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El Zorro del desierto

15. octubre 2010 | Por | Categoria: Los mitos y la historia

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Por; Nico Medes

El general Erwin Rommel fue aclamado incluso por sus enemigos merced a sus espectaculares éxitos militares. Mientras combatía contra los aliados en el norte de África, durante la segunda guerra mundial, Rommel recibió el apodo que sirve de título a este artículo, por la audacia de sus ataques por sorpresa. Pienso que tal vez por ello a los ingleses del Alamein les decían “la ratas del desierto”.

Cuando estaba todo el pescado vendido en el norte de África y lo que había que defender era la parte europea, o sea desde que se inició el desembarco de Normandía, Rommel ejercía su cargo como jefe del Grupo de Ejércitos B visitando un cuartel general tras otro a fin de coordinar directamente las acciones de cada jefe.

El 17 de julio de 1944 tuvo un día muy ajetreado entre cuarteles y entrevistando oficiales de alto rango y hacia las cuatro de la tarde se encaminó de vuelta a su propio cuartel general. A pesar de las precauciones tomadas, su vehículo fue ametrallado por un par de aviones caza de la RAF.

El coche fue alcanzado por el ataque, que hirió a su conductor, y se estrelló fuera de la carretera, quedando volcado en un canal cercano. El conductor murió. El comandante Neuhaus sufrió fractura de cadera. El capitán Lang y el sargento Holke salieron con traumatismos varios. Rommel salió despedido del vehículo y sufrió un fractura cuádruple de cráneo, diversas heridas en la cara. Los médicos eran muy pesimistas en cuanto a sus expectativas de vida. Pérdida de conocimiento casi permanente.

Erwin Rommel y Adolf Hitler

Por tanto, cuando el atentado del coronel Claus von Stauffenberg contra Hitler con una bomba, Rommel se debatía entre la vida y la muerte en una sala de operaciones en la que los cirujanos alemanes, se esforzaba por darle forma a su destrozada cabeza. Y lo lograron, Rommel y los cirujanos, para sorpresa de todos. Rommel superó las operaciones con el ojo izquierdo totalmente cerrado, completamente sordo del oído izquierdo y con terribles jaquecas transitorias, pero vivo. Era la sexta herida que recibía en acto de servicio.

Martín Bormann, uno de los peores jerarcas nazis y por lo tanto de los más poderosos, redactó un informe sobre los interrogatorios en el que compilaba los testimonios que denunciaban a Rommel, como coautor, cómplice, involucrado. En definitiva se acusaba a Rommel de haberse puesto a la disposición del gobierno que tomase el poder tras el atentado. Los historiadores y los conocedores consideran que Bormann no era una fuente imparcial porque era un adversario por celos profesionales e interesado en sacarse un general de la derecha de la categoría de Rommel.

También jugó en contra de Rommel el hecho, circunstancial, de que von Stauffenberg había sido ayudante en el cuartel general del Afrika Korps.
Rommel como militar auténtico estaba convencido de que se debía firmar la paz con los Aliados occidentales y sabía también que éstos sólo aceptarían la rendición incondicional mientras Hitler continuase en el poder.

Según su hijo Manfred, Rommel planeaba rendir su Grupo de Ejércitos B a los Aliados a fin de que éstos avanzasen hasta Berlín y terminasen así la guerra.
El convaleciente Rommel le escribió a su mujer sorprendido por el atentado contra el Führer y alegrándose de que éste hubiese sobrevivido. La mujer de Rommel siempre mantuvo que su marido no apoyaba el complot para asesinar a Hitler.

Rommel le dijo a un amigo en el hospital, refiriéndose al intento de asesinato: «Es una mala manera de resolver las cosas. Ese hombre es la encarnación del demonio. ¿Por qué convertirle en héroe y mártir? Mejor sería dejar que el ejército lo detuviera y lo juzgara. No destruiremos la leyenda de Hitler hasta que el pueblo alemán conozca la verdad.»
Uno de los generales enviados por Hitler para forzar a Rommel al suicidio, éste habría dicho en los últimos minutos antes de salir definitivamente de su hogar: «He querido al Führer y todavía lo quiero».

Los altos jerarcas nazis, en particular Martín Bormann y Herman Göring, deseaban verlo fuera de circulación a Rommel para quitárselo de encima. Para lograr sus aspiraciones le ofrecieron a Speidel su vida a cambio de la muerte de Rommel por medio de un testimonio acusador. No hay que ser muy suspicaz si tenemos en cuenta que Speidel fue el único conspirador reconocido como tal que no fue ejecutado.
Rommel pasó la convalecencia del accidente en su casa de Herrlingen. Su hijo Manfred, alistado en una unidad de defensa antiaérea de la Wehrmacht, recibió un permiso especial para acompañarle. Se encontraban también en la casa su esposa Lucie, el capitán Aldinger y un ordenanza. Tenía al principio custodia, proporcionada por un cercano cuartel de la Wehrmacht, pero conforme transcurrían los días se le retiró dicho servicio.

Comenzó a salir dando paseos diarios y llevando su pistola de servicio en el bolsillo, y en uno de esos paseos con su hijo Manfred le hizo fijarse en dos hombres que les observaban desde lejos, diciéndole: «Hace ya días que estamos bajo vigilancia».
Rommel, aquejado aún de jaquecas dolorosas de forma ocasional, realizó gestiones para liberar a Speidel, llegando incluso a presentar una carta de queja a Hitler. Amigos y conocidos de los Rommel les informaron de la presencia de desconocidos rondando su casa y haciendo preguntas entre los vecinos.

El 7 de octubre el Generalfeldmarschall Wilhelm Keitel ordenó telefónicamente a Rommel que acudiera el día 10 a Berlín para «una entrevista sobre su futuro». Rommel se negó, alegando no tener permiso médico para hacer viajes tan largos. Confidencialmente, le dijo a su hijo y a Aldinger que no creía llegar vivo a Berlín en caso de emprender tal viaje. Rommel procuraba en todo momento hacer este tipo de comentarios cuando su esposa no estaba presente, sabiendo que vivía en un terror constante desde que Speidel fuera arrestado.

El 8 de octubre Manfred se reincorporó a su batería hasta el 14 del mismo mes. Un día antes, el 13 de octubre, a Rommel le comunicaron del Cuartel General Central que al día siguiente recibiría la visita de los generales Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel, del Estado Mayor general. Burgdorf era el jefe de personal del ejército y Maisel actuaba como su adjunto. Ambos se presentaron exactamente a las doce del 14 de octubre, en un coche oficial de la Wehrmach conducido por un chofer con uniforme de la SS. Manfred había llegado por la mañana y ya se encontraba en la casa.

Aproximadamente una hora después Maisel salió de la habitación, seguido tras unos minutos por Burgdorf, y ambos fueron a esperar junto al coche. Rommel subió directamente al piso superior y entró en la habitación de su esposa, donde conversó con ella unos minutos. La mujer de Rommel narra que al entrar, su marido le declaró lo siguiente tras mirarla durante un rato en silencio: «Vengo a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Sospechan que tomé parte en el intento de asesinar a Hitler. Al parecer, mi nombre estaba en una lista hecha por Goerdeler en la que se me consideraba futuro presidente del Reich… Jamás he visto a Goerdeler… Ellos dicen que von Stülpnagel, Speidel y von Hofacker me han denunciado. Es el mismo método que emplean siempre. Les he contestado que no creía lo que decían, que tenía que ser mentira. El Führer me da a elegir entre el veneno o ser juzgado por el tribunal popular».

Luego habló con Aldinger y su hijo, que le esperaban en el piso inferior, y les contó lo mismo. Rommel se mostró cada vez más decidido a medida que descartaba, con una calma absoluta, todas las demás posibilidades. Aunque afirmaba su inocencia, no contaba con salir con vida en caso de enfrentarse a un juicio. Además, le habían amenazado con tomar represalias radicales contra su familia y todos los miembros de su Estado Mayor, más sus familias respectivas, si no se suicidaba. Usaban de su hombría de bien para coaccionarlo y empujarlo al suicidio, lo que ponía un manto a todos los tejes y manejes de los conspiradores contra Rommel. La otra condición era que todo el asunto debía mantenerse en secreto. Nadie podía saber que su muerte era un suicidio ordenado. Si sus parientes o amigos hablaban, serían juzgados y ejecutados por traición. «Ante todo, debo pensar en mi esposa y en Manfred…».

Se despidió de todos, tomó su gorra y su bastón de mariscal y subió al coche donde le esperaban Burgdorf y Maisel. Según declararon posteriormente tanto Maisel como Dose, el chofer, se dirigieron por la carretera en dirección a Ulm durante unos minutos. Luego Burgdorf ordenó parar en la banquina y salir ambos a caminar por la carretera, alejándose del coche, mientras él se quedaba dentro con el mariscal. Al cabo de unos minutos Burgdorf salió también y les llamó. Al acercarse, vieron a Rommel encorvado y tendido en el asiento trasero, con la gorra y el bastón de mariscal en el suelo del vehículo, en los últimos estertores de su agonía.

A pesar de que Rommel mantenía una postura crítica en relación con Hitler y era amigo de los conspiradores, él no había intervenido en el complot. Tras habérsele dado a elegir entre un juicio o el veneno, Rommel prefirió el veneno.
Lo más importante de su vida fue que en 1916, Rommel se había casado con una atractiva muchacha morena de veintidós años, llamada Lucie. Ella tenía un carácter obstinado y dominaba por completo a Erwin. El no ocultaba la adoración que sentía por su esposa y la elogiaba constantemente. Según uno de los amigos de Lucie: “Su frase preferida era ‘Lo que tu digas, Lucie’”.
Rommel se sentía profundamente subordinado a su mujer desde el punto de vista emocional y no podía soportar permanecer lejos de ella. Estaban tan unidos que se escribían diariamente el uno al otro siempre que se separaban. Se conservan todavía miles de sus cartas.

La guerra mantuvo muy separados a Lucie y Erwin. Rommel, que en 1944 se había convertido en héroe, era objeto a menudo de atenciones de bellas mujeres. En una de tales ocasiones, le comentó al general Wilhelm Meise: Mire, Meise, ¡Alguna de estas muchachas son tan extraordinariamente atractivas que casi podría cometer una traición! Pero no eran más que palabras. La fidelidad de Rommel era inquebrantable.
Lucie y Erwin tuvieron un hijo llamado Manfred. Varios meses antes de su muerte, Rommel empezó a mantener conversaciones confidenciales con su hijo de quince años. Bromeando con Manfred a propósito de sus primeros años de matrimonio, Rommel dijo: “Todos mis triunfos no son gran cosa, pero, en cambio, puedo enorgullecerme de un éxito: impedí a que tu madre trajera un piano a nuestra casa”. (El piano era una de las fobias especiales de Rommel.)

El 14 de octubre de 1944, Rommel recibió la visita de los generales de Hitler. Se despidió solemnemente de Lucie y de Manfred, diciéndole a su querida esposa: “Dentro de quince minutos habré muerto”.

Todas las intrigas relatadas en la parte sustancial del artículo no se compadecen de la calidad humana de este señor, que supo cumplir con sus obligaciones para con su patria, en una guerra sucia que no le ensució las manos ni el nombre, donde muchos otros, la gran mayoría actuaron de otra forma atrás de un loco mesiánico.
El espíritu de Rommel está en su relación familiar, sin perjuicio de no haberle permitido el piano a su dulce Lucie.

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3 comentarios
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  1. Estuvo en el medio del complot y la mala suerte de que los que querían liquidar a Hitler lo veían como un sustituto a parte de la envidia y los celos de los que estaba abajo de él.
    Buena historia la de Rommel
    Saludos

  2. Buen personaje elegido el zorro del desierto. Hitller pienso que lo mata no por él sino porque lo presionan su alcahuetes. Gobernaban en base al miedo y como lo acusaron si Hitler lo salvaba estaba mostrando debilidad. Fue eso
    Saludos

  3. Pobre Rommel, se habrá quedado con la culpa de negarle el piano a Lucie, no? En esos días los alemanes eran nazis, porque si no eras nazi Hitler te hacia nazi. Rommel muere por traición y segun dice Nico estaba enterado de que figuraba en la lista para suceder a Hitler… pero sus ultimas palabras fueron que siempre quiso a Hitler, lo habrá dicho por miedo a lo que le pudiera pasar a su familia?

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