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Profesor de amantes

7. Febrero 2013 | Por | Categoria: Los mitos y la historia

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Por NICO MEDES

Está lloviendo. Ovidio con sus 61 años medita y recuerda, no soporta ni el frío ni la humedad.

ovidio3_280x210Está solo, la sirvienta ha salido y recuerda la Roma de sus amores, de la cual está desterrado diez años ha. Siente nostalgia de sus calles, el oropel de la corte de Augusto, ya no está y fue sustituido por Tiberio, la elegancia de sus mujeres…
¡Ay, sus mujeres!

Ovidio siente una lembranza a aquellas que ha amado y fue correspondido y le amaron.
Ha perdido la cuenta, pero confía en que le recuerden, no en vano sus obras se leen, se recuerdan y se comenta según lo sabe por sus amigos.
Sus obras eran obras de amor y de amores escritas hace tantos años.
Entonces podía decir con vanagloria:
“Si hay alguien en esta tierra que no conozca las artes del amor, lea este libro y, una vez instruido por la lectura del poema, ame”.
La tituló simplemente “Arte de amar”.

¡Cuánto gozó y cuánto sufrió para escribirla!
“También el Amor me rinde acatamiento, a pesar de que suela herir mis entrañas con su arco y me abrase con sus antorchas incendiarias.
“Cuanto mayor es la fuerza con que Amor me traspasa, cuanto mayor la violencia de sus fuegos, tanto mejor vengaré las heridas”
¿Qué se hicieron aquellas mujeres? ¿Qué se habrá hecho Corinna.
“Quien a otros suele aconsejar, no toma precauciones para consigo mismo”.
Corinna debe estar con otro aprovechando las lecciones que él le enseñó.

Llueve y hace frío, su alma está peor que el clima. ¿Llamará a una esclava para que le caliente el cuerpo y el lecho?
Pero ¿y el corazón?; ¿quién es capaz de calentarlo?
El Arte de amar lo escribió a los 44 años, su plena vigencia viril.
Sus obras eran el producto de sus experiencias, sus esperanzas y sus desengaños.
Su corazón, su vida amatoria se había expuesto a la consideración pública. Pero, en Roma, ¿quién le podía disputar el título de maestro en el amor?

No hacía mucho que en una de sus obras había hecho su autobiografía:
“Entérate posteridad si quieres saber quién he sido yo, el más famoso cantor de tiernos amores que estás leyendo.
“Tengo por patria Sulmona, abundante en finas aguas, que dista dé Roma noventa millas.
“Aquí nací yo y para que no dejéis de saber cuándo, el año en que fatalmente cayeron ambos cónsules.
“Si ello significa algo, tengo una larga ascendencia de antepasados de mi clase, no he llegado a caballero por ningún don reciente de fortuna.
“Pero no he sido el primogénito: me engendraron cuando ya mi hermano había nacido, doce meses antes.

“El mismo lucero presidió el nacimiento de ambos, un mismo día había celebración con dos tartas de aniversario…

“A mí ya desde niño… la Musa me arrastraba furtivamente a sus tareas.
“Con frecuencia decía mi padre; ¿Por qué emprendes una afición inútil?

“Ni siquiera el propio Homero dejó fortuna…”
Mi corazón era voluble y vulnerable a las flechas de Cupido.
“Siendo un adolescente me dieron una esposa que no me hice adecuada ni útil y que estuvo poco tiempo casada conmigo.
“A ésta sucedió una mujer que, aunque improbable, no iba a ser la definitiva en mi lecho.
“La última, que permanecerá conmigo hasta los años tardíos, soportó ser la mujer de un desterrado.

Ovidio revive en su destierro su vida de amores y sucesivas amantes.
Sus experiencias las narra en su “Arte de amar”, que va recordando en forma paulatina y melancólica.
“Los detalles cautivan a los espíritus delicados”.
Cuántas veces había acomodado un cojín con mano diestra, acariciado suavemente las mejillas, el pabellón de las orejas y el cuello de la mujer deseada.

Los escarceos previos al amor que la gente vulgar ignora. Cuando venía la noche en la que se tapan todos los defectos y se ignora cualquier sutileza a esa hora embellece cualquier mujer, Ovidio, el maestro, la sabía larga y la utilizaba para decir las palabras justas, no menos exactas por esperadas.
“Incluso aquella que podías pensar que no quiere querrá.
“La ocasión de Venus, tan agradable le resulta al hombre como a la mujer.

“El hombre lo disimula mal, ella encubre mejor su deseo”. “Convengamos él género masculino en no ser los primeros en hacer proposiciones a ninguna mujer; de inmediato la mujer, rendida, por el amor, tomará el partido de ser ella quien las haga.
“Tanto las que dicen que sí como las que dicen que no, de todos modos se alegran de ser solicitadas”.
De nuevo acude a su mente el recuerdo de Corinna. ¿Existió en verdad? ¿Fue Corinna el resumen de todas las mujeres que él había querido?
¿Y Julia, la hija de Augusto?

Ovidio ignora que es por causa de ella se encuentra desterrado.
Quizá fue por su vida plena de amores, quizá por razones políticas.
Si fuese por lo primero, a la muerte de Augusto, Tiberio le hubiera llamado a su lado.

Es probable, pues, que fuese la política la causa de su destierro.
Pero ¿por qué? Si Ovidio lo sabía, no lo ha dejado escrito.
Ovidio abriga la creencia de que son sus prolíficos amores los que le han llevado al destierro.
Es natural, es lo más importante de su vida.
Ha vivido por y para el amor.
Ahora tiene a su disposición las lugareñas pueblerinas con las que las artes del amor físico son casi imposibles. No comparte el amor vulgar.
El amor es algo más que el simple coito.
Es una lucha permanente con triunfos y derrotas y de batirse en retirada, claro que siempre será con ánimo de volver a emprender la partida.

Es un juego como el del circo romano en el que al final los dos contendientes salen vencedores y vencidos a la vez.
Recuerda a Livia, cuánto le costó vencer su resistencia. Suplicó y suplicó.
“Procura prometer; ¿qué te va en hacer promesas? Cualquiera puede ser rico en promesas.
“La esperanza perdida desde el momento en que se tiene fe en ella.
¿Por qué escribió estas palabras?
La experiencia le ha llevado a mirar con cinismo los ardides del amor.

No tenía que haber escrito.
Gozar de la vida era suficiente.
Las mujeres no se le negaban. Quizá su error fue haber dado a la publicidad sus consejos y reflexiones.
Pero ¿quién sabe?
Tal vez fue precisamente la lectura de sus libros la que hizo posible su éxito con las mujeres.
Era un escritor célebre, demostraba conocer ‘los trucos del amor tanto físico como espiritual. Conocía a las mujeres.
¡Había tratado y embelesado a tantas!

“Cualquier mujer se cree digna de una pasión amorosa, aunque sea la más fea; a ninguna deja de gustarte su propia apariencia.

“Sin embargo, más de una vez aquel que fingía ha empezado a amar de veras; más de una vez lo que en un principio había simulado llega a ser de verdad.
“Así que razón de más. ¡Muchachas, ofreceos a los farsantes fácilmente! El amor llegará a ser verdadero, ese mismo que antes era falso.
Ovidio imagina y recuerda a su vez las caricias que han prodigado.
Su mente sueña en aquella o aquella otra mujer que tuvo en sus manos y cuyos labios besó con avidez.

Sus brazos quieren volver a oprimir el cuerpo de aquellas bellas romanas que tantas veces compartieron con él su lecho.
Pero todo eso, ya fue, está lejos, muy lejos en el espacio y en el tiempo.
Ovidio, como todos los viejos tiene un pasado y poco e incierto futuro el que sueña e imagina un porvenir que no verá jamás.
Millares y millares de hombres y mujeres que seguirán sus consejos.

Ahora es él quien llora, él, que había aconsejado a tantas mujeres.
“Incluso las lágrimas son útiles y vosotros hombres llorad también.
“Amante; si puedes, procura que ella vea húmedas tus mejillas.
“Si te fallan las lágrimas, que ciertamente no siempre acuden a tiempo, restrégate los ojos con la mano mojada.
“¿Qué hombre experto no mezclará los besos con palabras enternecidas?

“Aun cuando ella no te los dé, tómalos tú sin que ella los haya otorgado.
Es posible que al principio ella se defienda y te llame malvado.
No obstante, lo que ella quiere es ser vencida en la lucha. Ten únicamente precaución de que tus arrebatos no dañen desmañados sus tiernos labiecitos ni pueda ella quejarse de que han sido brutales.
Aquello que les gusta, con frecuencia desean con-cederlo sin ceder. Para conquistarla, ruega; ella no desea sino ser cortejada.
El profesor de amantes ya no tiene discípulos.
El gran consejero de hombres y mujeres de su generación carece de alumnos.
Porque el amor como lo entiende Ovidio es un refinamiento, un arte, una voca¬ción.

Durante siglos hombres y mujeres aprenderán en su Arte de amar los sistemas para conquistar.
Ellos y ellas, pues en el amor no debe haber poseedores ni poseídos.
El amor es darse, fingir a veces, es mezcla de audacia y de timidez. Cada hombre y cada mujer tienen su punto débil que es necesario conocer.
Pero llueve y hace frío.
Lejos están las adoles¬centes, apenas púberes, que Ovidio iniciaba en los placeres del amor.

Lejos, muy lejos las a veces púdicas matronas que se escandalizaban con los libros de Ovidio pero los leían ávidamente.
Lejos también la larga lista de amantes que hicieron del Arte de amar su libro de cabecera.
Llueve y llueve en el alma de Ovidio.
Hoy, dos mil años después, las frases del profesor de amantes son válidas todavía.

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2 comentarios
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  1. ¿quien quiere ser vencida en lucha?, de UNA ese tal Ovidio era un viejo verde

  2. Cuando la pólvora está mojada, es difícil darnos cuenta que un señor de las letras de hace 2000 años, era un viejo verde y no un tipomde avanzada en a materia. Hoy que se justifica todo, inclusive a los cornelios de los swingers, llamar viejo verde a quien hizo del amor un apostolado es un hueso duro de tragar. Mecha miremos al clásico Ovidio 2000 años después y … por favor era un crack de avanzada. Este articulo pienso que es para gente noven y no para el Tribunal de la Santa Inquisición.

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