuelta, porque me hacían un electroencefalograma para ver si llegaba la sangre y como llegaba, dos anestesistas y dos cirujanos vasculares.
La cama de operaciones totalmente incómoda y finita, pero para lo que uno la disfruta, es demasiado cómoda, porque después de la respirada en la careta, el que cuenta hasta diez es un superdotado.
Pero las cosas no terminan tan fácilmente y me descubrieron un aneurisma de aorta.
Viene a ser como cuando se te raja la cubierta de la bicicleta y la cámara saca un huevo por el tajo.

El cirujano calculó el tamaño, dijo no operable pero me controlarían hasta que llegara a un tamaño de riesgo, un poco menos de cinco centímetros de diámetro.
Del 2004 en adelante, tomografías computadas cada tanto y veíamos como crecía mi enemigo.
Un enemigo tonto, porque si él me borraba a mí el también marchaba.

No hubo arreglo entre nosotros.
Cuando llegó a la medida predeterminada, 5 cmts., tuve un cónclave con el cardiólogo y el cirujano.
El cardiólogo me contó todos los riesgos, tomé la resolución yo solito con mi alma, y después en consejo familiar mis hijas eran partidarias que me operara y mi señora no.
Pero fuimos mayoría los hinchas del cuchillo.

Me tenían que abrir y meter una prótesis dentro de la aorta, que conectaba con las dos femorales (paloncitos que les dicen ellos en su jerga).
La prótesis costaba un montón de plata y no la pagaba el Fondo, con la excusa muy habitual en los últimos tiempos, de que es experimental.

Mi cirujano lleva coo 800 operaciones y no es el único que lo hace.
Calculé que la operación tenía que ser bastante antes de las fiestas para evitar desencuentros con los médicos y demás personal del sanatorio.
Me interné el 2 de diciembre y el 3 me llevaron al block quirúrgico.
Fue como a las tres de la tarde y ahí pusieron a un costado y veía pasar las camillas con otros feligreses unos de apuro, un montón de mujeres para cesáreas, que pasaban panzonas y volvían con el crío sobre el pecho.

La hinchada en la sala de espera del block y se colaba una médica amiga y me comentaba que todavía no había llegado el mío.
Aunque Uds. no lo crean, estaba tranquilo, o si quieren decirlo de otra forma jugada, o salía bien o salía con las patas para adelante, no había empate.

La operación empezó mucho más tarde de lo hablado y terminó tardísimo.
Llegó el hombre del bisturí y marchamos para la pieza.
Me la hicieron con anestesia raquídea, todo fenómeno, mis piernas como si no existieran, mientras me hacían sus trabajos conversaba con el anestesista que terminó siendo hincha de Cerro y yo de Rampla, pero la cosa no pasó a mayores, estábamos en un quirófano y no en la tribuna del Olímpico ni del Troccoli.
De repente me vino un dolor de la gran… y el anestesista me noqueó.

Cuando me desperté me enteré, que se había roto la prótesis, las cuales están hechas de medida en base a la tomografía y tuvieron que improvisar otra empalmando la nueva con la rota, que me tuvieron que hacer un bypass en las femorales porque no bancaban la cosa y que la aorta se había empezado a remangar cuando le metían la prótesis.

Hacía unos años sentía la puñalada en las pantorrillas y sabía que eran las femorales, pero después se me pasó, mejor dicho no acusaban el dolor de la claudicación, tal vez circulara la sangre por otras arteriorlas.

Me tuvieron cuatro días comiendo puré de zapallo, pensar que mi pobre vieja nunca logró que comiera zapallo, porque hacía arcadas y arrojaba todito.
Me dieron de alta y me sentí mucho mejor que cuando me operaron la carótida.
Le gané la cuereada al aneurisma porque el que resolvió darle salida a él fui yo y no él a mí.
Con aneurisma reventado difícilmente se salva alguno.
Desde el 2004 no fumo más, tengo permiso para tomar café, pero no abuso.

Me mandaron caminar, se la debo a los médicos y a mí mismo.
Gracias a todos los que hicieron posible que escribiera estas líneas, empezando con la culpable del primer año, que ya no está y si no hubiera salvado los diversos exámenes tampoco hubiera podido contar esta historia de vida.

Otro primer añito de vida y van… tres primeros añitos que festejo.
Hago votos por que el Fondo Nacional de Recursos pague este tipo de intervención, porque lo de experimental ya pasó a la historia y porque la gente con recursos insuficientes es boleta y debemos igualar para arriba.

Que todo sea para bien…

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