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Vivir el barrio

27. Enero 2017 | Por | Categoria: COMOUSTÉ

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Por COMOUSTÉ
Llegué al barrio por 1970, para ser exacto el 19 de diciembre de 1971.No había policía en la esquina, había un viejito que recorría todas las casas a la hora de la siesta todos los días, tanteaba la manija para ver si estaba cerrada y acto continuo pasaba un papelito, con su sello, por debajo de la puerta, que marcaba su presencia y se le pagaba a voluntad.

No había cercos, ni muros, ni rejas.
Los perros andaban sueltos y eran íntimos amigos de los peones del camión del basurero.

Este de la ilustración es un modelo nuevo del Interior

Los camiones eran unos Isuzu con una bandeja que metía la basura para adentro del camión y la compactaba, después de pasarla por toda la parte de atrás y parte del techo y volcado en una parte que se abría automáticamente en el techo, después de la cabina.
Los peones iban como haciéndose la coladera, parados en el paragolpes trasero y agarrados del borde de la bandeja, mientras iban apartando comestibles o útiles de la basura tirable, el camión no paraba nunca y los peones corrían atrás del camión y recuperaban aire cuando había un trecho más largo sin tachos, eran frentes de 20 metros cada solar y muchos baldíos, lo que les daba un respiro.
Los perros seguían al camión dos o tres cuadras, hasta que rescataban algo, porque los peones les iban tirando huesos y algún otro elemento masticatorio que como todo lo extra a los perros les encantaban, como les encanta hoy rescatar algo de la cocina.

Eran íntimos los perros y los peones del camión recolector de basura.
Empezaron por aquella época a aparecer unos carritos que eran la continuación de lo que fue el clásico botellero, que lo hacía a pie o con un carrito a tracción humana, pero con el devenir de los tiempos aparecieron carritos caseros, tirados por caballos, claro que unos pobres rocinantes que nunca vieron un puñado de afrechillo, ni maíz, en su equina vida, como las mulas de antes del corralón municipal, por cuyo estiércol se peleaban los gorriones disputándose los trozos de los granos de maíz no digeridos.

Aquellos carritos eran los antepasados de los actuales que dan pena por todo, por el hombre que tiene que hacer eso para sobrevivir, hasta por el pobre jamelgo que no puede con sus patas, vasos que nunca vieron una herradura, ni usada.
Pero me fui del tema porque lo mío no era escribir sobre los recicladores, sino evocar una época más feliz de los orientales.
Las víctimas de los perros sueltos del ayer fueron los carteros, especie en vía de extinción, como los filatelistas, con la proliferación de los Email y de los correos privados motorizados, aunque los perros continuaron con su estilo de cazadores de motos, con el advenimiento invasor de los deliverys

Que mal hábito se ha agarrado de utilizar palabras en otros idiomas, preferentemente del inglés, para no usar palabras que eran de uso común y corriente y denominaban a los que cumplían dicha función, delivery quiere decir “entrega”.
Debe ser más “ragio” que venga el delivery y no un gurisito en bicicleta ganándose la propina.

Eso sí hay algunas empresas con motos y motociclistas, que han sustituido a los muchachos repartidores trayendo la comida a domicilio igualmente fría, que el botija que la traía a pie, o en una vieja bicicleta sin frenos y con las cubiertas liisas con un detalle que la empresa le cobra una cantidad de dinero al comerciante, el que con un margen de ganancia la recarga en el precio al cliente, el que a su vez le da propina al repartidor.

O sea que el asado, la milanesa o la pizza, costará más cara por ese servicio que antes cuando venía el muchacho estudiante con su biciclera se ayudaba para seguir sus estudios con la propina.
Conozco grandes y prósperos empresarios de hoy, que en vacaciones veraniegas repartían el pan con una canasta abajo del brazo.
El trabajador independiente desapareció, ahora son empleados de una empresa que toma personal con moto propia y le vende el servicio al restaurante, parrillada, pizzería o farmacia.

Volviendo al tema originario, grandes amigos los perros de los albañiles, siempre los perros independientes se aquerenciaron con algún sereno de obra y se arriman a la parrilla a ayudar a pelar los huesos pelados a diente por los albañiles, pero compartian sus necesidades como buenos criollos.
En las crisis de la construcción, los albañiles no tenian ni para hacer un puchero de falda a las brasas y se traían de la casa una tortilla de papas que la comían al pan, pero siempre solidariamente, le traían algo para el rebusque del pichicho.
Un amigo decía que él era como perro de la calle, una caricia, un plato de comida y se aquerenciaba sin ningún tipo de exigencias.

Gente que trabaja con el físico tiene que apagar el ruido de las tripas con algo, para pelear el resto de la jornada y solidariamente le tira algunas menudencias al pulguiento para que sus tripas no se acoplen con las propias.
Otro ejemplar que desapareció del barrio fue el canillita, tanto el del reparto puerta por puerta como el que vendía en los vehículos de transporte de pasajeros.
Quedan muy pocos kioscos de venta de diarios, que con la baja de la venta de los cigarrillos, la cosa se puso mas dura en las cifras y los menguados márgenes.
Los diarios antes dejaban un 50% y hoy lo que te dejan es las manos negras de tanta tinta.

En casa, en el Cordón de antes, recuerdo que había un italiano, que traía El Diario de la noche, e iba pregonando por la calle al grito de “platiña, diarietá” (El Plata y El Diario), era una changa que le llevaría un par de horas, entre juntarse con los diarios donde se los dejaba el sucursalero, cambiando las chapas que equivalían a dinero, armaba los diarios y salía a hacer sus clientes.
Era un rebusque que junto con otra actividad matutina y de gran parte de la tarde, le daba vida al repartidor de diarios.
Los repartos se vendían de boca, no precisaban escribano ni nada, y si se quería pasar de vivo el vendedor o el comprador, o un tercero que quisiera colarse, los demás canillas lo agarraban a trompadas y santo remedio.

También vivían de eso los sucursaleros, mi primo tenía un camión y entre otras actividades, era sucursalero si mal no recuerdo de El Plata, y tenia determinado número de paradas, en la que un peón o empleado suyo, bajaba del camión los paquetes de diarios y cada paquete equivalía a determinado número de chapas.
Estaban los canillas que no tenían un buen reparto y entonces le compraban los diarios a uno que recíbía más diarios que los necesarios, cumpliendo la función de capitalista con una ganancia extra por diario que le vendía a los pequeños repartidores y de los vendedores en los omnibus que por lo general eran improvisados, claro que había líneas que tenían su vendedor y no subía otro canillita.

No olviden que al mediodía muchos empleados iban a comer a sus casas y tomaban el transporte, compraban el diario y lo iban leyendo en el omnibus.
En mi casa que no se tiraba manteca al techo se recibía El Dia al mediodía y de noche El Diario.

Este quisco clásico, del que quedan cuatro o cinco más en Montevideo, son históricos, tienen hasta una mansarda en la terminación del techo cosa que era importada de Europa, casi me atrevería a decir de Francia.

Ahora el lujo de la misera nos pone otro tipo de quiscos que serán muy modernos pero les falta el sabor de lo clásico, del Montevideo que fue, y no insisto en lo clásico por gusto, ni me opongo a lo moderno, porque una cosa es una cosa y la otra es totalmente distinta.
Algunos que quieren eliminar la moña azul de la túnica escolar, dicen que hay que suprimirla para modernizar al escolar acorde con las computadoras del Plan Ceibal, de eso mejor no opino, porque ya ocupé demasiado espacio.
A todos vendedores, sucursaleros y demás los tragaron los comercios de grandes superficies, como supermercados, que al pasar por las cajas uno se encuentra con diarios, semanarios, revistas.
En otro número continuaremos con todos las fuentes laborales que perecieron con la piqueta fatal del progreso urbano.

Que todo sea para bien…

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Un comentario
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  1. Hace varios diciembres que no se escuchan las bocinas musicales de los camiones de basura de la intendencia manguear. Los otros que pasaban tocando un silbato y ahora no se ve mas eran los afiladores. ¿Que tiermpos no?

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