Mambo, querido rico el mambo…

Cuando era muchacho chico Montevideo, en Carnaval era una fiesta de verdad, una gran fiesta popular y también por qué no para la gente con mucho dinero, dado que venían de todas las partes del mundo, turistas como grupos musicales de real valía y hacían que absolutamente todo brillara.

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Conocía a Dámaso Pérez Prado uno de los adaptadores de diversos ritmos cubanos, que enloqueció a los uruguayos y la fiebre fue evolucionando por el mundo llegando inclusive hasta el Japón, claro que esto no es novedad porque no sé que tenemos en común con los japoneses que les entró el tango y montones de cosas nuestras, que hasta se llevaron a Forlán.

En aquella época venían los Lwecuona Cuban Boys, los Havana CubamBoys, Cab Calloway, Xavier Cugar, entre muchos otros.

Recuerdo que una noche estaba Xavier Cugar en el Tupí Nambá, un catalán que se había hecho famoso en Cuba, con su compañera Abe Lane, una actriz suculenta, que posteriormente tuvo su cuarto de hora en el cine italiano, suculenta como esas mujeres tropicales, y Abe me dio un beso.

Claro que para cada cosa un momento y un lugar, un tiempo y una condición, yo apenas levantaba un metro del suelo por mi tierna edad, y ella levantaba bastante más era un camión semirremolque con zorra y acoplado.

Cugat ni lento ni perezoso se llevó a Marta Gularte, que creo que tenía 18 años, a una gira, que creo que terminó en Rio de Janeiro, pero a ella le abrió el mundo del Barrio Palermo, las lonjas de Cuareim y la transportó al mundo.

Los muchachos cuando yo fui un poquitito mayor, decían que Pérez Prado tenía contratado un enano en su grupo, porque en el mambo No. 8 empezaba una cuenta 1….,2…., y terminaba en el 8, tras lo cual pegaba un aullido con la palabra maaaammmbóoo entrelazada y le atribuían al enano la función de apretarle los testículos para lograr ese grito.

Las frases nuestras lunfardas y vulgares de te vas de mambo, etc. no tienen nada que ver con dicha música.

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