29 febrero 2024
CRÓNICAS

Pueblo chico y lindo

Una vez sentí comentar que le dijeron a fulanita que al doblar una esquina un camión con zorra, se podría desprender la zorra y provocar un accidente.

Amenazas…!!! Por favor eran meras advertencias de los amigotes del demandado y en aquella época no existía el análisis del ADN.
En el pueblo no había lugares para tales servicios, salvo ir a José Pedro Varela (antes Corrales), 42 kmts. de ida y otros de vuelta y ahí había unas cuantas casitas con faroles rojos al frente.

Una vuelta estaba pronto para cenar en el Palito, una mezcla de boliche, parrillada, parada de ómnibus interdepartamentales, principalmente por ser escala técnica de los bagayeros que venían del Chuy e iban la mayoría para Minas.

Esa gente de ida a las 4 o 5 a.m. no gastaban ni alborotaban mucho, porque tenían que apretar los pesos para la frontera y a la vuelta podían reventar unos pesos que les habían quedado.

Como dicen los de Minas…. “…y se sabe…” la mercadería importabandeada iba a salir unos pesos más, para bancar algunas cañas, algún chorizo al pan, costumbre que le dio el nombre al choripán.

Como el circo que estuvo, por los cuarenta o antes, no lo sé, cerca de las canteras del parque Rodó, no sé si en aquel entonces ya se llamaba así o era todavía el parque Urbano.

El Coney Island Circus, como buen circo estadounidense, no sólo brindaba el espectáculo, que en algún momento fue llamado el más grande del mundo, sino que tenía un montón de kioscos en la periferia, donde desde tirarle pelotas de tenis a la cabeza de un negro el cual, la asomaba por un agujero, o voltear tarros por un premio.

Si, por pegarle pelotazos en la cabeza al negro no había premio, parece que el premio estaba en el hecho de reventarlo nomás y creo que no daban premio porque al negro tenían que pagarle y si se rompía conseguir un suplente mientras lo remendaban.

Era una especie de tiro al blanco, invertido, era tiro al negro.
El premio de voltear las latas era algún osito de peluche para la dama que acompañaba.

Muy cerca de donde estuvo años de años, antes, durante y después, el Forte de Makale, se instaló un señor que vendía trozos al pan de un delicioso chivito con un montón de menjunjes y la gente enloquecida disfrutando de la novedad y de dicho manjar.

El artífice de la cocina trabajaba solo, venía solo, con una bolsa de arpillera, se encerraba y desde muy temprano estaba en su tarea de preparación de la mercadería.

Cuando el Coney Island Circus, levantó campamento y se fue, en el lugar donde nacieron los famosos chivitos orientales, encontraron un pozo con una importantísima cantidad de cabezas de gato.

Acá se complementa aquello de que el gato dejó de ser cuatro veces animal, desde ahí en más pasó a ser cinco.

Porque es gato (1) y araña (2) y cuando lo pasan por chivo (3), o por liebre (4) es mula (5).

En cualquier momento nuestros vecinos allende el Plata salen a decir que el Chivito oriental es rioplatense, como Julio Sosa, el varón del tanto, no Canela (que también se llama Julio Sosa) y su barakutanga.

Volviendo al pueblo del Becho, una noche estaba bastante caldeado el ambiente en el Palito y por mi profesión las relaciones públicas tenía que hacerlas.

Caña va, caña viene y la “flota” quería arrancar para José Pedro Varela, a las casas de las mujeres que fumany tuve que ir de pierna y manejando.

Las bandideadas siempre me gustaron, pero a este nivel de constituirme en un prostíbulo de campaña, no me daba el estómago, pero si no iba, aparte de dejar a los feligreses de a pie, podría caerles a ellos como que era un montevideano medio rarito o que la iba de fino y no me juntaba con la mersa, tales cosas que no son ciertas, pero hay que demostrarlo en los hechos.

Llegamos y como decía aquel libro de que París era una Jauja y de París lo único que tenía eran unas pobres meretrices y de Jauja, la primera capital del Perú rebosante de plata y otros metales preciosos, algunos níqueles en los bolsillos de algún feligrés.

Dentro del desorden habitual dentro de un quilombo, de ahí su nombre, se llamaban kilombos las poblaciones de negros libertos de la esclavitud, donde nadie mandaba a nadie, ni cacique tenían, por eso en Brasil, llegando a Gramado, sobre el costado derecho está lo que se llama el valle de los kilombos.

Este lenocinio se diferenciaba de los de Montevideo, en que había mostrador, boliche, baile, era más de farra la cosa y este en especial, tenía que las piezas, tenían salida a la pista de baile o boliche y otra puerta hacia afuera, hacia el jardín.

Había heladera en la pieza de las pupilas, donde había refrescos que en la botella decían “conteúdo” en lugar de “contenido” indicando su procedencia.

La pupila servía MansionHouse, un whisky brasileño y lo cobraba como escocés, era muy útil para prender fuego.

Apliqué le técnica de los diplomáticos, hielo hasta el borde, y con el vaso en la mano, sin tomar en toda la velada.

Otros no tenían experiencia en cargos internacionales y se habían tomado unos cuantos, y el peludo les llegaba simplemente hasta las patas y estaban más duros que huevo para ensalada.

En la pieza había un policía uniformado, no de 222 que no existía en aquella época, ni en aquel lugar, sino más bien como cliente o como garrón o esperando que algún delincuente viniera a usar los servicios de la casa y un menor, al que el policía al saber o enterarse de mi profesión lo sacó de apuro.

Me quedó la duda si el gurí no sería hijo de alguna de las pupilas o un avispado que andaba como tortuga al golpe del balde, anotándose en el ruido antes de tiempo.

Se ocupó con otra pupila un gurisote que habíamos llevado y que esa aventura lo podría hacer millonario en unidades de penicilina, para combatir alguna venérea.

Excepto lo del muchacho y después de guaranguear un rato, nos volvimos al pueblo tal cual habíamos ido.

Hubo otros episodios que serán objeto de algún otro artículo, si me acuerdo de escribirlos, no de los hechos que los tengo bien presentes.

Eran como las 4 de la mañana y a las 7 empezaban a caer los paisanos madrugadores por el escritorio y yo tenía que atenderlos y liquidar todo antes del mediodía, cargar nafta y rumbear para Montevideo.

El cuerpo era joven, aguantaba y por cierto París era una fiesta… que todo sea para bien…

2 comentarios en «Pueblo chico y lindo»

  • Pha! que buena historia. lo malo es que en los pueblitos se conocen todos para hacer macanas hay que hacerlas en otros lados jajajaja…!
    bss Rita

  • Rita está como la luna estos días nublados, aparece de noche y la esconden las nubes y cuando aparece de día está nublado. Pero a pesar de todo la queremos mucho.

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