La sombra negra de Artigas

Los portugueses o los brasileños, los del imperio que nos envuelve tuvieron durante mucho tiempo el mal hábito, dado que la esclavitud duró en Brasil hasta principios del siglo pasado en forma oficial, se introducían en la Banda Oriental o en el Uruguay, y malos orientales también hacían lo propio de capturar negros, pasarlos al Brasil como prófugos y venderlos, aunque fueran libertos o nacidos de vientres libres.

Ansina o Lenzina, o Lencina, fue una de esas víctimas, por hecho propio al haberse embarcado en un navío que practicaba la piratería y al resistirse terminó siendo vendido como esclavo.
La colección de poesías de Ansina, un negro esclavo liberado por Artigas de los portugueses que acompañó al general toda la vida, contienen innumerables hallazgos, pero uno muy considerable es la conciencia que Ansina tuvo de los hechos que estaba viviendo, su lucidez extraordinaria, su claridad mental.
Por ejemplo, el poema que dicta al cumplir los 100 años en que filosofa sobre la muerte, el análisis del tratado del Pilar con sus cláusulas secretas incluidas, la traición de Ramírez y la presentación de las instrucciones del Año XIII.
Joaquín Lenzina nació en Montevideo, en 1760 y murió en Asunción del Paraguay en 1860), más conocido como Ansina, fue militar y poeta.
Fue ayudante de José Artigas, a quién acompañó durante toda su vida, siendo su más fiel amigo y seguidor.

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Ansina ceba mates mientras Artigas le dicta a MonterrosoNació hijo de esclavos africanos.
En su niñez fue aguatero.
De muchacho se dirigió a la campaña, donde se convirtió en payador.
Se alistó en un supuesto barco pesquero pero, al enterarse de que era un barco pirata, huyó a Brasil, donde fue capturado y convertido en esclavo.
Fue comprado por Artigas, quien lo liberó inmediatamente.
En ese momento entablaron una profunda amistad.
Participó junto a Artigas en diversas batallas.

Artigas a Ansina Amarás la libertad

Cuando Artigas partió a Paraguay, Ansina también lo acompañó.
Al morir Artigas el 23 de septiembre de 1850, a los 86 años, un tal Manuel Antonio Ledesma, que también era un negro uruguayo y había sido soldado de Artigas, se enteró de la soledad en la que vivía Ansina ―que ya tenía 89 o 90 años― y lo acogió en su casa diez años, hasta la muerte de Ansina en 1860. Debido a la destrucción producida por los ejércitos argentinos y brasileños en la infame Guerra de la Triple Alianza, sus restos no han podido ser encontrados.
En 1885, la misión de Tajes llega a Asunción para devolver los trofeos de la Guerra de la Triple Alianza, se presentó en aquel acto el anciano Manuel Antonio Ledesma, que dijo haber acompañado a Artigas.
Según Daniel Vidart los restos de Ansina yacen en una fosa común del camposanto paraguayo de Guarambaré y el cadáver que fue repatriado desde Asunción a Uruguay no es el de Ansina, sino el del soldado Manuel Antonio Ledesma, que actualmente se halla en Las Piedras, en el lugar donde ocurrió la célebre batalla, la primera ganada por los sublevados en hispano américa.
En 1951, Daniel Hammerly Dupuy publicó una compilación de poesías sobre Artigas.
En la introducción a la colección, el hijo de Hammerly anuncia la publicación de los poemas de Joaquín Lencina, el verdadero Ansina, y presenta una larga argumentación acerca de la validez de este relato.
Benítez le contó a Hammerly cómo había encontrado los textos de Ansina en Paraguay:
“Mientras él hurgaba en el baúl me dispuse a tomar nota de los versos que me había mencionado. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando se presentó con un gran fajo de papeles, evidentemente antiguos a juzgar por su aspecto! Me indicó que podía buscar, diciéndome que se trataba de uno de los papeles más grandes. Al revisarlos apresuradamente, noté que la mayor parte de los papeles llevaban al pie el nombre de Lenzina y la fecha […] Fue con no disimulada emoción que me atreví a pedirle prestado todos esos papeles para copiarlos con máquina de escribir. […] Cuando revisé tranquilamente esos papeles […] quedé asombrado al comprobar que estaba en presencia de trabajos que, además de su carácter poético, tenían un enorme valor documental por tratarse de un testigo ocular de los acontecimientos que presenciaba.” Benítez.

Foto atribuida a Ansina, aunque muy probablemente sea Manuel Antoniio Ledesma

Existe un error histórico sobre la imagen de Joaquín Lenzina, que se confunde con la de Manuel Antonio Ledesma.
Todos los retratos y las esculturas que se han dedicado a Joaquín Lenzina o Ansina se producen con la imagen de Ledezma, de quien sí se conserva una fotografía.
Los monumentos a Ansina, de la zona de Tres Cruces y en la ciudad de Minas cometen ese error (como la foto que ilustra este artículo).

Artigas no aparece disminuido por la cercanía, de acuerdo con la ley de la “perspectiva invertida” que hace ver más chico lo que tenemos más cerca.
El mismo fenómeno, muy inusual, se da en Bach, que aparece como un gigante en las descripciones de los que lo conocieron más de cerca, incluida su viuda. También en el caso de Artigas, poetas y versificadores le reconocen muchas veces una “luz”, un resplandor, llegan a decir una aureola.
Y no parece un recurso poético, porque lo mismo decían los guaraníes.
Los guaraníes llamaban a Artigas karaí o karaí guazú, reconociéndolo como un sabio, o un grandísimo sabio.
Ansina parece que escribía para la memoria, versificaba para recordar mejor, era un cronista en verso que no pretendía obras de arte mayor, con metáforas elaboradas y pulidas.
Después de la muerte de Artigas en el Paraguay en 1850, un negro anciano de gran estatura, que había acompañado al prócer en la guerra y en el exilio desde 1820, iba todos los años a visitar su tumba para el 23 de setiembre.
Estaba prácticamente ciego, era casi centenario, se hacía acompañar hasta el cementerio por algún amigo bien dispuesto, exiliado oriental como él.
La última vez no encontró la tumba.
Le dijeron que un grupo de orientales llegados de Montevideo se había llevado los restos al Uruguay, cumpliendo la decisión del gobierno de repatriarlo.
“No me dijeron nada” musitó según la leyenda.
Se recuperó enseguida: “esos orientales se olvidaron de la sombra negra de Don José”.
“La sombra negra de Don José” era Joaquín Lenzina, esclavo que Artigas compró y liberó de inmediato, “un negro que le cebaba mate” que, como dice la historiadora uruguaya Elaine Castro, contestaría cualquier persona interrogada sobre él en el Montevideo actual. Elaine concluye de esta respuesta presentida que en nuestra historia no hubo solo etnocidio, como el de los charrúas, sino también culturicidio.
Lenzina dejó en sus versos, que son también crónica, escritos a lo largo de toda su vida adulta, testimonio de la gesta artiguista, contada por alguien que la vivió tan de cerca cómo es posible, y que compartió con Artigas ideas, proyectos, intenciones, de las que se pueden decir y de las que conviene mantener secretas en gestas como en las que estaban embarcados.

Ansina, una vida difícil, pero fiel hasta el final.
Entre los propósitos de ambos estaba luchar porque las culturas discriminadas y oprimidas administren sus asuntos: que negros, indios, criollos puedan autogobernarse manteniendo sus tradiciones y su identidad, su “soberanía particular”.
Los adversarios eran entonces los monárquicos y los representantes de las culturas urbanas.
Estos últimos llevaban las de ganar y ganaron.
Cuando al final de su vida lo invitaron a vivir en Asunción, Artigas dijo que nunca visitó las ciudades sino para ponerles sitio.

La libertad

Ansina recuerda el momento de la liberación en las Misiones Orientales en uno de sus poemas:
Llegó el bendito día
Cuando uno de ojos celestes,
Mirándome, decía:
¡Pagaré lo que me cuestes!
¡Con tal que me sigas
Te haré libre de verdad!
-Así me dijo Artigas-:
¡Amarás la libertad!
Danilo Antón lo retrata: “era negro, esclavo, como tantos otros sometido por la fuerza a una situación de humillación y de ignominia.
En su larga vida recorrió muchos caminos y aprendió muchas cosas.
Habló todos los idiomas de los humildes de la tierra, cantó las coplas más nuevas y las canciones más viejas, acompañó la historia desde adentro, jugándose el pellejo en cada jornada. (…)”.
“(…) Sobrevivió en Montevideo cuando logró escaparse por primera vez allá en su juventud.
Sobrevivió en las mazmorras y plantaciones de Sao Paulo. Sobrevivió en los pueblos misioneros, (…) en Las Piedras y en Purificación (…) en Curuguaty y en Asunción. (…)”.
“(…) Fue fundador de la literatura oriental y padre de la patria vieja.
Guitarrero, arpista, poeta y payador políglota, gestor de ideas y aconteceres junto a Don José (Artigas), Andresito y tantos otros en los tiempos de los orígenes. (…)”

Duro, adaptado a las inclemencias
Lenzina (Lencina) es un apellido español, relacionado con el árbol de la encina, el más característico de España, duro, adaptado al frío, a la altura y a la sequía, propio de toda la cuenca mediterránea.
El apellido está atestiguado desde alrededor del año 1000.
Es muy común en España y también en Iberoamérica.
Pero Joaquín lo cambió por “Ansina”, que le sirvió para el título de su poema “Ansina me llamo y ansina soy”.
Ansina es un adverbio, forma antigua de “así” que era usual en el campo y es todavía porque en los medios rurales los cambios lingüísticos son más lentos.

El dios de las llanuras
Ansina se manifiesta cristiano en uno de sus últimos poemas, pero aclara que nunca siguió a “dioses sentados”.
Se ha interpretado como “dios sentado” a los dioses de los imperios.
Por ejemplo, cuando Cristo fue lujosamente representado en mosaicos en el esplendor de Bizancio, apareció vestido como un rico funcionario, lo mismo que su madre.
Sentado en posición frontal, mayestática, como corresponde a la influencia incomparable de un emperador.
Ese era un “dios sentado”, a diferencia, por ejemplo, del dios que acompañaba a los judíos por el desierto, que no era menos terrible ni distante, pero iba con ellos, caminaba con el Arca, no se lo entendía “sentado”.
No es para Ansina solamente la diferencia entre un dios imperial, para él esclavista, negrero, y un dios animista africano, sino también entre un dios sedentario, “sentado”, y un dios nómade que viaja, que anda de un lado a otro como hizo él mientras pudo.

El lenguaje de Ansina

Una vida difícil, pero fiel hasta el final
La última de las 10 cuartetas de esta poesía dice:
Ramírez, invicto en Buenos Aires
Cedió a la porteña seducción
Rompiendo los ideales federales…
¡Cuán cerca está la lealtad de la traición!
En medio de la traición que lo persiguió toda la vida y lo sigue también en la muerte, hay un punto de sosiego, una sombra negra refulgente de lealtad hacia Artigas.
La del esclavo que liberó a pesar de ser “peligroso, revoltoso y tener malos antecedentes”.
Joaquín Lenzina, el que le dijo cuándo Artigas anunció que pediría asilo en el Paraguay:
“Mi general, yo lo acompañaré hasta el fin del mundo” y cumplió.

3 comentarios sobre “La sombra negra de Artigas

  • el 23 diciembre 2016 a las 11:57
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    Al negro Ansina siempre se lo confunde con otro y aparte se dice que era bastante culto para la epoca esa por lo menos sabia leeer y escribir y que ayudaba mucho en esas cosas a Artigas porque habia gente que escribia tan mal que no habia quien pudiera leer lo que te escribian.

  • el 16 marzo 2018 a las 12:52
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    No tenía el mismo apodo. Eran amigos en Paraguay y ambos al menos en los últimos tiempos acompañan a Artigas y después de la muerte de don José conviven y Ansina muere primero y hay un entrevero con los restos de ambos y muy probablemente el que está enterrado en Las Piedras no sea Ansina, sino Manuel Antonio Ledesma

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