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Un tipo calentón

16. noviembre 2012 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ

Hoy no voy a ser nada divertido, pero tengan en cuenta que me hice el tal esguince de tobillo, rodilla, que no me fracturé en varias partes la pierna derecha de casualidad, me duele la cadera, la rótula, la tibia y el peroné, pero en cualquier momento escribo sobre los fantasmas, promesa hecha a una integrante del género femenino, agradezco profundamente a los amigos de OSE que dejaron ese caño de cuarenta sin tapa, donde caminando de espaldas metí la pata.

Vamos al grano por esta vez, dijo Camucho y le metió un pucho al forúnculo.

Mi viejo desde niño era huérfano de padre y madre.
Por el lado paterno había un par de medios hermanos en Rosario de Santa Fe, porque mi bisabuelo, un tano muy enamorado, tenía a sus hijos, siete acá en Montevideo, pero cuando fueron creciendo vivían tanto en Montevideo como en Argentina, incluso tenían casa en ambas orillas, porque el tano, era de Istria y cantaba ópera.
La compañía se fundió en Montevideo y acá quedó, se casó con una viuda genovesa, con un ragazzo.

La pobre había quedado viuda porque el marido, tenía un carro con que hacía viajes al interior y los mulos se estaban peleando y fue a separarlos.

Le dieron una patada en la boca del estómago, volvió a la casa, se tiró en la cama y se murió.

Siete hijos de mi bisabuelo y uno que ya tenía.
Mi viejo con sus medio hermanos no se crió, porque ellos estaban en Rosario con su madre y mi viejo en Montevideo, con su abuela.
Cuando a mi tío le llegó la edad de la conscripción, le tocó hacer la colimba en los Granaderos de San Martín.

No existe más el servicio militar obligatorio, en consecuencia la colimba, “corre”, “limpia” y “barre”, tampoco está.

Pero en aquel entonces, los que no tenían banca o parientes en las fuerzas armadas estaban para esa la colimba o ir al sur a tomar el fresco, por Usuaia, la ciudad más meridional o de a caballo con los granaderos que eran una fuerza de choque, en todos los líos, como la Republicana nuestra.

Mi tío era mal arreado.
Con cualquier tema medio fuera de tono terminaba a las trompadas.
Tuvo un malentendido con un oficial al mando y le pegó una trompada.

Acto continuo, se vino sin saludar a Montevideo y mi bisabuela, tuvo otro nieto, más criado que sus nietos de acá y con mañas.
Aprendió el oficio de electricista con mi viejo y siguió acá en Montevideo, porque como desertor del ejército argentino, recién prescribía el delito, cuando cumpliera cincuenta años.
A los 51, por las dudas, fue de paseo, vio a su hermano y sobrinas y volvió.

Un asesino prescribe la punibilidad del delito de homicidio en menos tiempo.
Se la rebuscaba, en lo que fuera y no le hacía asco al trabajo.
Mi viejo hacía unos mangos extra pasando películas en los cines, en aquella época le daban manija para que corriera la cinta y pasaran los cuadros y la luz del proyector estaba dada por dos carbones que al unirse daban la luz que llegaba a la pantalla.
Tenía que estar atento a juntar los carbones en la medida en que se iban quemando, porque si se separaban no había más luz de proyección.

Las películas eran 7 u 8 rollos grandes y como venían pocas a Montevideo y se daban las mismas películas en varios cines, había un empleado con una motocicleta, que llevaba de a dos o cuatro rollos, de un cine a otro y entonces una parte de la película se estaba viendo en un cine y la otra parte en otro y cuando iban terminando en un lado el de la moto, las llevaba para el otro y viceversa.

Pero las cosas no siempre eran idílicas, porque podían pasar un par de cosas, que la moto no llegara en tiempo y entonces la función se cortaba hasta que llegara o las películas venían tan pero tan guasqueadas, que se reventaban y quedaba la luz en la pantalla y sin imagen, teniendo el operador que ponerla en el rollo de vuelta y que volviera a continuar la exhibición.
El público no estaba integrado por carmelitas descalzos ni nada parecido.
Cuando se cortaba la película empezaban a patalear en el piso, o sobre aquellas alfombras de las que se levantaba un polvo que existía antes que hubiera aspiradoras en plaza y le gritaban al operador, al boletero, al portero y al que fuera, “chorro…”, “ladrón….” y el repertorio iba en aumento en la medida que la demora fuera mayor.

También podía darse que la moto se rompiera y no existían los celulares, ni los teléfonos públicos, salvo algunas casas de familia acomodadas, los cuales no estaban muy dispuestos a dejar entrar a un motociclista desconocido.

Pero como bien dije mi tío era un tipo muy mal arreado y cuando empezaba el griterío y chorro y otros epítetos, se bajaba por una escalera, que eran unos hierros doblados que sobresalían de la paredlo suficiente para apoyar el pie y agarrarse con la mano.
El loco bravo bajaba a los gritos él también, que no era un ladrón, que no era un tal por cual y se agarraba a las trompadas con el público, que por lo general eran de la pesada de la Aguada, donde llueve y no gotea.

Ese cine tuvo varios nombres y creo que el último fue el American, nunca fui, pero por los cuentos paternos, estaba en la calle Sierra (Fernández Crespo), casi Miguelete.

No se si existe actualmente o lo transformaron en un supermercado o en un templo de esos que pregonan deixa de sofrir, irmao.
Defendía un honor que nunca había sido humillado, porque el pataleo era un ritual, como el grito de chorros.
Entró como empleado de la UTE, formó familia, tuvo un par de hijos, el Pocho y el Negro.
Recuerdo el comentario de que una vuelta hubo un incendio, en un depósito de una empresa de películas de cine, creo que GlucksmanCinesa, si no estoy confundido y el como empleado de Reclamos de UTE acompañó a los bomberos para cortar la energía eléctrica por los problemas de las mangueras y el agua.
Como era un tipo que iba para adelante, resultó que un bombero se intoxicó y perdió el conocimiento, en aquella época no sé si existían las caretas antigás o no.

Mi tío fue el héroe de la jornada, se metió sin equipo de especie alguna y sacó en brazos al que había perdido el conocimiento y en consecuencia le salvó la vida, porque el celuloide de las películas cuando agarra fuego, no para y los gases son de terror..
Le dieron una medalla de oro por el mérito de haber salvado al bombero.

Mi viejo le decía, a los años, me gustaría saber si te hubieras quedado en el incendio, quien le iba a dar de comer a tu mujer y a tus hijos.
La posición de mi viejo era muy realista, muy conservadora, totalmente distinta a la del medio hermano.
A mi viejo nunca lo vi andar a las trompadas con nadie, pero eso sí, de boca era de terror.

Tenía la virtud de calentar a un pueblo.
Los dos con el mismo origen, o parecido y modalidades totalmente distintas.
Pasaron los años, murió mi viejo, y mi tío venía todos los días por casa a ver como estaba la cosa.
Un día dijo, no está más mi hermano, no vengo más y no vino más, nos veíamos en el barrio porque él vivía a dos cuadras y la casa del balneario estaba a dos cuadras de la nuestra.
Se jubiló de la UTE, siguió trabajando en un Sanatorio en la parte eléctrica.

Murió mi primo el mayor, el Pocho y al tiempo mi otro primo el Negro, que jugó en Central Palermo, de la Liga Palermo.
Tenía un perro, el Guitarra, que lo acompañaba siempre en la camioneta, una Fordson del año 1951.
El Guitarra eran los ojos de mi tío, vivía pendiente del dueño y el dueño vivía pendiente del perro.
Un día no sé que maniobra hizo con la camioneta y se cayó el Guitarra y el tío no se dio cuenta y siguió de largo.
Cuando se dio cuenta, hizo todo el recorrido de vuelta, antes era más fácil porque las calles flechadas eran pocas y conforme fue, volvió.

En una esquina, estaba el Guitarra sentado esperando… porque sabía que el dueño no lo iba a abandonar y así fue.
Pasaron los años, quedó viudo y sin perro y siguió trabajando, tenía como ochenta y tantos años, le apareció un cáncer, que se lo llevó.
Pero con lo calentón que era, ese cáncer para llevárselo tuvo que pelearla.
Hace falta gente como esa, que metían para adelante y a pesar de que la vida les daba palos, ellos tenían la filosofía de que entre palo y palo, el cuerpo descansa.

El descanso después de toda una vida, lo tuvo en la tumba.
Perdonen lo evocativo y triste de este artículo, pero hoy es lo que hay.

Para el viernes que viene prometo algo en solfa, para que me peleen las muchachas, jóvenes y bonitas y alguna que dice saber de fantasmas y luces malas, de aparecidos y hombres lobos.

Hasta la próxima si el cuerpo aguanta y que todo sea para bien…

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Un comentario
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  1. Se cayó el Rey. Lo operaron de la cadera, entró de vuelta al taller para que le metan una protesis en la otra cadera. Más la protesis de rodilla. Al lado vuestro Majestad los elefantes que matais gozan de buena salud.

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