GEOPOLÍTICA

Paren la guerra

¿De qué sirve tener la razón si el precio es una montaña de muertos?

Cada bando tiene su propia verdad, razón, sus argumentos, sus enemigos y sus justificaciones. Y mientras los gobiernos defienden sus posiciones, la maquinaria de la guerra sigue avanzando sobre ciudades, dejando a su paso miles de cadáveres que poco tienen que ver con las decisiones de quienes detentan el poder.

No importa, en última instancia, si Israel, Irán o Estados Unidos consideran que tienen la razón. Puede que uno la tenga, que varios la tengan en determinados aspectos o que ninguno pueda reclamarla por completo. Lo que debería importar es otra cosa: ¿cuántas personas tienen que morir para demostrarlo?

En Medio Oriente, la escalada militar convierte el sufrimiento de millones de civiles en una consecuencia aparentemente inevitable. Cada misil tiene una explicación política; cada bombardeo, una justificación estratégica. Pero para quien pierde su casa, a un familiar o la posibilidad de vivir en paz, ninguna explicación devuelve lo perdido.

Lo mismo ocurre con Ucrania, Rusia y los países europeos. Las posiciones pueden discutirse en los foros internacionales, en los parlamentos o en los medios de comunicación. Cada parte debe aprender a cumplir los compromisos que firman y no utilizarlos para ganar tiempo en rearmarse. Porque cuando hablan los misiles, la razón deja de ser un argumento y se transforma en destrucción.

Cuando la razón se mide en muertos

¿Cuántos millones de personas deben morir para que una de las partes pueda decir que tenía razón?

La pregunta parece brutal, pero la historia demuestra que las guerras rara vez terminan cuando alguien consigue una razón absoluta. Terminan cuando el costo de continuar se vuelve insoportable o cuando las partes aceptan negociar aquello que durante años dijeron que era innegociable.

La humanidad parece repetir el mismo mecanismo por el cual obliga a matar: territorio, recursos, influencia y poder. Quien tiene algo que otro desea difícilmente acepta compartirlo; quien se siente desplazado busca recuperarlo; quien teme perder su posición intenta conservarlo. De ésta forma los conflictos cambian de nombres, fronteras y protagonistas, pero conservan la misma raíz y lógica.

El mundo atraviesa además una transformación del equilibrio internacional. El orden surgido después de la Guerra Fría, con una enorme concentración de poder en manos de unas pocas potencias, enfrenta nuevas tensiones. China, Rusia, Estados Unidos, Europa y otras fuerzas regionales disputan influencia económica, tecnológica, militar y política.

Los cambios de poder pueden modificar el mapa del mundo. Pero existe una pregunta que debería estar por encima de cualquier disputa geopolítica: ¿es necesario que esos cambios se produzcan nuevamente a través de la guerra?

¿Quienes pagarán la victoria?

La historia suele contar las guerras desde la estrecha mirada de los vencedores. Habla de tratados, fronteras, héroes, estrategias y nuevos equilibrios de poder. Mucho más difícil es encontrar en esas páginas el nombre de cada niño que murió, de cada familia que quedó sin hogar y con sentimiento de indignación en cada generación, la cual deberá aprender a vivir entre ruinas.

Y allí aparecen las verdaderas contradicciones de nuestros tiempos: mientras los gobiernos hablan de paz, preparan arsenales; mientras reclaman seguridad, acumulan armas; mientras denuncian la violencia del adversario, justifican la propia. Cada potencia asegura actuar para defenderse. Cada una construye su propia versión de la razón. Y, mientras tanto, los civiles siguen poniendo los muertos.

Tal vez el problema no sea que el mundo carezca de razones. El problema es que sobran razones para hacer la guerra y faltan voluntad, límites y valentía política para detenerla.

Porque una guerra no se vuelve justa simplemente porque un gobierno consiga explicar mejor por qué empezó.

Y ningún misil puede demostrar quién tiene la razón. Solo puede demostrar quién tenía más o mejores armas.

Por eso la pregunta debería dejar de ser quién ganará, quién tendrá más territorio o quién impondrá su voluntad.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿cuántos muertos la humanidad estará dispuesta a aceptar para que alguien pueda proclamarse vencedor?

Si la respuesta es millones, entonces quizá no estemos defendiendo la razón.

Quizá simplemente estemos aprendiendo a justificar a la crueldad, la violencia y la barbarie.

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