Hay que tener defectos

La gente muy, muy formal, siempre resulta un poco secante, ¿no? Hay una especie de hombre que dice continuadamente “usted a mí nunca me verá hacer macanas” y cree que, siendo así, es el ideal de hombre. Sin embargo, no son tan necesarias, para el metabolismo del espíritu, para la nueva lucha, para la nueva esperanza, para la nueva conquista, las tonterías que cometemos.

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Goethe. Que cometió, en la vida, pese a su genio ejemplar, todas las tonterías que pudo, decía: “Si tu corazón se agita y vibra ¿para qué quieres algo mejor? Quien no ama, quien no yerra, que se deje sepultar”. Leía, uno, hace poco, en la obra de Stekel, la alusión al tipo que siempre obra juiciosamente, que tiene el sentido del orden y de la ley, pero sin darse cuenta de que no toda luz que se prende y se apaga es un faro; necesita el ritmo, y sin darse cuenta que, a veces, olvidarse de la ley es menos perjudicial que aplicarla al pie de la letra. Y se lo decía don Quijote a Sancho, que no es mejor la fama del juez riguroso que ía del compasivo. Pero el tipo formal que acusa cierto fanatismo por la formalidad no le perdona nunca, nada a nadie. Stekel al describir al juicioso adherido a sus conceptos y a sus costumbres, a las que nada podría hacer variar.

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