Charles Darwin

Su obra fundamental, El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida, publicada en 1859, estableció que la explicación de la diversidad que se observa en la naturaleza se debe a las modificaciones acumuladas por la evolución a lo largo de las sucesivas generaciones.

Trató la evolución humana y la selección natural en su obra y posteriormente en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre.

También dedicó una serie de publicaciones a sus investigaciones en botánica, y su última obra abordó el tema de los vermes terrestres y sus efectos en la formación del suelo.

Dos semanas antes de morir publicó un último y breve trabajo sobre un bivalvo diminuto encontrado en las patas de un escarabajo de agua de los Midlands ingleses.

Dicho ejemplar le fue enviado por Walter Drawbridge Crick, abuelo paterno de Francis Crick, codescubridor junto a James Dewey Watson de la estructura molecular del ADN en 1953.

Como reconocimiento a la excepcionalidad de sus trabajos, fue uno de los cinco personajes del siglo XIX no pertenecientes a la realeza del Reino Unido honrado con funerales de Estado, siendo sepultado en la Abadía de Westminster, próximo a John Herschel e Isaac Newton.

Charles Robert Darwin nació en Shrewsbury, Shropshire, Inglaterra, el 12 de febrero de 1809 en el hogar familiar, llamado “The Mount” (El monte). Fue el quinto de seis de los hijos habidos entre Robert Darwin, un médico y hombre de negocios acomodado, y Susannah Darwin (apellidada Wedgwood de soltera).

Era nieto de Erasmus Darwin por parte de padre y de Josiah Wedgwood por parte de madre. Ambas familias eran de antigua tradición unitarista, aunque los Wedgwoods adoptaron el anglicanismo.

El mismo Robert Darwin, siendo un discreto librepensador, bautizó a su hijo Charles en la Iglesia Anglicana, aunque tanto él como sus hermanos asistían a los oficios unitaristas con su madre.

A los ocho años Charles ya mostraba predilección por la Historia natural y por el coleccionismo de ejemplares cuando en 1817 se incorporó a la escuela diurna, regida por el predicador de la capilla donde asistía a los cultos.

En julio de ese mismo año falleció su madre.

En septiembre de 1818 se incorporó con su hermano Erasmus a la cercana escuela anglicana de Shrewsbury como pupilo.

Darwin pasó el verano de 1825 como aprendiz de médico, ayudando a su padre a asistir a las personas necesitadas de Shropshire, antes de marchar con Erasmus a la Universidad de Edimburgo.

Encontró sus clases tediosas y la cirugía insufrible, de modo que no se aplicaba a los estudios de medicina.

Aprendió taxidermia con John Edmonstone, un esclavo negro liberto que había acompañado a Charles Waterton por las selvas de Sudamérica y se le veía frecuentemente sentado con aquel “hombre inteligente y muy agradable”.

En su segundo año en Edimburgo ingresó en la Sociedad Pliniana, un grupo de estudiantes de historia natural cuyos debates derivaron hacia el materialismo radical.

Colaboró con las investigaciones de Robert Edmund Grant sobre la anatomía y el ciclo vital de los invertebrados marinos en el Fiordo de Forth, y en marzo de 1827 presentó ante la Sociedad Pliniana el descubrimiento de que unas esporas blancas encontradas en caparazones de ostras que eran los huevos de una sanguijuela.

Un buen día, Grant expuso las ideas sobre evolución de Lamarck.
Darwin quedó estupefacto, pero al haber leído recientemente ideas similares en los escritos de su abuelo Erasmus, mantuvo posteriormente una postura indiferente.

Darwin se aburría bastante con el curso de historia natural impartido por Robert Jameson, que comprendía la geología y su debate entre neptunismo y plutonismo.

Aprendió la clasificación de las plantas, y contribuyó a los trabajos en las colecciones del museo de la universidad, uno de los mayores de la Europa de su tiempo.

Esta falta de atención a sus estudios de medicina disgustó a su padre, quien lo envió al Christ’s College de Cambridge para obtener un grado en letras como primer paso para ordenarse como pastor anglicano.

Darwin llegó en enero de 1828, pero prefería la equitación y el tiro al estudio.
Su primo William Fox le introdujo en la moda popular de coleccionar escarabajos, a la que se dedicó con entusiasmo, consiguiendo publicar algunos de sus hallazgos en el manual Illustrations of British entomology de James Francis Stephens.

Se convirtió en un amigo íntimo y seguidor del profesor de botánica John Stevens Henslow y conoció a otros importantes naturalistas que contemplaban su trabajo científico como una teología natural, siendo conocido por estos académicos como “el hombre que pasea con Henslow”.
En la proximidad de los exámenes finales, Darwin se centró en sus estudios, deleitándose con el lenguaje y la lógica de Evidencias del Cristianismo de William Paley.

En el examen final de enero de 1831 Darwin aprobó, quedando el décimo de una lista de 178 examinados.

Darwin tuvo que quedarse en Cambridge hasta junio.

Durante este período leyó tres obras que ejercerían una influencia fundamental en la evolución de su pensamiento: otra obra de Paley, Teología Natural, uno de los tratados clásicos en defensa de la adaptación biológica como evidencia del diseño divino a través de las leyes naturales.; el recién publicado.

Un discurso preliminar en el estudio de la filosofía natural, de John Herschel, que describía la última meta de la filosofía natural como la comprensión de estas leyes a través del razonamiento inductivo basado en la observación; y el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, de Alexander von Humboldt.

Inspirado por un ardiente afán de contribuir, Darwin planeó visitar Tenerife con algunos compañeros de clase tras la graduación para estudiar la historia natural de los trópicos.

Mientras preparaba el viaje se inscribió en el curso de geología de Adam Sedgwick y posteriormente le acompañó durante el verano a trazar mapas de estratos en Gales.

Tras una quincena con otros amigos estudiantes en Barmouth, volvió a su hogar, encontrándose con una carta de Henslow que le proponía un puesto como naturalista sin retribución para el capitán Robert FitzRoy, más como un acompañante que como mero recolector de materiales en el HMS Beagle, que zarparía en cuatro semanas en una expedición para cartografiar la costa de América del Sur.

Su padre se opuso en principio al viaje que se planeaba para dos años, aduciendo que era una pérdida de tiempo, pero su cuñado Josiah Wedgwood lo persuadió, aceptando así finalmente la participación de su hijo.

Tengo muy presente lo que leí oportunamente, hace mucho tiempo de su viaje por la zona del Río de la Plata y la Patagonia, donde capturó tucu tucus, esos topitos de nuestros suelos arenosos, que no se ven nunca y emiten un sonido muy similar a su nombre y tan característicos.

También en las sierras de Minas anduvo avistando venados de campo, hoy casi extinguidos y se tenía que poner a contraviento para evitar que su olor humano lo delatara y los venados se pusieran a reparo, pero al venir el viento o la brisa del lado de los venados lo mataba el olor de estos animales, que viene a ser el que nosotros llamamos olor a chivo.

Quedó muy impactado con las costumbres del gaucho de comer la carne semicruda y meter un bocado en la boca sujetándolo con los dientes y cortarlo con el facón empuñado de con la hoja hacia abajo y cortar cruzando la mano derecha de izquierda a derecha con el filo que les pasaba cerca de la nariz.

También en su afición por los animales tuvo trato con Rosas el dictador argentino, que fue santificado por Menem y traído de su sepulcro en Inglaterra a un cementerio de Buenos Aires.

En el próximo número le entraremos más en profundidad a Darwin en la Banda Oriental en los tiempos de Rivera.

El viaje del Beagle duró casi cinco años, zarpando de la bahía de Plymouth el 27 de diciembre de 1831 y arribando a Falmouth el 2 de octubre de 1836.

Tal como FitzRoy le había propuesto, el joven Darwin dedicó la mayor parte de su tiempo a investigaciones geológicas en tierra firme y a recopilar ejemplares, mientras el Beagle realizaba su misión científica para medir corrientes oceánicas y cartografiando la costa.

El Imperio Británico no lo hacía por culturizarse sino para tener una visión muy aproximada de nuestras tierras y nuestras costas por cualquier eventualidad.

No están en las islas Falkland o Malvinas, como quieran llamarlas por casualidad.

Darwin tomó notas escrupulosamente durante todo el viaje, y enviaba regularmente sus hallazgos a Cambridge, junto con una larga correspondencia para su familia que se convertiría en el diario de su viaje.

Tenía nociones de geología, entomología y disección de invertebrados marinos aunque se sabía inexperto en otras disciplinas científicas; de modo que reunió hábilmente gran número de especímenes para que los especialistas en la materia pudieran llevar a cabo una evaluación exhaustiva.

A pesar de sufrir frecuentes mareos, que ya había acusado la primera vez que embarcó su equipaje a bordo, la mayoría de sus notas zoológicas versa sobre invertebrados marinos, comenzando por una notable colección de plancton que reunió en una temporada con viento en calma.

En su primera escala, en Santiago de Cabo Verde, Darwin descubrió que uno de los estratos blanquecinos elevados en la roca volcánica contenían restos de conchas.

Como FitzRoy le había prestado poco antes la obra de Charles Lyell Principios de Geología, que establecía los principios uniformistas según los cuales el relieve se formaba mediante surgimientos o hundimientos a lo largo de inmensos períodos, Darwin comprendió ese fenómeno desde el punto de vista de Lyell, e incluso se planteó escribir en el futuro una obra sobre geología.

En Brasil, Darwin quedó fascinado por el bosque tropical, pero aborreció el espectáculo de la esclavitud.

En Punta Alta y en los barrancos de la costa de Monte Hermoso, cerca de Bahía Blanca, Argentina, realizó un hallazgo de primer orden al localizar en una colina fósiles de enormes mamíferos extintos junto a restos modernos de bivalvos, extintos más recientemente de manera natural. Identificó, por un diente, al poco conocido megaterio -que en principio asoció con el caparazón de una versión gigante (gliptodonte) de la armadura de los armadillos locales.

Estos hallazgos despertaron un enorme interés a su regreso a Inglaterra.

Cabalgando con los gauchos del interior se dedicó a observar la geología y extraer más fósiles, adquiriendo, al mismo tiempo, una perspectiva de los problemas sociales, políticos y antropológicos tanto de los nativos como de los criollos en el momento anterior a la revolución de los Restauradores.

También aprendió que los dos tipos de ñandú poseen territorios separados, aunque superpuestos.

Contempló con asombro la diversidad de la fauna y la flora en función de los distintos lugares.

Así, pudo comprender que la separación geográfica y las distintas condiciones de vida eran la causa de que las poblaciones variaran independientemente unas de otras.

Continuando su viaje hacia el sur, observó llanuras aplanadas llenas de guijarros en las que cúmulos de restos de conchas formaban pequeñas elevaciones.

Como estaba leyendo la segunda obra de Lyell, asumió que se trataba de los “centros de creación” de especies que éste describía, aunque por primera vez comenzó a cuestionar los conceptos de lento desgaste y extinción de especies defendidos por Lyell.

En Tierra del Fuego se produjo el retorno de tres nativos yagán que habían sido embarcados durante la primera expedición del Beagle, con objeto de recibir una educación que les permitiera actuar de misioneros ante sus semejantes.

Darwin los encontró amables y civilizados, aunque los otros nativos le parecieron “salvajes miserables y degradados”, tan distintos de los que iban a bordo como lo pudieran ser los animales salvajes de los domésticos, si bien, para Darwin, esa distinción estribaba en cuestiones culturales y no raciales.

Al contrario que sus colegas científicos, empezó a sospechar que no existía una diferencia insalvable entre los animales y las personas.

Al cabo de un año, la misión había sido abandonada.

Uno de los fueguinos retornados, a quien le habían dado el nombre cristiano de Jemmy Button, vivía con los demás nativos, se había casado y manifestó no tener ningún deseo de volver a Inglaterra.

En Chile, Darwin fue testigo de un terremoto, observando indicios de un levantamiento del terreno, entre los que se encontraban acumulaciones de valvas de mejillones por encima de la línea de la marea alta.

Sin embargo, también encontró restos de conchas en las alturas de los Andes, así como árboles fosilizados que habían crecido a pie de playa, lo que le llevó a pensar que según subían niveles de tierra, las islas oceánicas se iban hundiendo, formándose así los atolones de arrecifes de coral.

Poco después, en las Islas Galápagos, geológicamente jóvenes, Darwin se dedicó a buscar indicios de un antiguo “centro de creación”, y encontró variedades de pinzones que estaban emparentadas con la variedad continental, pero que variaban de isla a isla.

También recibió informes de que las caparazones de tortugas variaban ligeramente entre unas islas y otras, permitiendo así su identificación.

En Australia, la rata marsupial y el ornitorrinco le parecieron tan extraños que Darwin pensó que era como si “dos creadores” hubiesen obrado a la vez. Encontró a los aborígenes australianos “bienhumorados y agradables”, y notó su decadencia por la proliferación de asentamientos europeos.

No olvidemos que Australia fue poblada con presos extraídos de las cáceles de Gran Bretaña, lo que dio lugar a una especie humana caucásica un tanto más violenta por formación y por la falta de mujeres, lo que llevó a fomentarse la emigración de mujeres blancas a esas tierras para evitar el cruzamiento con las mujeres aborígenes.

Los aborígenes australianos hasta no hace muchos años vivían por sus hábitos y costumbres y falta de culturización en la edad de piedra, cosa que al hombre blanco no le preocupaba mucho que salieran de la misma.

El HMS Beagle también investigó la formación de los atolones de las Islas Cocos, con resultados que respaldaban las teorías de Darwin.

Por aquel entonces, FitzRoy —que redactaba la “narración oficial” de la expedición— leyó los diarios de Darwin y le pidió permiso para incorporarlos a su crónica.

El diario de Darwin fue entonces reescrito como un tercer volumen dedicado a la historia natural.

En Ciudad del Cabo, una de las últimas escalas de su vuelta al mundo, Darwin y FitzRoy conocieron a John Herschel, quien había escrito recientemente a Lyell alabando su teoría uniformista por plantear una especulación sobre “ese misterio de misterios: la sustitución de especies extintas por otras” como “un proceso natural en oposición a uno milagroso”.

En el próximo número publicaremos La crónica pertinente de Charles Darwin en lo referente al Río de la Plata y la Patagonia, y en el otro, el resto del viaje del Beagle y la última parte de la vida de Charles Darwin.

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