GEOPOLÍTICAPORTADA

El precio de dividir al mundo

Sanciones, guerras y errores políticos aceleraron la fragmentación económica y el nacimiento de un sistema mundial con claros centros de poder

Durante décadas, Occidente construyó un sistema económico internacional basado en una premisa que parecía inamovible: el dólar, los grandes mercados financieros, las instituciones multilaterales que junto a las cadenas globales de producción constituían la columna vertebral del sistema capitalista mundial. Estados Unidos y Europa tenían el poder económico y financiero, mientras China y otras potencias emergentes crecían dentro de ese mismo sistema.

Pero algo comenzó a romperse. Y no fue solamente consecuencia de las decisiones de unos u otros. Fue el resultado acumulado de errores políticos, crisis económicas, guerras y una incapacidad cada vez mayor de la política para comprender, que el mundo estaba cambiando.

Las sanciones contra Rusia y las restricciones tecnológicas y comerciales contra China son probablemente uno de los ejemplos más evidentes de esta transformación. Nada es gratis y todos han de pagar un precio.

Occidente también pagó el precio

Después de la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos y Europa utilizaron su principal herramienta de presión: el poder financiero. Congelaron activos, expulsaron bancos rusos de determinados circuitos internacionales, restringieron tecnología y limitaron las exportaciones de energía.

La estrategia tenía una lógica: hacer que el costo económico de la guerra fuera insoportable para Moscú.

Pero apareció una consecuencia que quizá no fue suficientemente calculada. Rusia comenzó a buscar alternativas y encontró en China, India y otros países mercados capaces de absorber parte de sus exportaciones. El comercio comenzó a realizarse cada vez más en monedas nacionales y surgieron mecanismos financieros destinados a reducir la dependencia del dólar.

La sanción, entonces, produjo un efecto paradójico: intentó aislar a Rusia y terminó acelerando su integración con otras economías. ¿Es lo que Rusia quería o fue acorralada?

Europa también pagó un precio. La ruptura con la energía rusa obligó a buscar nuevos proveedores y asumir costos mayores. Algunas industrias perdieron competitividad y los gobiernos debieron destinar enormes recursos para amortiguar el impacto energético. Con el diario del lunes, no fue su mejor jugada.

La política podía ser discutida desde el punto de vista estratégico. Pero económicamente tuvo un costo que no desapareció por decreto. Porque el sistema capitalista no desaparece, simplemente cambia su mirada global. Comienza defenderse a través de nuevas asociaciones economías locales, con el foco puesto en sus propias industrias, sectores financieros y acuerdos en mercado de consumo.

Con China ocurrió algo todavía más complejo. Washington quiso limitar el acceso chino a determinadas tecnologías estratégicas, especialmente semiconductores y equipamiento avanzado. Pero Pekín respondió acelerando la sustitución tecnológica y buscando reducir su dependencia de Occidente.

Cada restricción generó un nuevo incentivo para construir alternativas transformadoras.

El resultado no fue la desaparición de China del sistema mundial, sino el fortalecimiento de sus estrategias con el fin de independizarse de las trabas impuestas por Occidente. Hoy su sistema económico cuenta con una mayor autonomía dentro del mapa mundial.

Oriente tampoco está libre de errores

Sería igualmente ingenuo responsabilizar exclusivamente a Occidente por todos los errores.

Rusia apostó por la fuerza militar para defender sus intereses y terminó sometida a una enorme presión económica, política y demográfica. China construyó un modelo de crecimiento extraordinario, pero acumuló desequilibrios internos, una fuerte dependencia de las exportaciones y tensiones con sus principales socios comerciales.

Otros países emergentes, tampoco están exentos de problemas: corrupción, instituciones débiles, endeudamiento, dependencia de materias primas y decisiones políticas de corto plazo, las cuales siguen limitando sus desarrollos.

Los BRICS tampoco constituyen un bloque homogéneo. China e India compiten por influencia; Rusia tiene prioridades diferentes que Brasil; los países petroleros defienden sus propios intereses y ninguno parece dispuesto a abandonar completamente los mercados occidentales.

Por eso resulta exagerado afirmar que los BRICS ya reemplazaron al sistema financiero occidental. Sin embargo sus fines son más profundos: están construyendo una alternativa. Es una carta de la transformación. Los BRICS forman parte de una visión estratégica hacia las economías y las industrias locales de los países que se asocian. Buscan la independencia de un sistema que sigue firme y ciego en sus tradiciones.

El sistema viejo se apaga, no porque los BRICS sean mejores, sino por no admitir las transformaciones de los mercados, de las industria y de las tecnológicas. Tampoco contemplan las nuevas expectativas del comercio de aquellos países, que hasta ayer fueron sus grandes socios. Los cuales solo desean ser tratados como iguales. No como simples colonias.

El Nuevo Banco de Desarrollo, el uso creciente de monedas nacionales y los sistemas de pagos alternativos forman parte de ese proceso. No han desplazado al dólar, pero contribuyen a reducir la dependencia de él.

Y aquí aparece una de las mayores ironías de la historia reciente.

Durante años, Occidente defendió la globalización porque permitía producir más barato, vender más y conectar mercados. Después, ante el avance de China y las tensiones geopolíticas, comenzó a intentar reducir esa misma interdependencia. Hoy EEUU a través de aranceles pretende proteger su industria de la propia globalización: la industria china.

Oriente, mientras tanto, aprendió la lección: si una dependencia económica puede transformarse en un arma política, hay que reducirla. Si China va adelante, es porque elige como armas llenar las góndolas de los países con sus productos.

Un mundo que nadie controla

El nuevo orden mundial no nació de un acuerdo diplomático. Nació de las crisis.

La crisis financiera de 2008 debilitó la confianza en las instituciones económicas. La pandemia mostró la fragilidad de las cadenas globales de suministro. La guerra de Ucrania convirtió la energía y los alimentos en instrumentos geopolíticos. Las sanciones transformaron las finanzas en armas. La rivalidad entre Washington y Pekín convirtió la tecnología en un campo de batalla.

Y mientras las grandes potencias discutían quién tenía más poder, una parte del mundo comenzó a buscar una tercera vía.

No necesariamente porque quisiera abandonar Occidente, sino porque ya no quiere depender exclusivamente de él.

Ese es quizás el mayor cambio.

El mundo que está naciendo no parece ser chino, estadounidense, ruso ni europeo. Es un mundo más fragmentado, con varios centros de poder, diferentes monedas, nuevos corredores comerciales y sistemas financieros que compiten entre sí.

Pero la fragmentación también tiene un precio. Una economía mundial dividida en bloques puede ser menos eficiente, más cara y más vulnerable. Las empresas tendrán que duplicar cadenas de suministro, los gobiernos deberán gastar más para garantizar seguridad económica y los consumidores terminarán pagando parte de esa factura.

El gran fracaso de las potencias quizá haya sido creer que podían utilizar la economía como un arma sin modificar la economía mundial.

Las sanciones golpearon a Rusia. Las restricciones golpearon a China. Pero también golpearon las reglas que habían sostenido el viejo sistema.

Occidente cometió el error de pensar que su predominio sería permanente. Oriente, en muchos casos, cometió el error de creer que el crecimiento económico podía sustituir indefinidamente a las reformas políticas y sociales.

Entre unos y otros, el mundo terminó cambiando.

Y quizá esa sea la verdadera paradoja de nuestro tiempo: las grandes potencias quisieron preservar o conquistar el poder, pero sus decisiones terminaron acelerando la aparición de un mundo donde ninguna potencia podrá ejercerlo completamente sola.

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