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Un mal valorado

9. junio 2011 | Por | Categoria: Entretenimiento

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Por Lorenzo Olivera
A veces las elites intelectuales, consideran, mientras toman un café en el lugar, antes era el Sorocabana o en el Tupí, en el que elucubran todas su teorías, fue un pintor, escritor, que tiene que sobrevivir vendiendo su trabajo, es inferior a los que no lo necesitan, porque pareciera que el trabajar por dinero baja la calidad del producto.
Tal es el caso de Yamandú Rodríguez (1891- 1957) que tiene poemas muy sensibles y otros un poco sensibleros.

Por vender su trabajo al mercado, la impenetrable generación del 45 los miraba mal o simplemente los crucificaba.
Pero contra Florencio Sánchez que tenía que vender sus obras cuando las tenía en el cerebro o apenas esbozadas a los Podestá, que le hicieron muy buena plata, no se le animaron, a pesar de que escribía para la diaria.

Yamandú Rodríguez agarró para Buenos Aires y tanto hacía libretos, teatro, como poemas en serio que nos hacen o hacían un nudo en la garganta o poemas humorísticos.
De ahí me quedó pegado Yamandú Rodríguez y a pesar de los de la generación del 45, tiene una calle en Carrasco.

Cuando la radio era RADIO y existían las fonoplateas y no se compraban las latas como lo impuso la televisión, en las que hablan en un idioma que tendría que tener traducción al pie y con un contenido deplorable.

La Carve, traía una o dos veces al año, a Fernando Ochoa, un recitador criollo y que recitaba muchas cosas escritas por Yamandú Rodríguez y también tenía un momento humorístico en el programa con poemas satíricos y el personaje era don Bildigerno.
Acaso Sánchez era menos que otros porque escribía para comer.


Si hubieran aplicado el mismo criterio con Juceca (Julio César Castro), porque era el libretista, nada más, ni nada menos, que de Luis Landriscina, no hubiéramos conocido nunca a don Verídico, ni a la Duvija, ni al tape Olmedo, entre muchos otros.

Arthur N(unes) García, Wimpi, se tuvo que ir también a Buenos Aires porque como empleado de escribanía no le daba para vivir y en la Intendencia de Montevideo tampoco y marchó para donde estaba el trabajo y siguió publicando sus libros como “Ventana a la Calle”, “La taza de tilo”, “Cartas a los animales” entre otros y su carrera de estudiante de medicina quedó por el camino.

Yamandú Rodríguez gano toda su gran fama popular en Buenos Aires.
Y hasta los circos difundías su poema dramático “1810”.
Tanto en su labor teatral como en sus poesías gauchescas explotó todo aquello que podía alagar al público fácil, la sentimentalidad, el coraje gaucho, la tradición, la raza, y situaciones melodramáticas.

Fue gran amigo del efectismo.
Pero pongamos las cosas en su lugar, no era un cualquiera.
Tenía verdaderas facultades para ser un sentimental para expresar la emoción épica y tenía sagacidad e inspiración para los efectos.
Sus cuentos se han leído hasta el cansancio, pero el teatro y la poesía radial los ha olvidado.

Para muestra aquí va una de las más conocidas y apreciadas.
El Remate.
“Falta el aire y sobran moscas
Este domingo de enero.
El sol fríe las chicharras…
Duerme un matungo azulejo…
Algunos pollos con árganas
Están de picos abiertos
En los charquitos de sombras
Hay una guachas bebiendo.
Por los caminos calientes
Pasa la siesta en su lerdo.
Ojos azules de cardo
Curiosean desde lejos,
Y asoman por las goteras
Ojos azules del cielo…
Todo es dulce de tan pobre…!
Frente al rancho de estatéo
Que anda por los cuatro codos
Deshilachados de tiempo,
Subasta el rematador,
Las pilchas de un criollo viejo.
Hay muchos interesados;
Son vecinos todos ellos,
Muchos que hast’ace poco,
Le llamaban el agüelo.
Recostado en el palenque,
Los mira tristón el viejo:
Han ido a comprar barato
Cosas que no tienen precio…
Y piensa con amargura:
Ya no da criollos el tiempo…!
“¿Qué vale este par de espuelas?”
Y las rodajas de fierro,
Son como dos lagrimones
Que llorase por su deuño,
Con ellas salió a ganar,
Hace ya muchos inviernos,
La novia en un bagual blanco;
Disputan como caranchos
El corazón del agüelo.
Al escucharles, se pone
Rojo de vegüenza el ceibo.
“Son las suyas las nazarenas”
Dice a uno el martillero…
Le han vendido las lloronas
Hoy, por desgracia. Hoy, tan luego
Que en el palenque, la vida
Ató su bagual más negro….
Y piensa con amargura:
Ya no da criollos el tiempo…!
Sacan a la venta el poncho,
Donde garúan los flecos,
Para mojarle los ojos
Al que se lo lleve puesto.
Tiene la boca surcida
Y lo gastó tanto el viento,
Que al trasluz del calamaco
Se ve la historia del dueño…
Guampas, chuzas y facones
Lo sirvan de agujeros…
Para su filosofía
Siempre le puso remiendos:
De día con un celeste;
De noche, con un lucero,
Yo pago por esa pilcha
Toda la plata que tengo!
-Suba una onza la oferta!
Si no hay quien de más, lo quemo.
Entonces cae el martillo
En lo duro del silencio…
Un joven se lleva el poncho,
Está temblando de frío
En una tarde de enero…
Y piensa con amargura:
Ya no da criollos el tiempo…!
Así pierde en la bajada,
Lo que gano en el repecho:
Una a una las ovejas;
Pilcha por pilcha, el apero…
Quisiera salvar del lote
Su mancarrón azulejo,
Para que lo agarre la noche
En un caballo estrellero.
No tiene más que uno…. Y ese
Se lo quema el martillero!
Allí termina el remate:
Cobró su cuenta el pulpero,
Aura sí: al verlo de a pie
Tan amargo, tan deshecho
Todos los rumbos arrollan
Los lazos de los senderos
Y son cuatro pialadores
Que están esperando al viejo:
En cuanto quiera salir,
Lo van a dar contra el suelo!
Entonces, aquellos mozos,
Se acercan a defenderlo
Y el mas ladino le dice
Entre temblón y risueño:
-Todos compramos sus pilchas,
pa salvárselas, agüelo.
Aquí tiene sus espuelas…
Aquí tiene su azulejo….
Uno le trae entre los brazos
Igual que un niño, el apero,
Y otro le entibia las manos
Con aquel poncho de flecos…
Porque sigue dando criollos,
Muy lindos criollos, el tiempo.

Esta hombrada no me parece nada cursi ni chabacana.

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