Irán anuncia el ojo por ojo
La historia parece repetirse con una crudeza insoportable: la violencia se convierte en lenguaje, las escaladas no dejan espacios para el diálogo, solo para la venganza.
En Oriente Medio la lógica del “ojo por ojo” ha vuelto a imponerse. Irán nunca habló de justicia, habló de respuesta. Y cuando prometió que sería “decisiva”, en realidad estaba anunciando algo más profundo: si nos atacan, renunciamos a cualquier camino que no fuera el de la escalada.
Las armas se usan para matar no para dialogar
Todo comenzó con la muerte de Alí Larijani. Su figura, más allá del cargo, se transformó rápidamente en símbolo. Un símbolo útil para justificar lo que vendría después. El miércoles 18 de marzo, el cielo dejó de ser solo cielo: se llenó de misiles y drones que atravesaron la distancia entre dos países cargando algo más que explosivos—cargaban un mensaje. Cerca de Tel Aviv, dos vidas se apagaron. Podrían haber sido más. Siempre podrían haber sido más.
Los Guardianes de la Revolución no tardaron en asumir la autoría. Ellos no querían ocultar, querían mostrar. Dejar claro que aquello era una represalia calculada por la muerte de Larijani y de otros nombres que, en otro contexto, serían simplemente personas: como Gholamreza Soleimani. Pero en la lógica del conflicto, los nombres se convierten en piezas de un tablero donde nadie parece preguntarse quién mueve realmente las fichas.
La región, una vez más, se tambalea. Israel responde con promesas de neutralización, buscando a Mojtaba Jamenei, una figura que ya se mueve entre la realidad y el misterio. Mientras tanto, Turquía alza la voz para denunciar lo que muchos piensan pero pocos logran frenar: que los asesinatos selectivos han sido normalizados como si fueran parte legítima de la guerra.
Pero la guerra nunca se queda donde empieza. Se expande. Se filtra. Llega incluso a los mercados. El Estrecho de Ormuz, arteria vital del petróleo mundial, se convierte en otro campo de batalla silencioso. El precio del crudo sube, los números cambian, las bolsas reaccionan… y, sin embargo, detrás de cada cifra hay una consecuencia que rara vez se nombra: vidas que se encarecen, países que se tensan, futuros que se vuelven más inciertos.
Estados Unidos entra en escena como lo ha hecho tantas veces: con fuerza militar. Bombas pesadas sobre instalaciones iraníes, en un intento de restaurar un orden que ya parece roto. Donald Trump, fiel a su estilo, minimiza el aislamiento y proclama autosuficiencia. Pero incluso dentro de su propio gobierno, las grietas se hacen visibles. La renuncia de Joseph Kent no es solo un gesto administrativo; es un recordatorio de que, incluso en el corazón del poder, hay quienes todavía dudan.
Cuando aumenta la escalada son las armas las que hablan
Y mientras las potencias juegan sus partidas, el costo real se acumula lejos de los discursos. En Líbano, tras la intervención de Hezbolá, la tragedia adquiere forma concreta: cientos de muertos, más de un millón de desplazados. Personas que duermen en coches, que improvisan refugios, que intentan sobrevivir en ciudades como Sidón. Allí, la geopolítica no es teoría: es hambre, miedo y cansancio.
Las palabras finales del canciller iraní, Abás Araqchi, resuenan como una advertencia más que como un análisis: esto recién comienza. Y quizás lo más inquietante no sea la posibilidad de que tenga razón, sino que el mundo parezca avanzar hacia ese abismo con una mezcla de resignación y costumbre.
Porque cuando el “ojo por ojo” se convierte en norma, lo que realmente queda en juego no es quién gana… sino cuánto queda en pie cuando todo termina.
