Al diablo con la cultura

Por Lorenzo Olivera
Como advierte Herbert Read en la introducción, esta serie de ensayos fueron publicados mientras transcurría la Segunda Guerra Mundial, momento histórico en el cual el arte como fenómeno social era ampliamente discutido, así como también su función, y las obligaciones éticas de los artistas.

A lo largo de todo el libro, la concepción de Read sobre el arte se despliega en distintas dimensiones y se analiza desde diversos puntos de vista.
Históricamente hablando, sólo podemos identificar a una civilización por el arte que nos ha legado.
Sometidas a la prueba del tiempo, las civilizaciones se reducen a sus obras artísticas; lo demás parece comido por la podredumbre.
Hasta los períodos más remotos de la historia se nos vuelven palpitante realidad en un fragmento de hueso tallado o en un dibujo rupestre. Las ciudades y las fértiles llanuras desaparecen, pero sepultados en sus ruinas, enterrados en tumbas y santuarios, encontramos un vaso, una joya, unas monedas, que nos hablan con voz clara y nos dicen del carácter de esa civilización perdida.

No nos dicen, simplemente, que este pueblo o aquel otro adoraban al Sol, que peleaban sus batallas en carros de combate, que creían en la resurrección de los muertos.
Nos dice algo más, pues estos son datos accesorios que podemos averiguar en otras fuentes.
Las obras de arte nos hablan de manera más directa, ya que, por su forma y por su estilo, nos dan la pauta del refinamiento que poseyó una civilización.
Todo esto viene a colación de un artículo de Álvaro Ahunchain, Empresario de comunicación, docente, autor y director teatral, del que surgen los problemas actuales de Cinemateca Uruguaya que transcribiremos en su artículo a continuación:

“En medio del estruendoso debate en torno a la interrupción de la construcción del Antel Arena, hay una noticia cultural que ha pasado prácticamente desapercibida. Según lo hizo saber su coordinadora general María José Santacreu en la Comisión de Educación y Cultura del Senado, Cinemateca Uruguaya está a punto de cerrar.
Ya no es una posibilidad, como lo denunciara la Asociación de Críticos Cinematográficos en un comunicado emitido hace tres años. Ahora es cuestión de meses.
Como en otros temas graves que no han merecido la preocupación del gobierno (la venta del Cine Plaza a una secta de milagreros, la demolición del edificio de Assimakos, el incendio del Cilindro Municipal), en este tema vuelve a aparecer una curiosa coincidencia entre izquierdistas y liberales. Los primeros ven con mala cara que el patrimonio fílmico nacional sea custodiado por una institución de la sociedad civil. Preferirían que quedara en manos del Estado, aunque esto sería mucho más caro que invertir en una modesta subvención. Los segundos miden a Cinemateca con la misma vara que a cualquier actividad empresarial, como si preservar la historia audiovisual del país fuera equiparable a salvar demagógicamente una aerolínea fundida.
Lo único que recibe Cinemateca del estado es un subsidio anual de $ 200.000. Hace siete años percibió una partida única de 150.000 dólares, con una serie de exigencias de gestión que pretendían que se convirtiera en autosustentable, como si alguna institución cultural pública o privada lo fuera. La verdad es que no entendí entonces ni entiendo ahora, por qué tanto gobernantes de izquierda como opinantes liberales pretenden que Cinemateca se autofinancie, pero no le piden lo mismo a la Comedia Nacional, ni al Sodre, ni a las bibliotecas y museos municipales.

Cualquiera de esas instituciones quebraría si dependiera únicamente de la comercialización de sus servicios, por una razón más que obvia: sus productos culturales no persiguen rendimiento comercial; no se miden por la cantidad de gente que paga por recibirlos, sino por la calidad de su aporte a la sociedad. Pretender que la película nacional “El pequeño héroe del Arroyo de Oro”, dirigida por el uruguayo Carlos Alonso en 1929, venda tantas entradas como el último éxito de Hollywood, como condición para que pueda ser preservada, es en el mejor de los casos, estúpido. Y hay quienes creen -lo he leído durante estos días en las redes sociales- que lo que no tiene valor comercial no es más que un hobby con el que algunos snobs pretendemos cargar al contribuyente. Si así fuera, podríamos seguir dinamitando obras que no generan utilidades sino solamente gastos, como el Museo Blanes, el Archivo de la Palabra del Sodre o los manuscritos de Delmira Agustini que atesora la Biblioteca Nacional. Esto no es tan inimaginable como parece: después de todo fue lo que hicieron con el deterioro y posterior voladura del Cilindro, una creación de Leonel Viera que inspiró a los constructores del Madison Square Garden y que en su fachada exhibía obras murales de destacados artistas uruguayos contemporáneos.

En lo operativo, todo puede ser discutido. Pero en cualquier caso, el apoyo estatal no es un abuso sino una necesidad, como ocurre en todos los países del mundo que defienden su patrimonio cultural. Es solo cuestión de entender dónde están las prioridades presupuestales: invertir donde es importante, en lugar de gastar a favor del que grita más fuerte”.
Yo que recuerdo de niño el incendio de Glucksman en Montevideo, esto que le puede ocurrir a Cinemateca puede ser muchísimo peor.
Cinemateca fue sostenida por el extinto Manuel Martínez Carril y colaboradores como si fuera un apostolado.
Fue un crítico de cine, periodista y profesor uruguayo. En 1967 ingresó a Cinemateca Uruguaya (institución fundada en 1952) como curador de películas, junto a Luis Elbert. Fue director coordinador de Cinemateca durante 27 años, desde 1978, y director honorífico desde su jubilación hasta su fallecimiento.

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Álvaro Ahunchain

Conocido como «Manolo», trabajó de 1962 a 1964 en el Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República. Entre 1961 y 1964 fue secretario de redacción de Gaceta de la Universidad. Formó parte de la dirección del Cine Club del Uruguay entre 1960 y 1971 y escribió en su revista y en sus programas.

Presidió la Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay en los años 1960.
Martínez Carril describió los años 1960 en Uruguay desde el punto de vista de la crítica cinematográfica: «Hubo un momento que en Montevideo hubo casi más críticos cinematográficos en ejercicio que periodistas. Fue en la década del sesenta, cuando Cine Club y Cine Universitario publicaban materiales críticos e informativos sobre cada película que exhibían. En un impulso indiscriminado jóvenes a veces adolescentes, se echaban a escribir y descubrían ellos mismos el cine como fenómeno creativo.»
En 1967 ingresó, junto a Luis Elbert, como curador de películas a Cinemateca Uruguaya (institución fundada en 1952). Según sus palabras:
«Ingresé a Cinemateca en 1967, como curador de películas, con el colega Luis Elbert, cuando la institución parecía que no iba a sobrevivir.»

A partir de 1978, fue director coordinador durante 27 años. Entre 1977 y 1980 fue director de cursos de la Escuela de Cinemategrafía de Cinemateca. Al jubilarse fue nombrado director honorífico, título que conservó hasta su fallecimiento.
En 1973 obtuvo un cargo en la cátedra de Filmología del Instituto de Cinematografía de la UDELAR, pero no pudo ejercer debido a la intervención militar después del golpe militar.
Se destacó por su gestión a favor de la conservación del patrimonio fílmico, el impulso de las cinetecas nacionales y por la difusión del cine de calidad en América Latina.
Por su trayectoria como crítico de cine y gestor al frente de Cinemateca fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo (2012), Caballero de las Artes y las Letras de Francia (1990), Cavaliere de la República Italiana, la Orden al Mérito de Chile (1992) y la Orden del Mérito Cultural del gobierno de Polonia (2003). En 1996 obtuvo el premio Morosoli de Plata y en 2003 el Morosoli de Oro por su aporte cultural.
Entre 1981 y 2009 dirigió el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, director artístico del festival Un Cine de Punta y programador de Mercocine. Formó parte del jurado de varios festivales de cine, entre ellos los de San Sebastián, Gramado, Valdivia, Viña del Mar, Mar del Plata y Huesca, entre otros.

Colaboró en varios medios de prensa, desde sus inicios en el El Popular, como La Mañana (entre 1958 y 1965), en el semanario Brecha, entre otros como Izquierda, Última Hora, El Eco, Ya, etc…

En radio estuvo en CX 14 Radio El Espectador (1968-71) y en CX 30 Radio Nacional.
Fue autor y coautor de varios libros sobre crítica e historia del cine. Codirigió y coprodujo cortos y largometrajes y apareció como actor en películas de Federico Veiroj.

2 comentarios en “Al diablo con la cultura

  • el 16 julio 2015 a las 23:56
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    Me parece que los cines que no estan dentro de los Shopping y que no ofrecen peliculas hechas por los gordos de holywood – fueroooon.

  • el 19 julio 2015 a las 14:21
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    Luis Elbert, un tremendo docente, aquí les dejo el link, cuando ORT le entrega un premio como el mejor docente en audiovisual=http://fcd.ort.edu.uy/25449/13/excelencia_docente_2014.html

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