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B.B. King: El origen de una leyenda

Memphis, fue la ciudad donde B.B. King inicia su carrera como locutor en la emisora WDIA en 1947, su legado vuelve a ocupar el centro de la escena.

A un siglo de su nacimiento, sus canciones y actividades culturales recuperan la historia de un músico que convirtió sus heridas, su voz y su guitarra en un lenguaje universal.

Fue también en Memphis, bajo el ala de su primo Bukka White, donde Riley B. King empezó a construir su identidad artística. Todavía no era B.B. King. El nombre nació en la radio, a partir del apodo “Beale Street Blues Boy”, que con el tiempo se transformó primero en “Blues Boy” y finalmente en las tres letras que terminarían identificando a una de las figuras más relevantes de la historia del blues.

Su trayectoria atravesó más de seis décadas. Desde el éxito de Three O’Clock Blues, en 1951, hasta Riding With the King, el celebrado álbum que grabó junto a Eric Clapton en 2000, King consiguió algo reservado para muy pocos: permanecer vigente sin abandonar las raíces que habían definido su música.

Una guitarra llamada Lucille

Aunque sus discos construyeron su prestigio, fueron los escenarios los que terminaron de convertirlo en leyenda. B.B. King fue, ante todo, un intérprete. Durante décadas recorrió ciudades y países llevando consigo una guitarra que no era simplemente un instrumento: Lucille se convirtió en su compañera inseparable y en una extensión de su propia voz.

B.B. King rompe una cuerda de su Lucille: ¿Qué hizo?

Incluso cuando la salud comenzó a imponer límites, King se resistió a abandonar los escenarios. Su último concierto tuvo lugar el 3 de octubre de 2014 en el House of Blues de Chicago. Aquella noche, la deshidratación y el cansancio lo obligaron a interrumpir la actuación. Poco después canceló el resto de la gira y nunca volvió a presentarse ante el público.

Murió el 14 de mayo de 2015, pero su música nunca se fue. Hoy, cuando se cumplen ciento un años de su nacimiento (16 de septiembre de 1925 – 14 de mayo de 2015), aquella voz áspera y quebrada vuelve a recordarnos que el blues no necesita muchas palabras para contar una vida. Basta una guitarra, unas pocas notas y una emoción verdadera. Y cuando esas notas llevan el nombre de Lucille, todavía parece posible escuchar a B.B. King conversando con el dolor, el amor y la nostalgia.

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