El bobo del pueblo

Hace una tropa de años, por los 80, estaba trabajando en un pueblo del interior y como todo pueblo cercano a la frontera, se consumía en aquella época mucha Velho Barreiro, había unos cuantos bobos producto de los excesos paternos en el consumo de tal éter alcohólico, hoy con los free shops se toman buenos whiskies importabandeados.

Uno de ellos se vestía de blanco de punta a punta y cuando nos cruzabámos, se llevaba el dedo índice a la boca, como quien lo moja para pasar una hoja y me decía, “no me da un diez para una preñada”.

No piense mal amigo, no tenía a ninguna dama embarazada, preñada era un refuerzo, armado con un pan porteño cortado al medio, con una feta cortada a cuchillo, en aquel lugar era mortadela, por ser el fiambre barato en aquel lugar y entonces.

Muy correcto saludaba, agradecía u se despedía.

Cuando llegaba la Onda cumplía su función, autoimpuesta, de informar a los parroquianos del boliche, los arribos de gente conocida, que volvía al pueblo, cayó Fulano, cayó Perengano y así seguía hasta que bajaba el último.

Durante la segunda guerra mundial nuestro país la vivió intensamente y en especial nuestro interior la seguía con fervor patriótico, aunque no mandamos sangre al frente como Brasil que se tuvo que bancar la reconquista de la bota de Italia y en Montecasino hay un cementerio lleno de tumbas de brasileños jóvenes, muchachos, que no sabían ni siquiera a que los habían llevado.

Uruguay perdió dos barcos de transporte que le había secuestrado a Italia, rebautizados Montevideo y Maldonado, con tripulación uruguaya y murieron algunos marineros.
El Maldonado tenía como capitán a Mario Giambruno, y el submarino alemán se lo llevó y trascendió mucho por su condición de oficial de la armada y porque además era hermano de Ciro Giambruno, un médico, que fue político y Ministro de Instrucción Pública por esa época.

Como siempre en las guerras se mata a lo más pueblo del pueblo y no los hijos de los que mandan, por supuesto, aunque los ingleses por norma mandan a uno de los príncipes, para mostrar a la plebe que ellos también van a la guerra.

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El príncipe Adrews peleó o mejor dicho estuvo en las Malvinas, Falklands para ellos, claro que para él, el riesgo mayor fue volar desde la rubia Albión hasta el Sur sur del mapa, sin perjuicio que los jóvenes provincianos argentinos vendieron cara su bandera y derramaron generosamente su sangre.

Mi viejo, durante la II Guerra Mundial, era un laburante, para poder utilizar su cachila, había comprado dos más y las tenía en un garaje, y con los vales de las tres, podía comprar nafta para usar una acorde con sus necesidades.

Como la guerra, según él, no se iba a terminar nunca, vendió un Ford A, en noventa pesos, ya casi a fines de la guerra.

Para que tengan una idea de los valores distorsionados, a fines de los 60 o principios de los 70, tuve un Ford A del 30 y cuando lo vendí, lo permuté, por un Topolino (Fiat 500) de 1947 y dos Vespas, todos en buen estado de funcionamiento.

Claro que el tema era el bobo del pueblo y cuando estaba haciendo de anunciador de los pasajeros, el loco dijo “Cayó Berlín” y en el boliche, por haber caído Berlín, se tomaron hasta el agua del perro, claro que la cosa se oscureció cuando se aclaró que el que había llegado al pueblo era Berlín Graña, tal cual y no la capital de Alemania.

Claro que esa es una anécdota del pueblo y yo en esa época no estaba ahí ni cerca de estarlo, lo sé de oídas cuarenta años después, aunque el personaje de blanco me mangueó a mí también, para la preñada y ubicaba perfectamente nombres y profesiones de sus mangueados, era lo que se dice una memoria profesional de la preñada de mortadela.

Había otro loco, que lo conocí, y recuerdo que se sentaba a la vuelta de la esquina de la plaza, o sea de la otra calle, no donde estaba yo y por la de él se veía hacia la bajada de la entrada y veía cuando la Onda empezaba a costear el pueblo, saltaba abriendo los brazos y gritaba algo inintelegible, que podríamos traducir los conocedores que estba llegando la Onda.

Para mí, que no era del pago, era mi vínculo con la civilización y sabía que dándole tiempo suficiente podía ir a comprar cigarrillos y el diario para saber si el mundo seguía girando.
Alguna vez distraído o ansioso salía para la plaza a comprar el diario y la empleada me decía, no vaya todavía que no llegó la Onda, porque el loco no gritó.

En el pueblo no había apuro, recuerdo bien un viejo amigo, muy buena persona, medio despistado, que cuando llegó la Onda, con la carta en la mano, se subió a conversar con unos amigos que se iban y la conversación era muy llevadera y se enroscaron,, tanto que la Onda con todo el ritual de salida con todo su estilo, subió el chofer, el guarda y cerró la puerta y salió, para todo lo cual tenían que pasar por atrás de don Carlos, el que seguía cuereando a alguien, dale que va y como no y por favor y cuando quiso acordar la Onda estaba haciendo carretera, a lo que optó fue a seguir proseando con los contertulios hasta el pueblo siguiente, unos 35 o 40 kmts y volver en la próxima Onda, o tal vez con algún amigo que viniera para el pueblo y le pidiera viaje y lo trajera.

El hombre era famoso por lo despistado y por lo no hacerse malasangre por nada. Una vuelta había citado a unos clientes para un negocio importante, que le dejaría mucha plata por honorarios, la gente en el escritorio y el hombre no aparecía, lo llamaron por teléfono porque sabían que estaba en campaña, y pidió mil disculpas pero estaba churrasqueando tan lindo, que le pasó el trabajo a un colega y el siguió con la prosa y las achuras, por su tranquilidad perdió de ganar dinero abundante, engordó chancho ajeno y difícilmente los clientes por cualquier otro negocio volvieran a él.

Que época aquella en que nadie pensaba que la Onda pudiera dejar de existir y si se fundía la Onda no se viajaría jamás al interior del país ni se podría mandar nada, pero el tiempo es un gran gentil hombre.

Al principio la gente no sabía para adonde agarrar, pero con el tiempo se dejó de usar el control de la calle Arenal Grande, que nombre que el montevideano común ignora su origen, y ese nombre lleva una calle importante de Montevideo, por ser uno de los costados de la playa de la Agraciada, que en realidad se llamaba la Graseada, por la faena de ganado y la grasa que dejaba en las arenas, aunque la palabra Agraciada dice todo lo contrario, como bonita, favorecida por la mano del creador con toda su gracia.

Hoy todo se maneja a espaldas del Gral. Rivera, en Tres Cruces, si también por el Congreso de Artigas, con un muy importante estacionamiento, un rato gratis y pagado el resto y de ahí salen todos los ómnibus para el interior y para el exterior y tiene un importante shopping.

Todo tiene solución, menos la innombrable y que todo sea para bien…

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