
Serie: Ciudad de las estrella
La industria prefiere reciclar clichés espaciales oxidados antes que arriesgarse a financiar ideas verdaderamente originales
Refritos cósmicos con tufo a propaganda vencida
Volvemos a las andadas. La televisión contemporánea parece atrapada en repeticiones perpetuas, donde el progreso no avanza, solo gira en círculos concéntricos de nostalgia barata. Nos venden “Ciudad de las estrellas” como un thriller audaz sobre una carrera espacial alternativa, pero en realidad nos encontramos con el enésimo enlatado diseñado para inflar catálogos sin cuidar el bolsillo del espectador.
Es de locos pensar que, teniendo a nuestro alcance el talento desbordante del cine contemporáneo, los nuevos guionistas e incluso las infinitas posibilidades que abre la Inteligencia Artificial, los grandes estudios sigan obsesionados con resucitar viejos fantasmas de la Guerra Fría. En lugar de aplaudir el ingenio del verdadero cine dorado de Hollywood —aquel que creaba mitos atemporales con audacia narrativa y actuaciones memorables—, la industria insiste en la receta del remake encubierto. Aquí nos muestran sobreactuaciones dramáticas de actores en evidente declive, ataviados con trajes de cosmonauta que huelen a naftalina.
Por otra parte, la premisa de explorar el programa soviético desde detrás del Telón de Acero suena bien en los folletos de marketing. Sin embargo, el resultado es un desfile de guiones trillados, donde ingenieros atormentados y agentes de inteligencia intercambian miradas sospechosas bajo luces de neón marchitas. Esto significa que la supuesta audacia de la serie se queda en simple utilería. Nos aseguran que estos personajes «asumieron riesgos para impulsar el progreso de la humanidad», pero el único riesgo real lo corre la paciencia del espectador tras ocho episodios de dramatismo inflado y ritmos aletargados.
¿Hasta cuándo durará el saqueo al pasado?
Además, resulta increíble cómo la hipocresía ejecutiva dilapida millones en repetir fórmulas gastadas mientras las plataformas y las vanguardias creativas demuestran que el público está hambriento de historias frescas. Me seduce pensar en un universo alternativo donde los productores respeten las genialidades de la época de oro en lugar de prostituir su legado con refritos insípidos que desmerecen la historia del cine.
Si preferimos clonar las glorias de ayer en lugar de construir el patrimonio audiovisual del mañana, la pregunta final es: ¿Hasta cuándo aceptaremos pagar suscripciones por el mismo guion recalentado con distinto empaque?

