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Tsunami

20. marzo 2014 | Por | Categoria: Insólito

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Por Niquita Nipone
Tsunami es un neologismo, o más bien una palabra importada del Japón, claro que si yo escribo maremoto, la muchachada mirará con cara de qué quiso decir este fulano.

brujas3_350x263La fábula y no tan fábula que viene a continuación tiene que ver con los dioses indignados con el hombre por lo mal que trata el planeta, claro que casi nunca los responsables son los que pagan las cuentas del banquete.

Todavía tengo presente a un pueblo resignado, sin escenas de desesperación y locura, sino de resignación, inclusive en forma altruista ocupándose de rescatar al perro, tal vez porque era el único ser suyo que quedaba vivo.
Espero que la bruja blanca no nos castigue y tenga que venir a rescatarnos la bruja verde, claro que nosotros a la verde la respetamos poco y miramos mucho hacia la bruja blanca.

Vayamos a la fácula verídica.
Érase una vez, un reino lejano, en el que sus habitantes gozaban de todas las riquezas y comodidades posibles.
No obstante, a pesar de la riqueza y el bienestar del reino, el anciano rey que gobernaba se hallaba sumido en una profunda tristeza.
Los doctores dijeron que, lo más aconsejable, era buscar un remedio que pudiera suplir la carencia de alegría del viejo monarca y varios ministros partieron en todas direcciones buscando un hechizo o un mago que proporcionase al rey la energía vital necesaria para recuperar la alegría.
Llegó entonces hasta los oídos del rey la noticia de la existencia de una bruja blanca y una bruja verde en las regiones lejanas del norte. El rey dio orden de que las fueran a buscar y las condujeran a su presencia.
La bruja blanca hizo su aparición a los pocos días, montada en un elegante carruaje y con sus cabellos dorados reluciendo al sol.
Su belleza era tal, que el anciano rey se enamoró perdidamente de ella nada más verla y le propuso matrimonio a cambio de aquello que más deseara, convencido de que tal belleza a su lado le granjearía la felicidad que tanto anhelaba.
La bruja blanca pidió un día de reflexión para meditar qué era lo que más deseaba del reino.

Sus posesiones eran vastas y bajo su magia y encanto, habían caído monarcas de lejanas tierras y sus súbditos.
Sus hechizos provenían de una energía mágica, resultante del Uranio, piedra filosofal de los hechizos modernos, que aunque era poderosa como ninguna, poseía propiedades letales ocultas.
El único obstáculo que se resistía a su poder era la temible bruja verde, señora y dueña de los valles, montañas, y los ríos y protectora de la naturaleza de la tierra, que se hallaba de camino a palacio.
Al día siguiente, la bruja blanca se dirigió al rey y pidió, a cambio de su mano, que le cortara la cabeza a la bruja verde.
Conmocionado por la respuesta, el rey no supo qué decir pero tan enamorado estaba de su belleza, que, aunque excéntrica, concedió la petición a su amada y se casó con ella.
Transcurrieron muchos años antes de que el rey se diera cuenta de la difícil convivencia con la bruja blanca.
Era caprichosa, exigente, y su terrible magia enriquecía a los súbditos del reino, pero hacía, por un extraño efecto inverso, que muchos otros murieran de forma insólita.
Desde su llegada, había oído noticias de malformaciones en neonatos, muertes prematuras y otros muchos acontecimientos inexplicables.
Paulatinamente, el rey se dio cuenta de que la infelicidad de sus súbditos y la suya propia había ido en aumento desde la llegada de la malvada reina.
Un buen día, todos los peces en el mar cercano al reino murieron y se comenzaron a pudrir los cultivos de arroz.
La tierra se volvió infértil y un terrible miedo comenzó a invadir al anciano rey.
Acudió a los aposentos de su gran confidente, el primer ministro, para consultarle y su fiel amigo le confesó, entre lágrimas, que la reina había hechizado el reino y había planeado cortarle la cabeza al día siguiente para poder quedarse con su trono y sus riquezas.

El rey, preso de pánico, se envolvió en harapos y con la ayuda de su ministro, se dispuso a escapar por la ventana, deslizándose por una soga, para poder así huir de la malvada bruja.
Desgraciadamente, en su huida, la soga por la que se deslizaba se rompió y el rey se precipitó al vacío y se rompió el cuello.
Mientras tanto, lejos de allí, la bruja verde había escapado del terrible asalto preparado por los soldados del rey.
Se agazapó entre las ramas y con la ayuda de los habitantes del bosque llegó hasta el mar, donde zarpó rumbo al océano para escapar del rey y de la bruja blanca.
Muchos años más tarde, la bruja verde volvió al reino, esta vez convertida en una gigante ola, que los habitantes del reino acordaron en llamar Tsunami, y se enfrentó con furia a la bruja blanca, arrasando sus dominios del reino del norte y destruyendo el poderoso castillo de Dai-Ichi, de donde provenía la energía del uranio enriquecido de la bruja blanca.

Tal fue la crudeza de la batalla entre el ejército del mar, de la bruja verde, y el asedio al castillo de la bruja blanca, que el combate llegó a oídos del mundo entero.
Cientos de mensajeros corrieron asustados frente a la violenta colisión y la furia de la batalla se saldó con miles de vidas humanas y ciudades y dejó anegados varios reinos del territorio norte, para finalizar, felizmente, con la victoria de la bruja verde.
Los habitantes del reino comenzaron, poco a poco, a despertar del hechizo en el que habían vivido durante años: a recuperar la alegría y a festejar la vuelta del reino de la naturaleza y de la vida.
Decidieron, entre todos, que el campo de batalla en el que se batieron las fuerzas de la energía de la naturaleza y la energía nuclear quedara como recuerdo para sucesivas generaciones y honrar a los héroes que perdieron su vida en la cruenta batalla, llamándolo “Fukushima”, en honor al reino de la temible bruja, que había cegado el corazón del rey.
Hasta aquí llegó la fábula pero…

Nueva Central nuclear de Tokamak (Japón), 2013.

Existen cuentos en el mundo que han servido para salvar la vida de muchos, véase sin ir más lejos, la historia de Las Mil y Una Noches, en la que la princesa consiguió salvar su propia vida gracias a los cuentos que le narraba cada noche al rey, o los cuentos de Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino, que bien pudieran haberse encontrado en este territorio, hoy inhóspito, y salvar muchas vidas.
Esta historia es real.

O mejor dicho, podría ser real.
Al fin y al cabo, lo que sucedió en la prefectura de Fukushima hace tres años, tras la explosión del reactor III de la central nuclear de Dai-Ichi no lo sabe nadie, si no es por las historias y la mirada de los periodistas, del Gobierno japonés, de los voluntarios, o de los grupos de ayuda internacionales.
La mirada y la forma de contar las cosas es lo que aporta veracidad a la historia, muchas veces deformada por intereses de diversa índole que uno bien quisiera fueran más fáciles de entender que un hechizo.
La mirada que propone el cuento es una mirada hacia la naturaleza. Libre de nombres, de números y de futuros inmediatos.
Es una mirada hacia la construcción de un mundo diferente, en el que la experiencia de tantas vidas humanas que hoy están en el fondo del mar, no caiga en el olvido.
En realidad, la historia, tal y como nos la han contado, no liga en ningún caso la muerte a raíz del tsunami con la energía nuclear. Eso es cosa del cuento.
De mirar cómo la naturaleza se cobra lo que le han quitado.
De hecho, hay todavía quienes afirman que la energía de Dai-Ichi no se ha llevado la vida de nadie.
O por lo menos, eso decían antes de que abriera el hospital oncológico infantil de Fukushima en febrero de 2014.
Por eso, por falta de datos, lo mejor es mirar con ojos de niño y hablar no de los habitantes del norte de Japón, sino de lo que les rodea.
De su entorno.

De la naturaleza y la energía.
Es decir, intencionadamente: no contar.
Sería maravilloso narrarle esta historia, al oído, en susurros, a quienes dirigen un país.
A los reyes cegados por la belleza de la economía y preocupados por encontrar la alegría en energías nocivas para la población.
Qué raro que ningún político se haya comprado una casa estos últimos años en Fukushima y la mejor forma para ello ha sido contarlo en un relato, como quien cuenta una arquitectura, con una dimensión y una comprensión del ser humano, que, al fin y al cabo es lo que define la profesión del arquitecto.
Entender a la gente y lo que busca.
Lo que anhela.
Hoy en día, Fukushima, está libre de presiones inmobiliarias, especulación y desarrollo y se podría decir que la naturaleza ha vencido en este lugar, aunque a lo mejor por el camino haya perdido su valor como espacio habitable, debido a la alta radiación que se registra en casi toda su extensión.
Hoy, en el año 2014, este lugar es un vergel, un espacio abandonado en el que la vegetación supera un metro de altura, con caballos salvajes, gacelas, corzos, liebres y jabalíes corriendo a sus anchas por la provincia, sin sospechar -pobres- que nada es fruto de la casualidad.
Los únicos visitantes son los trabajadores de Tepco, los mensajeros, que se asoman al borde para dejar bidones de gasolina y comida para los 49 voluntarios que aún intentan dominar lo que queda de una de las más poderosas fuerzas del reino del norte: la central de Dai-Ichi.
Nosotros tenemos nuestra Bruja blanca que nos promete extraer minerales, a cielo abierto, volver a llenar los pozos, no se sabe con qué, que nos va a hacer muy ricos, pero no sabemos cómo, ni cuándo, promesas por cientos, pero ni siquiera sabemos que promesas puedan ser, hay una cosa muy cierta, nosotros a la Bruja verde no le rendimos culto.

Cuando se cosechan los campos, se vuelven a plantar, aportarles algún fertilizante para que recuperen lo que han perdido, no veo.
Sé que un novillo pesado extrae comiendo el pasto 25 kgs. de sales minerales, claro que ningún productor le aporta al suelo ni cerca de lo que el animal extrajo, transformando el pasto en carne.
Eso si acá no existen tsunamis, porque como el Río de la Plata es muy bajo no pueden progresar, a lo sumo una tromba que haga volar algunas chapas de los techos y el rey viejo se pueda lastimar al clavarlas nuevamente.
No tenemos tsunamis, pero tuvimos y podemos volver a tener alguna plaga que mate muchos animales, que se trasmite por el aire como la fiebre aftosa.
No somos como los habitantes del Japón, acá se harán huelgas, paros y muchas protestas y el rey viejo, será sustituido por otro rey, no tan viejo o más viejos, pero seremos nosotros los que tendremos que agachar el lomo y esperar con nuestro trabajo que la Bruja blanca muera, porque al no existir bonanza ella muere y reaparezca la Bruja verde y con buenas lluvias y mucho trabajo, muchos soles y sudores, tal vez vuelva la prosperidad a esta bendita tierra que enriqueció hace unos cientos de años un señor llamado Hernando Arias de Saavedra, conocido por Hernandarias y trajo de Asunción unas vacas y unos toros y los echó en estas tierras y gracias a la Bruja verde esos bichos fueron la riqueza de esta tierra.
Algunos tontos mirando a la Bruja blanca reniegan de tener que vivir del campo, ese lugar que nos dio la Bruja verde y en el que se cultivó trigo, maíz , soja, se plantaron pinos y eucaliptus y la Bruja verde con el sol y la lluvia, la tierra y el tiempo los transformó en bonanza.

Miremos más a la Bruja verde y no seamos malagradecidos que gracias a ella, llegamos a donde llegamos y vivimos como vivimos, lejos de las miserias que con más trabajos vivieron otros pueblos y a pesar de sus pesares viven felices.
No seamos mal agradecidos y agradezcamos a la Bruja verde y a Hernando Arias de Saavedra la herencia que nos dejó.
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