5. C. P. H.

Aunque Ud. no lo crea es la estrofa inicial del himno de nuestra barra de estudiantes.

El grupo se llamaba como un cuadro de fútbol, que armamos en emergencia y clandestinamente, para ir al penal de Punta Carretas para ver a los compañeros de Facultad que estaban presos, claro que fuimos, antes que se rajaran la primera vez.

Al que fuimos a llevarle los cigarrillos se rajó dos veces, como no se iban a rajar, si nosotros ingresamos un montón, con un cuadro de futbol apócrifo, que no figuraba ni en la liga de las medias, que lo único que tenía de futbolero eran unas camisetas prestadas y unos zapatos berretas y el nombre inventado en un boliche.

Fue mi primera visita al penal y afortunadamente nunca más tuve que ir a ver a nadie.

Hicimos una cola y nos tomaron los datos y pasamos por una puerta (reja) y cuando quisimos acordar estábamos rodeados de gente.

Si, eran los presos, sin uniforme, ni nada parecido, nunca me sentí tan desprotegido, porque estaban los que habían sido compañeros en facultad, pero también estaban los presos comunes.

El lugar de las visitas eran unas mesas largas, con presos por todos lados, porque como no tenía la más pálida idea de cómo era esa historia, para mi eran tan presos las visitas como los propios presos, se me entreveraron los pieles rojas con las caballería confederada, tenía unas ganas locas de borrarme.
Toro Sentado ni lo vi, pero Caballo Loco andaba por todos lados.

Cuando fuimos a lo que funcionaba como presunto vestuario, de arriba nos gritaban los presos desde las celdas, o sea los que no tenían recreo o no salían porque no se le cantaba.

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Lo que nos gritaban era que si no les comprábamos esas cosas de tiento trenzado, como ser correas para perros o guampas trabajadas que hacían las veces de pájaros y otras cosas de forma similar, iban a “limpiar” al que habíamos ido a ver, ellos lo tenían muy claro y eran los presos comunes y los del carcelaje, bien gracias, ni idea o capaz que sabían pero los tenían amenazados, esto lo digo más de 40 años después, pero tampoco se iban a molestar en apretar a los carceleros por unos piojos como éramos nosotros.

En el presunto vestuario había quedado olvidado un preso común, como quien no quiere la cosa y un preso político que nos acompañaba lo miró feo y se borró al instante.

Fu Man Chú hubiera demorado más.

Le compramos un collar y una correa de tiento roja para la Viruta, que así se llamaba la perra, la cual convivía con el Morito un gato negro que pernoctaba en el toldo del patio del fondo.

El gato jugaba con sus manos, como si fuera a boxear con la perra y esta se hacía la enojada, claro que una vez, le enganchó, sin querer una uña en el labio a la Viruta y esta le retiró el trato al Morito como por una semana.

Cuando le servían los tallarines a la perra y no le ponían queso ladraba hasta que le ponían queso y entonces empezaba a comer.

El gato también comía tallarines y reclamaba el queso.

Ambos bichos eran omnívoros por razones de estricta necesidad, si querían corazón o hígado no había.
Había un carnicero a la vuelta que hacía chorizos de rueda casero y en el barrio cuando alguno se enamoraba de una paica, le decían que era como los chorizos de Madera (apellido del carnicero) puro corazón.
El corazón iba a los chorizos y a la Viruta y al Morito nada.

Pensar que el carnicero se llamaba Madera y la perra Viruta, podría haber habido un poco de solidaridad.

Nosotros con un enorme esfuerzo económico habíamos comprado unos cartones de cigarrillos Master y se los dimos a los presos por ideología.

Ellos abrieron los cartones y empezaron a tirar cajilla por cajilla a los presos comunes y a nosotros se nos estrujaba el bolsillo que había quedado pelado como talón de angelito, ni pelusa le quedaba.

Había un preso común que nunca me olvidaré de su facha, estaba con un traje de seda azul marino y una camisa de seda también azul a lunares blancos, rodeado de una colección de mafrunes que le hacían la guardia para evitar que lo levantara en la fariñera algún preso de otro bando u otra banda.

Hoy me vine a enterar que esa guardia no es honoraria, ni por cariño, sino que les pagan los que todavía están afuera a los familiares de los presos custodios.

Nos turnábamos para jugar y estar en la tribuna conversando con los amigos.

Una vuelta cuando estaba jugando, el tal inútil que soy con el útil, iba corriendo por la línea derecha y estaban unos presos haciéndose la astilla con nosotros y en especial con mi esmirriada estampa, me prometieron unas cositas, que me arrugué como sobaco de tortuga.

No nací para jugador de fútbol y menos en el penal. Los presos tenían un estado atlético no común, porque jugaban al fútbol todos los días que tenían recreo y cuando no era fútbol era básquet ball.

En un tiro libre hicieron los visitantes la barrera y pateó un preso y le dejó tatuada en la espalda la malla de la camiseta y los gajos de la pelota.

Después nos enteramos que ese estado físico no era casualidad, se estaban entrenando para cuando se tomaran los vientos.

Todo muy fraterno, hasta que sentimos un griterío y todos los presos corrían para el lado de la calle que hoy está flechada para la rambla que se llama Solano García.

Arrugué como dios manda y me dijeron, no te asustes botija, que todavía no nos vamos, pusieron el partido por televisión.

Cuando terminó nuestro partido, nos fuimos a cambiar y nos despedimos de los compañeros presos, que ya no eran, ni serían más nuestros compañeros, salvo uno que dio los dos exámenes que le faltaban y cuando le dieron la libertad estaba recibido.

Nunca volverían a ser compañeros porque cuando el llamado “abuso”, nunca más volvieron a ser personas comunes y corrientes sino que eran requeridos por la fuga y tampoco volvieron a estudiar y salvo el nombrado precedentemente ninguno se recibió de nada, salvo de prófugos.

Cuando salimos de la cárcel, en el local donde está Buquebus, en la esquina de Miranda había un boliche y nos sentamos cuatro o cinco a tomar unas grappas y pensábamos que nosotros nos íbamos para donde queríamos y ellos quedarían encerrados ahí enfrente.

La pequeña gran diferencia entre la libertad y la prisión, claro que ellos nunca más se tomarían la vida para la pachanga por su militancia o por andar arisqueando al chumbo.

Ellos tenían sus planes, en los cuales no estuvimos incluidos nunca nosotros y nunca nos complicaron la vida, con detenciones en averiguaciones ni nada por el estilo, la policía sabía perfectamente quien era quien y que hacía.

Desde aquel entonces hasta hace unos meses en que me encontré con uno de ellos, en un café de mi barrio, de pura casualidad y nos tomamos un café como en los viejos tiempos, pero nosotros ya no éramos.
El bolichero me miraba y no le daban los ojos, para traducir lo que estaba viendo, porque había reconocido al que compartía la mesa conmigo.

Cuando se fue mi ex compañero y mi ex amigo, porque no tenemos nada en común, salvo las picardías de la época de estudiantes, le dije al gallego del boliche, no se te ocurra subir el precio del café, porque te mando al amigo y acuérdate como quedó el bowling.

Pensar que todo empezó para este hombre cuando un carnaval estudiantil de primavera en que Carmelo Imperio nos prestó los disfraces y carros alegóricos a los estudiantes.

En el grupo nuestro había una rubia con minifalda que era el temblor de las baldosas ruborizadas y de todos los varones.

Terminó el corso y el que era mi compañero, venía con muchas grappas entre pecho y espalda y le traía la carga a la que le habíamos puesto la viudita, porque estaba vestida totalmente de negro.

Eran un montón de muchachos con más o menos la misma cantidad de destilado de mosto de uva fermentando en el estómago.

Y fue cruzarse una rubia de negro con otra rubia de negro y eso le cambió el destino a mi ex compañero, porque venía atrás de la que era y siguió atrás de la que no era.

Se la chamuyó y concretó una relación.

Con los éteres etílicos tanto le daba una rubia como la otra y así fue, claro que la segunda lo enroló en el movimiento subversivo y le cambió la vida licenciosa de estudiante a la más arriesgada de militante en la clandestinidad.

Si no se le hubiera entreverado la madeja podría haber tenido la vida de un magnate o tal vez su destino estaba en que se le cruzara otra rubia vestida de negro, vaya uno a saber.

Son esos detalles que tiene la vida… por qué no… que todo sea para bien…

2 comentarios en «5. C. P. H.»

  • el 24 octubre 2014 a las 10:04
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    Todo bien pero no me doy cuenta de quien se esta hablando ni del tipo ni de la rubia de negro.

  • el 25 octubre 2014 a las 00:12
    Enlace permanente

    Mauro, las dos minas vestidas igual de negro, minifalda y rubias, son “dos” y se trilló a una y mamado hasta las patas se enganchó con la tupa y ahí quedó en el negocio que no buscaba. Es uno de los capos de los que ahora te podés imaginar. Está vivo. No solo te entreveraste tu conlas dos rubias, así le fue al personaje.

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