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Para su amigo

7. Julio 2011 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ

Hace unos cuantos años, estábamos en un casco de estancia, en el medio del campo, a unas cinco leguas de un poblado que existía porque había una estación de ferrocarril con un desvío.
Si no hubiera habido desvío sería una parada de ferrocarril común y corriente y a otra cosa.

De energía eléctrica, si había en la estancia donde estábamos parando, un generador ruso, que había que prender todas las luces del establecimiento para consumir energía y que no se estropeara el equipo, pero en el pueblo candiles y los más prósperos tenían faroles de mantilla.

Estábamos tomando caña en un boliche, que tenía una mesa de casin, arriba un farol de mantilla, al cual el bolichero de vez en cuando le daba unos bombazos, para ver lo que conversábamos.

No era la época de whisky ni nada exótico, tomábamos caña, a la cual el bolichero le dejaba un cogote en el vaso, para cortarla con anís así le mataba la catinga.
Claro que la catinga era lo de menos, lo bravo era la resaca al día siguiente por la mezcla de la caña con el anís.

Habíamos llegado en el jeep y éramos tres,
El dueño del boliche atendía por lo tanto no podía jugar al casin.
Era un boliche muy peculiar, porque todo alrededor de la mesa, la parte que se utiliza para desplazarse para jugar, estaba rodeada de damajuanas de vino, apiladas contra la pared, unas más allá y otras más cerca de la mesa.
A medida que aumentaba el consumo de caña con anís, el ir a taquear las bolas era más riesgoso.

Las damajuanas se agrandaban o se achicaba el espacio o simplemente era un mero problema de torpeza etílica.
Faltaba uno para jugar y en eso entró un negro viejo, de mota tordilla y dormida, y se llegó al mostrador.

Su intención era prenderse en algún convite.
El capataz que nos acompañaba, para ver que era lo que hacíamos, tampoco estaba para jugar, sino el se divertía, viendo las chapetonadas que hacemos los del asfalto cuando andamos entre los terrones y con eso tenía para hablar un tiro largo con la gente del pueblo y la peonada.

Lo invitamos al hombre a tomar una copa y aceptó gustoso.
Como buen criollo parco en las palabras, gracias, y poco más.
Le dimos lindo al taco, a la tiza y a los palitos.

El bolichero feliz porque se movía un poco la caja en un lugar que los del pueblo no concurrían por lo general, algún caminante pasaba y se comía algún refuerzo de mortadela, eso de día y algunos hacían el surtido liviano, porque el surtido para los puestos de las estancias los hacían en la ciudad que salía más barato.
Vino un peón nuestro, que había llegado campo traviesa juntando huevos de aguatero.
Como buen paisano los guardaba debajo de la gorra.
También entró en las vueltas de caña con anís y llegó el momento de que nos hizo el efecto necesario para ir a dormir y por suerte el capataz estaba sano y fue el que manejó a la vuelta.

El negro viejo era empleado de AFE y dormía en un vagón.
El bolichero se quedó en las casas y nosotros nos fuimos para el casco.
Era un poblado tan triste que ni prostíbulo tenía.
De eso me enteré por un secretario del Intendente interventor, era la época de la dictadura, un brasileño, al que en el pueblo lo conversaban para poner un bar de camareras.

Bar de camareras es puro cuento, es un vulgar prostíbulo a diferencia de los de Montevideo, en que pasan música y se toman copas y las pupilas o bailan o se ocupan.
Pero no había mucha necesidad de un bar de camareras ni algo parecido porque cada casa era un mundo y en el mundo pasa de todo.
Algún lío me tocó presenciar, pero un par de trompadas y a otra cosa.
La violencia doméstica no existía porque todos estaban en el contubernio.
El record fue que el encargado de la comisaría nos pidió una medida para hacer un rancho.

Una medida vienen a ser tantos varejones de álamo, tantos postes de eucaliptus, para cubrir una superficie determinada.
La paja la cortaban en los esteros cosa que nos hacía un favor porque evitaba que algún fuego de los montaraces se fuera de control e hiciera un incendio.
El mismo que nos pidió la medida para el galpón, fue el que nos vino con una denuncia por faena clandestina, porque se compraba en el establecimiento, para que les saliera más barato el ensopado a los peones, una majadita de ovejas de consumo (de esas que son viejas y no agarran cría), que iban pagando en la medida que se faenaban.
Claro que el que hoy denunciaba por faena clandestina, había sido peón antes e iba a volver a serlo cuando lo dieran de baja.
El patrón ponía la plata y se la iban reponiendo en las quincenas, o sea ganancia para el patrón ninguna, dolores de cabeza y en las pérdidas siempre estaba anotado, porque las ovejas que se morían eran las del patrón, no las de los peones.
Claro que de la denuncia, no era inocente el carnicero, que en la puerta de la carnicería lugar sumamente higiénico se podían conseguir todas las variedades de moscas habidas y por haber y era donde quedaban tiradas las cabezas y las pezuñas de las reses faenadas, en la puerta de acceso.

Volviendo a la vuelta del boliche, con la caña con anís, entre pecho y espalda, íbamos por una senda de paso y el chofer se comió una zanja macha.
El peón que había juntado los huevos de aguatero se dio de cabeza contra la capota del jeep y las claras y yemas de los huevos le corrían por la cara, claro que de eso nos enterábamos prendiendo los encendedores porque adentro del jeep no había ninguna luz.
Llegamos a las casas y al día siguiente nos volvíamos a Montevideo y cuando estábamos cargando las cosas en el avión, el Capataz me decía, si no le iba a mandar nada “para su amigo” (su en el sentido de mío).

Cuando lo apuré por qué tenía que mandarle nada al hombre que no sabía ni quien era, ni como se llamaba y con las cañas que se tomó fue suficiente para ser pierna en unas partidas de casin, máxime que muchas veces pifiaba o barría con el taquito del medio (diez puntos en contra).

Me dijo clarito que era el único maricón del pueblo, diferentes que les dicen ahora y que cuando cobraban los peones de la vía, hacían cola en la puerta del vagón bulín de AFE.
La picardía del paisano, me estoy refiriendo al Capataz, abusando de mi ignorancia de los hábitos de algunos de los habitantes del lugar, se había o habían divertido a mi salud, calladito la boca toda la noche, mientras yo hacía el ridículo sin enterarme, para demostrarme, en su fuero íntimo, que yo podría tener todos los estudios que quisiera, pero en ese medio el que sabía todo era él.

En campaña hay que ser humilde, no subirse al primer caballo que le presten, hablar poco y escuchar mucho, porque es un mundo que tiene las mismas cosas que el nuestro pero que se maneja de una forma muy distinta y con una picardía muy peculiar.

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