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Un partido de casin muy especial

12. julio 2018 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ
Se hizo la noche, a una legua de un poblado muy chico, tan es así que ni quilombo había, por la competencia desleal, dado que en cada casa pasaban cosas, por atrás de la iglesia y no había capilla ni cura en el poblado.

No había televisión tampoco, radio a secas y había que apoyar la antena en el alambrado para oír más o menos, para los celulares faltaban como treinta años o más.
Agarramos el jeep, manejaba el Pussy, el piloto iba de acompañante y yo también de perro y atrás.
Llegamos al boliche y como todo boliche de campaña que se precie también era almacén de ramos generales, aunque por la noche no entraban mujeres y un audaz del pueblo en un asado con cuero le tiró así como quien no quiere la cosa, al propio intendente, en la persona de su secretario, un brasileño que falaba chapurreado para poner un boliche de coperas, le sobraba audacia al hombre pero no sospechaba que los locales de locas no eran competencia municipal, cosa que el brasuca tampoco tenía nada claro, pero si la eventualidad de prenderse como garrapata en cualquier cosa licenciosa que le diera una extra para el bolsillo .
En el camino el chofer se comió en seco un pozo que me hizo dar con la cabeza contra el fierro de la capota que me hizo aflojar las emplomaduras.

En el lugar de recreo estaba el Bebo, que hacía las veces de capataz, el bolichero y un negro viejo que yo no conocía, bah el que lo conocía era el bolichero y el capataz.
A falta de whisky y de fondos para bancarlo, se servía caña Ancap común, cortada con anís, que pateaba fuerte como cadenazo en los dientes, faltaba más.

El capataz y el bolichero no jugaban al casin (preferían divertirse balconeándola de afuera), así que hubo que invitar al negro viejo y armamos las parejas, como siempre al que no conoce le toca la sorpresa y en este caso llamémosle el negro.
La mesa de billar estaba rodeada de damajuanas de vino, vacías y llenas, todo era librado a la suerte del que las pisaba.

El negro cuando llegamos estaba bien adobado como matambre para el horno y unas cuantas veces cayó de culandrillo contra las damajuanas de vidrio y ni siquiera se cortó en que te dije en cruz.
Era como si jugaran tres contra mi persona, porque el pasado de horno tiraba y no daba bola y muchas veces se perdía borrando los palitos, en especial el del medio solo, era un penal en contra permanentemente.

Entre la mesa y las damajuanas apenas se podía pasar y las damajuanas estaban apiladas contra la pared, pero como si fuera una barranca.
Nunca supe el nombre del negro, pero el capataz estaba porfiado en decirme que era “su amigo” (o sea “mi amigo”) y yo estaba con la espina en el ojo, porque la gente de campaña, es pícara y suele ir tirando cáscaras de banana para que uno patine.

Mándele la vuelta “a su amigo”, y hasta tarde en la noche seguimos con esos partidos de casin, que eran aburridos como bailar con la hermana, pero era lo que había y afuera del boliche era una boca de lobo.

Me enteré que “el cabeza de tricota”, era peón de la vía en la estación de ferrocarril, que en aquella época andaba, como convoy de carta, una vuelta nos afanaron dos vagones cargados y uno apareció en Fray Bentos y el otro en Paso de los Toros, vacíos por supuesto, deben haber sido las hormigas que se llevaron la leña para hacer nido.
Cuando rumbeamos para las casas, llevamos al peón hasta la estación, porque hacía noche en un vagón tipo correo, tuvo sus problemas para escalar los fierros, pero al final llegó, y el capataz me decía si no tenía nada para darle a “su amigo” y yo no entendía nada y me tenía calentito con ese chiste para él solo.

A la mañana siguiente desayunamos y fuimos hasta el Cessnita para rumbear para Montevideo y el capataz cuando me subí al avión me preguntó si no tenía nada para “su amigo” y le pedí que me explicara el chiste pero lo dejó por esa plata.

Como tantas veces nos ocurre a los del asfalto nos volvemos para las casas con una intriga, que no me quitó el sueño por cierto, pero es una espira que cuando uno toca sabe que la tiene clavada.
A los 15 días volví por el campo y ni bien aterrizamos el capataz me preguntó si había traído algo para “su amigo” y chiste que no se comparte no lo festejo y a otra cosa.
Trabajé ese día y al día siguiente nos veníamos de tardecita y vuelta otra vez con lo de “su amigo”, y ahí me explicó el tema.

Me había tenido toda la noche la quincena anterior jugando al casin en pareja con el único maricón del pueblo, que cuando cobraba la quincena hacían cola los paisanos para aligerar el cinto y otras partes de la humana naturaleza, en el vagón correo que servía de dormitorio al cabeza de tricota.

Uno no tiene que ser demasiado confiado porque los chistes suelen ser de mano pesada en el ambiente rural, pero como era un viejo infeliz, yo lo único que me podía quemar era con otros lugareños, que afortunadamente no cayeron al boliche aquella noche y al cabeza de pelego no lo volví a ver nunca más, ni falta que hace.

Que todo sea para bien…

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Un comentario
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  1. Que buena historia de esa epoca de la campaña pero aun hoy todavia existen algunos pueblitos con ese estilo de vida y de un solo boliche que vende de todo son los menos pero aun quedan.

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