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La guerra normalizada

Misiles y drones golpean ciudades mientras la muerte de civiles termina convertida en una estadística más del conflicto

Hay una escena que se repite hasta volverse insoportablemente cotidiana: una alarma, un misil en el cielo, drones que atraviesan la noche, explosiones y, al día siguiente, un balance de muertos y edificios destruidos.

Lo preocupante no es solamente que estas imágenes a diario existan. Lo insoportable es que nos acostumbremos a verlas, como si las personas no perdieran la vida, fueran máquinas, un video-juego, o actores para una sangrienta película de Hollywood.

Cuando dos países entran en guerra, aceptan —al menos desde la lógica militar— un escenario en el que cada movimiento tiene consecuencias. Pero esa lógica no debería convertir a la población civil en una pieza más del tablero. Ni los niños, ni los ancianos, ni los enfermos, ni los trabajadores deberían transformarse en objetivos aceptables simplemente porque viven dentro de una zona de conflicto.

Sin embargo, lamentablemente es lo que ocurre.

Búnkeres para una guerra interminable

Irán lleva décadas desarrollando instalaciones subterráneas capaces de proteger parte de su infraestructura estratégica frente a ataques. Las ciudades construidas bajo tierra no son únicamente una respuesta a la posibilidad de proteger población civil: también permiten preservar instalaciones militares, industriales y estratégicas.

La existencia de estas fortalezas demuestra hasta qué punto la guerra moderna se prepara para resistir otra guerra.

El problema aparece cuando esa lógica de protección se limita a quienes tienen recursos para construir túneles, refugios y sistemas defensivos. Para millones de personas comunes, la única defensa continúa siendo esperar que el misil no caiga sobre su casa.

El precio de atacar

La guerra también tiene una dimensión económica que suele quedar oculta detrás de las imágenes de las explosiones.

Drones y misiles cuestan mucho dinero. Algunos sistemas pueden ser relativamente económicos; otros representan inversiones enormes. Cada ataque implica, además, utilizar recursos que podrían destinarse a defensa, infraestructura o necesidades civiles.

Pero existe una paradoja todavía más cruel: incluso cuando un sistema defensivo consigue interceptar la mayoría de los proyectiles, aquellos que atraviesan las defensas pueden terminar golpeando lugares donde no existe ningún objetivo militar. Por ejemplo; una escuela, un hospital, una estación ferroviaria, un edificio de viviendas, un depósito, o una plaza donde juegan niños.

Y entonces aparece una expresión que se ha convertido en una de las más incómodas del lenguaje bélico: “daños colaterales”.

Dos palabras que parecen técnicas y casi asépticas para describir algo que no tiene nada de abstracto: personas muertas, familias destruidas y vidas que no volverán.

Gaza, Líbano y la misma tragedia

En Gaza y Líbano, como en tantos otros escenarios de guerra, el debate sobre quién tiene razón, quién comenzó el conflicto o qué operación militar está justificada termina chocando contra una realidad elemental: los civiles siguen siendo civiles.

Puede discutirse durante horas sobre estrategia, terrorismo, defensa, represalias o seguridad nacional. Lo que no debería discutirse es el valor de la vida de alguien que jamás tomó un arma.

El peligro de nuestra época es precisamente ese: normalizar lo inaceptable.

Miramos el lanzamiento de un misil como si fuera una estadística. Observamos un dron explotar contra un edificio y esperamos el siguiente video. Leemos el número de víctimas y continuamos con nuestras actividades.

¿Donde están los principios básicos de la vida de los humanos?

La guerra moderna ha conseguido algo todavía más perverso que destruir ciudades: porque los medios de comunicación han convertido la muerte a distancia en un gran espectáculo cotidiano.

Y quizá el mayor fracaso no sea solamente que existan misiles capaces de recorrer cientos o miles de kilómetros.

Quizás el mayor fracaso de la humanidad sea que hayamos aprendido a convivir con la idea de que, cuando caen, algunas vidas simplemente cuentan como parte del precio de la guerra.

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