Contratar al Cuco

¿Ud. Cree por ventura amigo, que luego de aplicar lo que ha leído en los tratados de psicología infantil es capar un padre de hacerle tomar la sopa al nene?

¿Ud. Cree que después de vernetarse el mate con más tratados va a conseguir, aplicando lo que obtuvo, que el chiquilín no se suba a los árboles frutales del vecino, o que no escupa el espejo del botiquín y luego le pase el puño de la camisa blanca de salir o use el papel higiénico, toilet como lo llama Maduro, como pasacalles en el cuarto de baño y afines, o que no corra el gato del vecino?

En última instancia, es siempre el Cuco quien propende a la obediencia infantil.

Y en consecuencia a su crecimiento y sobrevida.

Ud. Aplique todas las doctrinas que entienda oportunas, y las teorías que le vengan al meollo de sus neuronas derrotadas y va a ver como el botija sigue haciendo las de él.
En cambio, Ud. agarra al chico de la solapa y le dice “quédate quieto o viene el Cuco y el monstruito pasa el resto del día recortando figuritas en un rincón.

Todo obedece a el Coco (Conocido como Coco en Portugal, España y en la mayoría de los países de América Latina; También conocido como Cuco en algunos países del Cono Sur, Cuca en Brasil1 y Cucu en Paraguay) es un personaje popular caracterizado como asustador de niños, con cuya presencia se amenaza a los niños que no quieren dormir.

Origen

La costumbre otoñal e infantil de vaciar calabazas y tajar en su cáscara ojos, nariz y boca buscando una expresión severa, está lejos de ser una costumbre estadounidense importada. En Portugal, Galicia y otras partes de la península esta es una tradición ancestral que tiene raíces en el culto celta de las cabezas cortadas.

Para el nombre de este personaje y su caracterización se han sugerido muchas posibilidades, desde el latín coquus, ‘cocinero’, hasta el náhuatl kojko, ‘daño’. El coco se representa como un fantasma con una calabaza vacía, a modo de cabeza con tres agujeros, imitando los ojos y la boca. El etimólogo Joan Corominas afirma en su obra Breve diccionario etimológico de la lengua castellana que los hombres del almirante portugués Vasco de Gama llamaron así al fruto homónimo por comparación de la cáscara y sus tres agujeros (ver imagen inferior) con una cabeza con ojos y boca, como la del coco. Todavía hoy se llama coloquialmente coco a la cabeza, en expresiones como «comer el coco», «tener mucho coco», «estar mal del coco» o «patinarle a uno el coco».

Parece tratarse de un vocablo expresivo que ha surgido en muchas lenguas distintas de forma paralela, generalmente con el sentido de «objeto esférico». Así, en griego antiguo existe ya la voz kókkos, «grano, pepita». Son voces de formación paralela, entre otras, el italiano còcco o cucco («huevo»), el francés coque («cáscara de huevo») y castellano coca («cabeza»). En euskera existe también la palabra koko, que significa insecto, especialmente aquel negro, brillante y rechoncho.

La forma cuco, mayoritaria en Hispanoamérica, puede deberse a un cruce entre el coco europeo y alguna deidad de origen africano (el diablo bantú Kuku) o maya (el dios Kukulcan).

También se postula que es una deformación de la palabra cucurucho, que es el nombre del capirote que usaban los condenados por la inquisición en sus manifestaciones callejeras y asustaban a los niños físicamente por la forma grotesca que tiene y psicológicamente por ser personas “malas” frente a la Iglesia Católica.

Existen otras variantes: en México encontramos la forma Kukui (Zacatecas, Michoacán; también Nuevo México), escrita a veces Kookooee para acomodarse a la pronunciación inglesa. En la zona estadounidense, los chicanos emplean con frecuencia el nombre Cocoman (en paralelo al Sacoman u Hombre del saco). En Cuba, el Coco alarga su nombre en Cocorícamo. En Perú, la forma Cucufo es uno de los nombres del Diablo en persona. En España la forma “Coco” es la más usada, pero también son conocidos como asustadores el Cocón y la Cucala, así como el Coco Cirioco.

Hasta ahora, el testimonio más antiguo en lengua castellana que se conoce de la palabra coco se encuentra en el Cancionero de Antón de Montoro, de 1445. Leemos allí estos versos:

Tanto me dieron de poco / que de puro miedo temo, / como los niños de cuna / que les dicen ¡cata el coco!….
En el norte de Portugal el coco es representado por un dragón. En la villa de Monção, conocida como la tierra del coco (terra da coca), se le llama la “Santa Coca” o “Coca Rabixa”. En la fiesta del Corpus Christi, el coco es el dragón que lucha contra San Jorge.

Canciones de cuna

El Coco tiene, en efecto, un papel muy importante en las nanas o canciones de cuna, una forma poética que el folclorista chileno Oreste Plath describe como compuesta de adulo y amenaza. Aunque el texto de Antón de Montoro deja claro que el personaje era ya bien conocido en el siglo XV, la nana más antigua sobre el Coco que conozcamos es del siglo XVII, y se encuentra en una obra dramática, el Auto de los desposorios de la Virgen de Juan Caxés. Dice así:

Ea, niña de mis ojos, / duerma y sosiegue, / que a la fe venga el coco / si no se duerme.

Juan Caxés, Auto de los desposorios de la Virgen

La versión más conocida, cantada con la melodía de la canción de cuna Rock-a-bye Baby, tiene su rima en á:
Duérmete niño, / duérmete ya, / que viene el coco / y te comerá.

La variante más significativa de esta nana es la que cambia parte del último verso: te llevará.
La rima en ó-o, presente en la nana recogida por Caxés, reaparece en esta otra variante muy popular:

Duerme, niño, duerme, / duerme, que viene el coco, / y se lleva a los niños / que duermen poco.
En Puerto Rico, donde se prefiere la forma Cuco, se cambia levemente la nana para adecuarse a la rima:
Duérmete niño / duérmete ya, / que viene el cuco / y te comerá.

En la provincia de Cuenca (España), el folclorista Pedro C. Cerrillo ha recogido algunas nanas sobre el coco menos conocidas, como la vehemente:
¡A dormir! ¡A callar! / Mira, que viene el coco / y te va a llevar.

y la maliciosa
Con decirle a mi niño / que viene el coco, / le va perdiendo el miedo / poquito a poco.

En otra variante, recogida en Madrid, el Coco es un robacunas:
Eee… / Si mi niño se dormiera yo le haría una cunita / pero como no se duerme viene el coco y me la quita.
La poetisa Isabel Escudero ofrece su propia creación sobre el mismo molde:

¿Sabes tú, niño, / qué quiere el coco?: / que tengas miedo / (ni mucho ni poco).

Vívete, niño, vívete / que viene el Coco / y se lleva a los niños / que viven poco.

La práctica de infundir miedo en los niños con un asustador de niños tiene el propósito de obligar a los niños a cumplir rutinas de aseo, comida y sueño que pueden resultarles, en un momento dado, ingratas, así como mantenerles alejados de lugares, personas y acciones que los adultos consideran peligrosos para los niños (por ejemplo, si los niños creen que en fondo de un pozo se oculta un asustador deseoso de atraparles, será menos probable que se asomen, y por lo tanto se caigan y se ahoguen). En general, el asustaniños funciona como un refuerzo negativo de cualquier actitud infantil que los padres o cuidadores del niño deseen erradicar o minimizar.

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Existen numerosas denominaciones y leyendas asociadas a estos asusta niños que con frecuencia suelen ser antiquísimas, restos demonizados de divinidades de mitologías y religiones ya extintas y cultos desaparecidos, lo que Heinrich Heine denominaba “dioses en el exilio”.

Asustadores

El hombre del saco (también llamado: viejo del saco, viejo del costal, el hombre de la bolsa, el viejo de la bolsa) es un personaje del folclore infantil hispánico. Se le suele representar como un hombre que vaga por las calles cuando ya ha anochecido en busca de niños extraviados para llevárselos metidos en un gran saco a un lugar desconocido. Este personaje es caracterizado como un asustador de niños, y se utiliza como argumento para asustar a los niños y obligarlos a que regresen a casa a una hora temprana. Es similar al coco y al sacamantecas.

Índice
• 1 Infanticidas
• 2 Véase también
• 3 Referencias
• 4 Enlaces externos

Infanticidas

La figura imaginaria del Hombre del saco tiene su correlato real en numerosos criminales tristemente famosos por secuestrar y matar niños. En algunos de ellos se ha querido ver el origen del personaje, aunque en realidad éste no se basa en ningún suceso en particular (aunque puede verse «confirmado» por todos ellos).

En 1910. Gádor, Almería, España. Francisco Ortega el Moruno era un enfermo de tuberculosis que buscaba desesperadamente una cura para su enfermedad. Para ello acudió a la curandera Agustina Rodríguez, quien a su vez le envió al barbero y curandero Francisco Leona. Al parecer, Leona ya tenía antecedentes criminales y, a cambio de 3000 de los antiguos reales, le reveló “la cura”: beber la sangre que emanara del cuerpo de un niño y untarse en el pecho mantecas calientes.

Leona y Julio Hernández el tonto, hijo de la curandera Agustina, se ofrecieron a encontrar al niño. Y así fue como, en la tarde del 28 de junio de 1910, secuestraron a Bernardo González Parra, de siete años y natural de Rioja. Metiendo al niño en un saco, los criminales lo trasladaron hasta un cortijo aislado en Araoz que Agustina tenía preparado.
Un hermano de Julio Hernández el Tonto, José, fue a avisar al cliente el Moruno, dejando a su mujer Elena haciendo la cena.

El asesinato del pequeño Bernardo fue así: después de haberlo sacado aturdido del saco, a Bernardo se le hizo un corte en la axila, de la cual emanó la sangre que bebió el Moruno mezclada con azúcar. Tras ello llevaron al niño hasta el lugar conocido como Las Pocicas, donde Leona lo mató aplastándole el cráneo con una roca. Después le extrajo grasa y el epiplón para confeccionar una compresa que aplicar al pecho de Francisco Ortega.

Acabado el ritual, ocultaron el cuerpo sin vida en una grieta, tapado con hierbas y piedras sin ser enterrado, situada en un lugar conocido como Las Pocicas.

A la hora de repartir los 3000 reales que había pagado el Moruno por los servicios, el curandero Leona intentó engañar a su cómplice Julio el Tonto sin obtener buenos resultados. Dándose cuenta de las intenciones de Leona y para vengarse de él, Julio le contó a la Guardia Civil que había visto el cuerpo de un niño cuando perseguía a unos pollos de perdiz.

Cuando las fuerzas de la Guardia Civil llegaron al lugar, todo el pueblo delató a Leona, pues antes o después había cometido muchas irregularidades, tal vez alguna de ellas de tipo delictivo. Detenido, a la hora de prestar declaración inculpó a Julio y viceversa. Finalmente, tras mil y una excusas, ambos confesaron el crimen. Cuando el cuerpo fue encontrado, éste estaba boca abajo con el cráneo completamente destrozado.

El curandero Leona fue condenado al garrote vil, pero murió en la cárcel. El cliente, Ortega, y Agustina, la curandera, fueron ejecutados. José, uno de los hijos de Agustina, fue condenado a 17 años de cárcel. La mujer de éste, Elena, fue absuelta. Y Julio el Tonto finalmente fue condenado a muerte también, pero resultó indultado por ser considerado demente.

Todavía viven personas en pueblos como Rioja o Gádor, que son capaces de recordar las coplas que corrieron en esos tiempos, ensalzando la figura del Cabo Mañas, que capturó a los despiadados autores.

El hombre del saco (también llamado: viejo del saco, viejo del costal, el hombre de la bolsa, el viejo de la bolsa) es un personaje del folclore infantil hispánico. Se le suele representar como un hombre que vaga por las calles cuando ya ha anochecido en busca de niños extraviados para llevárselos metidos en un gran saco a un lugar desconocido. Este personaje es caracterizado como un asustador de niños, y se utiliza como argumento para asustar a los niños y obligarlos a que regresen a casa a una hora temprana. Es similar al coco y al sacamantecas.

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