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Irán muestra el desgaste internacional de las potencias

Cada vez que una potencia inicia una guerra enarbola la misma bandera: Seguridad, Libertad y Estabilidad. Sin embargo la historia no registra que eso ocurra luego de cada invasión.

Los hechos demuestran lo contrario. En Afganistán, los estadounidenses terminaron en retirada tras veinte años de ocupación y administración de sus riquezas. Irak dejó una región fragmentada y millones de desplazados. Ahora, el enfrentamiento con Irán amenaza con repetir el mismo patrón, pero con consecuencias aún más peligrosas.

Los comienzos del conflicto son los mismos y los objetivos reales también

Irán no es Irak ni Afganistán. Es un país de más de 85 millones de habitantes, con una estructura militar compleja, redes regionales de influencia y décadas de preparación para resistir un conflicto prolongado. Sin embargo, en Washington y en algunos aliados se sigue actuando como si bastara la superioridad tecnológica para imponer un resultado rápido.

Ese cálculo suele ignorar la realidad del terreno. Teherán ha construido durante años una estrategia de guerra indirecta que le permite responder en múltiples frentes al mismo tiempo. Desde milicias chiitas en Irak hasta los hutíes en Yemen o Hezbollah en Líbano, el país dispone de una red de aliados capaces de convertir cualquier ataque en un conflicto regional.

Además está el factor energético. El Estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más sensibles del planeta: por allí pasa más del 20% del petróleo mundial. Basta una amenaza creíble de bloqueo para disparar los precios internacionales y sacudir la economía global. Europa, que ya vive tensiones energéticas desde la guerra en Ucrania, sería uno de los primeros afectados.

Pero el impacto no es solo económico. También es político. Cada nueva guerra alimenta el cansancio dentro de la propia sociedad estadounidense. Las aventuras militares en el exterior se han convertido en un problema interno: gasto público enorme, veteranos abandonados y una sociedad cada vez más polarizada.

El amor y el odio: la receta justificada. Las cartas marcadas la estrategia del ganador

Mientras tanto, el resto del mundo observa. El llamado sur global ya no acepta automáticamente el liderazgo de Washington. Países que antes seguían la línea estadounidense ahora diversifican alianzas, comercian en otras monedas y fortalecen bloques alternativos como BRICS. La hegemonía estadounidense no desaparece de un día para otro, pero cada crisis acelera su desgaste.

En este tablero, Israel juega su propia partida. Para el gobierno israelí, neutralizar a Irán significa eliminar al último rival capaz de disputar su supremacía regional. Desde esa lógica estratégica, la confrontación tiene sentido. Pero para Estados Unidos el cálculo es mucho más complejo: el costo político, económico y militar puede superar con creces cualquier beneficio.

Tampoco existe una solución militar clara. Bombardear instalaciones nucleares puede retrasar el programa iraní, pero difícilmente eliminarlo. La experiencia demuestra que el conocimiento científico no se destruye con misiles. Si algo ha enseñado la historia reciente es que los programas nucleares sobreviven incluso bajo presión extrema.

La utopía es la paz: reconocer que existe un ganador y dueño de todo

El riesgo real es la escalada. Cuando múltiples actores regionales entran en juego, las milicias, Estados aliados, rutas energéticas, ataques indirectos…el conflicto deja de ser local. Así es como empiezan las guerras que luego nadie puede controlar.

Por eso el problema central no es Irán. El problema es la ilusión de que el poder militar todavía puede resolver conflictos complejos en un mundo que ya no responde a las mismas reglas.

Porque lo que se discute en esta guerra no es la democracia.

Es el poder.

Y cada vez que Washington intenta imponerlo por la fuerza, el resultado suele ser el mismo: menos estabilidad, más enemigos y una hegemonía un poco más debilitada.

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