Adolescencia en el balneario

Supe tener perro ajeno, que no se me despegaba para nada, el famoso TacaTaca. Le habían puesto ese nombre porque venía un cobrador y cuando vendía decía que lo hacía al taca taca, o sea al contado.

Monte de pinos ya bastante pelados por los leñadores de lo ajeno

Pero el perro, cuando cachorro, tenía el hábito de abrazar las piernas de los parroquianos y estos decían que les hacía taca taca en los muslos y de ahí, por ese vicio de la infancia perruna, creo yo que le quedó el nombre de Taca Taca, porque al vendedor lo sacó de apuro varias veces cuando decía taca taca, y golpeaba el puño con la palma pero como el perro no entendía que el tema era pagar sino tal vez algo más agresivo que daba lugar a que se ofendiera por ello.
Era como la sociedad de las naciones, había de todas las razas y religiones, bueno, así era lo que corría por las venas del Taca Taca, tenía una gota de sangre de cada perro que había vivido en el balneario, era el producto del amor perruno, ninguno dejó el nombre, ni documento, ni raza definida, fue un hijo más del amor perruno.
Era color amarillento, de buen porte, medio agalgado, parado en dos patas me pasaba con su cabeza a la mía.

Cañada atrás de la cervecería de Ñeke
No era de tener líos con los demás perros a pesar de su tamaño, sino que era bueno, pero era fatal para con los gatos, y los agarraba del lomo, un par de sacudidas y no existía más el gato.
Además tenía una habilidad no común para enterarse donde había gato encerrado y entrar de callado y salir rápido, dejando la prueba del delito o sea el cadáver sin que nadie se diera cuenta.

Un día al mediodía, en una cervecería de esas que tienen todo un lado abierto hacia la calle, estaba llena de parroquianos comiendo sendas milanesas, con papa fritas y huevos fritos, nadie se percataba en aquel entonces de la bendita salmonella, se podían comer lo huevos crudos o semiduros que no había infección de salmonelosis y el perro se metió entre las mesas de cola entre las patas, callado, sin un ladrido ni un gemido de emoción y entre dos mesas había un gato negro, pasó el perro y quedó el gato, nadie se enteró de que el gato había pasado de ser gato vivo a no ser más gato.

Al otro día, el Ñeke, si así sonaba el nombre del polaco dueño de la cervecería, que para facilitar las cosas le decíamos Juancito, me apercibió de que el Taca Taca le había estropeado el gato y yo lo ví apartarse, pero no me percaté que cometería la tropelía de difuntear al gato.

El Taca Taca de haber sido cristiano, hubiera sido doctor, porque le encantaba ir a la playa donde tenía broncas con el marinero, bajaba por una parada y el marinero lo hacía por otra, como a cinco cuadras brasileñas.
El marinero se venía para correr el perro y el perro seguía en la de él, haciendo canaletas en la playa de medio metro de profundidad desde donde muere la ola hasta donde rompe, si de arriba para abajo.
Alguno le tiraba alguna piña al agua y el la traía con la boca y la tiraba en la orilla, la empezaba a llevar con las patas, ladrando y con tamaño perro y abundancia de piñas, la gente preferia tirarle otra que meter la mano entre las manos del Taca Taca.
Cuando el marinero llegaba el perro rumbeaba para los médanos y se iba para la otra punta de la playa, y empezaba otra vez con el show. El perro se iba porque una vez lo agarró el marinero distraído y le dio con la cachiporra en el lomo.
De ahí el marinero pasó a tener dos personalidades con el perro, cuando estaba uniformado se borraba el perro cuando no estaba uniformado y fuera de la playa eran amigos.

Un día el marinero estaba de visita en casa de un amigo tomando unos mates de salida de la playa y de uniforme, pero dentro de un porche en la casa de dicho vecino y el Taca Taca vino a santiguarle las plantas, estaba en lo mejor del chorro cuando vio el uniforme y acható la pezuña y desapareció como alma en pena que se lleva la que te conté.
Todos los fines de verano yo tenía el mismo drama, me lo quería traer para Montevideo porque se había transformado de perro de balneario en perro casero.
En verano un bacán y en invierno se arrimaba a los albañiles que siempre tienen algún hueso para tirarle.

El perro seguía la camioneta un montón de kilómetros por la carretera para venirse con nosotros y a mí se me arrugaba el alma.
Mi viejo era de la teoría que el bicho se había criado a campo y esa vida era incompatible a tenerlo en una casa entre cuatro paredes y mi mentalidad juvenil lo venía como un cachorrito de cuarenta y cincuenta kilos.
El origen de ese perro fue que se lo habían regalado a un capitán retirado del ejército, yo pasaba por la casa y nos hicimos amigos, más bien compinches, como cachorros de la misma lechigada, para el perro era mucho más programa andar por los montes o en la playa conmigo que estar echado en la casa.

Además mi vieja, muy bichera ella, iba a la carnicería y en aquella época de mala refrigeración le compraba los tales trozos de carne abombada por el calor a precio liquidación.
Faltó una noche, luego otra y se aquerenció en mi casa y de mi casa jamás se echó ningún perro, y el dueño se ofendió con el bicho y trajo otro llamado Tizón, un policía belga, al cual me prohibió que lo acariciara, que le hablara y desterró al Taca Taca, no hablaron de la carne que le compraba mi vieja al pichicho, pero el amor de los perros, como el de los hombres también se cultiva en el estómago.
Pasaron los años y el Taca Taca se había aquerenciado en los inviernos en los boliches con un albañil gran consumidor de caña o de grappa.
El perro lo cuidaba, porque Artigas, su nuevo compañero, cuando colaba unas cuantas copas entre pecho y espalda se ponía un tanto persado.
Una noche andaba con unas cámaras de bicicleta pinchadas en un boliche y para no perderlas o que se las robaran, no las dejaba en ningún lado, andaba con ella abajo del brazo.
Entro otro paisano y con los vapores del alcohol, lo confundió con un amigo, fue de atrás para saludarlo y le pegó suave con las cámaras.
Le tocó un paisano revirado que salió del boliche y se fue a la casa.
Al rato volvió, no siendo para tanto, pero son esas cosas que tienen los paisanos, de lavar tontas ofensas con sangre, y le pegó un par de puñaladas a Artigas, el Taca Taca se le abalanzó y también se llevó su dosis de puñaladas.

Fiel el Taca Taca, se fue de este mundo con su compañero el albañil Artigas, cuando hablo de él vuelvo a aquellos tiempos, en que el Taca acompañaba a mi vieja, que ya no está tampoco, mientras ella tomaba mate sentada en una mesita en el terreno con el perro a los pies.
Tengo las fotos, pero me mortifica el tema y ventilar las fotos familiares en los medio no me parece lo adecuado ni correcto.

Ambos estarán disfrutando la paz eterna si existe para los perros también.
Que todo sea para bien…

Un comentario en «Adolescencia en el balneario»

  • el 2 junio 2017 a las 10:46
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    que gran razon xq los animales que se crian libres no se pueden tener encerrados para eso hay que tenerlos desde chicos,
    Saludos

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