Entre el bien y el mal: ¿Eliges el lado del bien?
Pregunta inocente y casi infantil. ¿En todas las naciones del mundo se hace esa pregunta? ¿Acaso todos responden «el lado del bien»? ¿Cómo mantenernos alertas antes de responder?
Cualquier tema relacionado con la vida, profesión, religiosidad, política, arte, etc., encontraremos siempre a quien nos interrumpa con una inocente pregunta. El objetivo principal es buscar que respondamos: Esto o aquello. Sí o No.
¿Qué tipo de pregunta es esa?
Se denominan dicotómicas. Las cuales con malicia nos obligarán a elegir solo entre “esto o aquello”. El objetivo de esa pregunta no es ir al fondo de un debate de ideas, sino encasillar y desacreditar al interlocutor de todo argumento que presente.
Vamos a las habituales preguntas: ¿país (A) o país (B), dónde te gustaría vivir?
Esta hábil pregunta, evita cualquier debate de fondo sobre las áreas de proyección, crecimiento tecnológico, cultural, relaciones internacionales, relaciones comerciales, diplomáticas o de análisis sobre calidad de vida. Porque debes responder antes, dónde desearías vivir junto a tu familia. ¿Dónde quisieras trabajar? ¿Dónde quisieras que se educaran tus hijos? Y tu respuesta solo afirmaría que estás de acuerdo con todas las “supuestas virtudes” y DEFECTOS de ese país que elijas “vivir”. Que, por cierto, virtudes y defectos tienen todos los países del mundo.
Sin embargo, en ese momento, podría finalizar el debate de fondo para comenzar a cuestionar tu elección personal de país. Ejemplo: Si eliges “el país bueno”, eres de los buenos, eres uno de nosotros. Queremos escuchar por qué eliges el lado bueno. De lo contrario, “estás con ellos”, en la vereda del frente y apoyas sus DEFECTOS. ¿Por qué estar con ellos? ¿Acaso defendemos su religión y su sistema político? Defendemos todo aquello que pretende destruirnos. ¿Estamos defendiendo a nuestro enemigo? Los que piensan así, deberían pedir disculpas.
No existen puntos medios: las preguntas cerradas no permiten desarrollar una línea de pensamiento. Solo dirigen las miradas hacia dos puertos. De esta forma injusta permitirán a ese interlocutor que pregunta, dejarnos desnudos al descalificar todos nuestros argumentos. ¿Estás con nosotros entonces?
¿Por qué esta regla es tan efectiva para manipular cualquier debate y quitar al interlocutor de la cancha?
Porque a lo largo de la historia, el bien y el mal han sido presentados como polos opuestos, precisos, claros y distinguibles. Aunque en la práctica, rara vez se manifiestan de forma tan nítida. Más aún, en el mundo contemporáneo —atravesado por conflictos políticos, creencias religiosas diversas y una geopolítica fragmentada—, la línea que separa ambos conceptos se vuelve difusa, manipulable, polémica y, en muchos casos, peligrosa.
Las religiones han sido durante milenios una de las principales fuentes de definición moral. Han ofrecido sistemas de valores que orientan la conducta humana, delimitando lo correcto de lo incorrecto. Sin embargo, también han sido utilizadas como herramientas de poder. En nombre del “bien”, se han justificado guerras, persecuciones y exclusiones. La paradoja es evidente: aquello que pretende guiar hacia la virtud puede convertirse en instrumento de violencia. Esto no invalida la espiritualidad ni la fe; sin embargo, obliga a cuestionar las estructuras que monopolizan la interpretación de lo moral. Cuando una creencia se absolutiza, el otro deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo.
En el ámbito político, la dicotomía entre bien y mal suele simplificarse aún más. Los discursos contemporáneos tienden a construir narrativas binarias: “nosotros” representamos el bien; “ellos”, el mal. Esta lógica no solo empobrece el debate, sino que legitima acciones que, en otros contextos, serían condenadas. La polarización política actual es un reflejo de esta dinámica. Cada bando se percibe a sí mismo como moralmente superior, lo que dificulta el diálogo y refuerza la fragmentación social. La ética se subordina a la ideología, y la complejidad de los problemas queda reducida a consignas.
La geopolítica, por su parte, amplifica estas tensiones a escala global. Las potencias internacionales no actúan exclusivamente por principios morales, sino por intereses estratégicos. Sin embargo, sus acciones suelen justificarse mediante discursos éticos: la defensa de la democracia, la seguridad, los derechos humanos. Estas narrativas, aunque en ocasiones legítimas, también pueden encubrir prácticas contradictorias. Intervenciones militares, sanciones económicas o alianzas cuestionables se presentan como necesarias para “el bien mayor”, mientras sus consecuencias —frecuentemente devastadoras para poblaciones civiles— quedan relegadas a un segundo plano.
¿Cómo desarmar las preguntas dicotómicas para continuar con el debate de fondo?
En todo contexto, la pregunta inicial adquiere una nueva dimensión. ¿Es posible elegir un lado cuando los límites entre bien y mal son tan ambiguos? Tal vez la respuesta no resida en alinearse ciegamente con una causa, una ideología o una creencia, sino en adoptar una postura crítica y reflexiva. Esto implica reconocer la complejidad, cuestionar las narrativas dominantes y asumir la responsabilidad individual en la construcción de lo moral. En el fondo, siempre es lo moral.
¿Contestar si quieres vivir en un país (A) o (B) significa tener tal o cual posición en la vida? Veamos si es así, o quizás “NO”.
Estar “del lado del bien” no debería significar adherirse a una etiqueta, sino comprometerse con principios que trasciendan intereses particulares: la dignidad humana, la justicia, la empatía. Pero incluso estos valores requieren interpretación y debate. No son absolutos inmutables, sino horizontes hacia los cuales se orienta la acción.
Ejemplo: ¿Tú fumas?
¿Qué tiene que ver con esto?
Es una simple pregunta, igual que la tuya. ¿Fumas o no fumas?
Allí queda a la vista el truco de las preguntas dicotómicas. No es tan sencillo ahora, dudas, ¿por qué debo responder con un sí o un no? ¿Por qué fumas o no fumas? ¿Estás en contra o a favor de aquellos que fuman o no fuman?
Quizás por ese camino el “interlocutor” se vea obligado a mencionar algo sobre: “No es estar a favor de…o en contra de los fumadores…” y algo sobre la “libertad de elección”…
En ese contexto, le pides a tu “interlocutor” que repita su pregunta inicial sobre en qué país deseaba vivir. Porque en ese momento, ya no tendría sentido que fuera una pregunta cerrada. Incluso —ahora— esa pregunta y tu respuesta serán de gran utilidad para que describas tu posición.
En última instancia, la pregunta no es solo “¿de qué lado estás?”, sino “¿cómo decides?”. La respuesta define no solo nuestra posición frente al mundo, sino también el tipo de mundo que “contribuimos” a construir.
