De tropero, a presidente

Por Nico Medes
Tomás Berreta. El batllismo agrario. Nació en Montevideo, en Peñarol Viejo en 1875. Descendiente de Garibaldinos exiliados, luchadores sociales contra las tiranías, su abuelo escapó de Buenos Aires luego de pelear contra Rosas.

Queda claro que proviene de familia colorada.
Su padre Juan Berreta era amigo de Don Pepe y debido a excesos policiales en el pueblo envía a Tomás a denunciarlo a la prensa.

Batlle trabajaba en “El Día” y de ese encuentro surgió una admiración mutua que duraría toda la vida de ambos.
Es conocida la afirmación de César Batlle Pacheco que afirmaba que su padre sólo confiaba en dos personas para el desarrollo de sus proyectos: Tomás Berreta y Domingo Arena.
Conjuntaba Berreta inteligencia y trabajo.
Comenzó trabajando la tierra con su padre, cortó trigo en las orillas del arroyo Miguelete y fue tropero, manos encallecidas desde niño y supo quebrar la cintura para llegar al campo, siempre tan abajo y sujetar las riendas del caballo tropeador, que en un instante pega un arranque en su andar, sin previo aviso, atrás de un novillo con ideas propias y si el jinete no está atento, hombre a tierra, pero hombre con vergüenza ante sus iguales.

El 20 de marzo de 1898 – terminada ya la revolución nacionalista encabezada por Aparicio Saravia que se selló con el pacto de La Cruz del 18 de setiembre del año anterior-el General Diego Lamas que había sido el segundo comandante, vencedor de Tres Arboles, sufrió un accidente al caer de su caballo lo que provocó su muerte. Un hermoso león de bronce, en reposo, recuerda hoy al brillante militar en las cercanías de Colón, donde se produjo el hecho.

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El encuentro Truman-Berreta (1947)

La noticia que circuló como un reguero de pólvora en las inmediaciones, trajo como consecuencia otro hecho trágico. En una de las pulperías que todavía se conservaban en la zona, un dirigente blanco comunicó a viva voz la mala nueva. Berreta que acababa de afeitarse en el lugar y disfrutaba de un momento de esparcimiento, pese a su condición de colorado notorio, se sumó a la lamentación general, pero omitió reconocerle al caído el grado militar que la revolución le había concedido. Esto provocó la ira del recién llegado que insultó a Tomás, con palabras hirientes que su contrincante supo contestar. Se produjo entonces un incidente, que fue superado por la intervención de los presentes. Pero más tarde los dos contendores volvieron a encontrarse: Berreta fue derribado de un golpe y respondió con un balazo que terminó con la vida de su oponente.
La Justicia intervino y Tomás Berreta, que tenía veintidós años, y el fallo fue de libertad por considerarse que había actuado en legítima defensa. Sin embargo, el recuerdo de este hecho doloroso lo acompañó, según quienes lo conocieron íntimamente, por el resto de su vida, como una carga en su conciencia. Y tal como no podía ser de otra manera, fue aprovechado políticamente por opositores, para dar otras versiones con las cuales se trató de ensombrecer cincuenta años después, su ascenso a la presidencia de la República.
Sus trabajos más formales en lo administrativo lo llevaron a ser escribiente de la Policía, fiscalizador de Impuestos, Jefe de Correos, Jefe de Policía de Canelones, Intendente y Concejal canario.
Se proyectó políticamente a nivel nacional siendo electo diputado por Canelones en los años 1922-1925 y en 1928.
Fue suplente del Consejo Nacional de Gobierno en 1927, Consejero Nacional de Gobierno entre 1931 y 1937.
Fue electo presidente del Senado en 1942 cargo al que renuncia para ser ministro de Obras Públicas hasta 1946 cuando es electo Presidente de la República y fallece el 2 de agosto de 1947.
Fue, como corresponde al desarrollo político batllista, periodista.
Pelea contra las dos revoluciones nacionalistas en 1897 y 1904, en esta última fue tomado prisionero.
Llevado, por su requerimiento, ante Aparicio Saravia lo increpa diciéndole: “el señor Batlle no es un bandido, es un patriota, y si Ud. Lo conociera no le haría la guerra”.

Al finalizar la guerra vuelve a su actividad política, el 6 de noviembre de 1904 funda su primer club político en Canelones, llamada Villa de Guadalupe.
Es la fuerza renovadora del batllismo incipiente junto a Emilio Frugoni encabeza una manifestación apoyando la separación de la Iglesia del Estado.

batlle y berreta-316-1_435x450Su línea de trabajo fue lógica, primero la organización del Partido siguiendo la prédica de Batlle.
Priorizó la organización de los clubes seccionales y las elecciones regulares de representantes de las bases.
Abre agrupaciones de jóvenes.
Su preocupación fue consolidar la autonomía departamental y crear cuadros partidarios en cada departamento.
La defensa de los trabajadores rurales y urbanos y finalmente la visión de las obras públicas como mecanismo de desarrollo , de dar trabajo y formar ciudadanía con la construcción de edificios que favorecieran lo popular mediante la Instrucción Pública.
Promovió también la construcción de carreteras y caminos vecinales con el objetivo que el productor rural pudiese llevar sus productos al mercado.
Interviene en las disputas entre el vitivinicultor, el productor y los bodegueros.
Para conseguir los dineros necesarios crea el Departamento Agropecuario del Banco República para conceder préstamos y se ocupe del desarrollo del sector.
Berreta introduce el problema agrario en las estructuras programáticas del Partido Colorado.
El Instituto Nacional de Colonización es obra de Tomás Berreta y su fundamentación surge del proyecto de ley: “ De todas las formas de política agraria dirigidas a obtener con efectos más inmediatos, un resultado económico-social concreto y de honda repercusión nacional, ninguna tiene más significación y trascendencia que el fomento de la acción colonizadora con un organismo especializado y dotado de recursos suficientes, que se encuentre en condiciones de promover, con la influencia decisiva de la técnica y de la práctica cooperativa la mejor explotación, asegurando la disponibilidad de la tierra al hombre de trabajo y el estímulo a su esfuerzo creador de riqueza”
Nada mejor que sus propias palabras al asumir la presidencia de la república el 1º de marzo de 1947, con su discurso en el Parlamento.
En el manifiesto que como candidato a la Presidencia de la República dirigiera al país expuse mis propósitos con claridad y detenimiento; hoy enaltecido por la consagración del sufragio popular, los ratificó, afirmándome en la decisión de poner todas mis energías en conseguir su realización.
Estas circunstancias harían obvia su reiteración ante la Asamblea General, entendiendo que en la solemnidad de esta ceremonia, más que el aditamento o desarrollo del programa enunciado, lo que cabe es la exposición leal de la actitud de conciencia con que fuera concebido y con que me dispongo a cumplirlo.
La ciudadanía, en elecciones libres, que acreditan una vez más la austeridad democrática del Presidente Amézaga, al transferirme el máximo honor me ha impuesto también máximas obligaciones, a las que trataré de responder, sin apartarme y sin consentir que nadie se aparte de los deberes y derechos constitucionales.
He sido y soy un hombre de acción y de partido que no ha rehuido la lucha, sino que la contrario se ha entregado a ella con ardorosa sinceridad.
Pienso seguir luchando hasta el límite de mis fuerzas, pero comprendo que debo librar mi espíritu de ofuscaciones, encarando con amplitud y ecuanimidad las severas responsabilidades que el mandato de la soberanía comporta.
Puedo asegurar que no traigo pasiones ni me mueven sensualidades sino el afán de honrar con una labor inspirado en el bien colectivo a una Democracia que, afirmando su autenticidad, me ha honrado de modo singular al elevarme desde los planos sociales más humildes a la Primera Magistratura del País.
No soy más que un hombre de trabajo que ama a su Patria y tiene fe en sus destinos.
Hacerla grande es noble ambición pero es también empresa que desborda la capacidad de un gobernante y aún de una generación.

Y mi mayor anhelo es el de que, al cabo de mi mandato y al reintegrarme al seno del pueblo, pueda hacerlo con la tranquilidad de haber cumplido con mi deber, y, a lo más, que los que vengan después y nos juzguen puedan decir que se trabajó con honrado empeño por el progreso común.
Nuestro país es uno de los más pequeños de América, considerado en su área territorial; pero es grande por espíritu de libertad, por su afán de superación social, por su sentido de la democracia.
Si por algo otros pueblos nos quieren y hasta nos admiran, es por eso precisamente.
He recibido estos días, a lo largo de mi viaje, demostraciones altamente expresivas, a las que se agrega hora la prestancia singular de las misiones de cuarenta países que asisten a la transmisión de mando. Estos homenajes no están dirigidos a un hombre modesto, aunque él haya sido investido de una alta representación, sino a nuestro pueblo que, no obstante su exigüidad demográfica, tiene un indudable gravitación moral.
Conservar y acrecentar ese patrimonio es nuestra aspiración y nuestro deber.

Para ello, sin cerrarnos a ninguna influencia mejoradora que venga de afuera, pero procurando extraer en lo posible de nuestra propia experiencia los materiales necesarios para la obra, tenemos que ir perfeccionando nuestros institutos sociales de modo que cada hombre pueda gozar de un nivel de vida suficiente en lo físico y en lo espiritual.
Estas conquistas, para ser efectivas y duraderas, tienen que estar basadas en una economía próspera.
Hay que asegurar una cada día mayor justicia distributiva pero, si no se crean riquezas, la equidad de la distribución no será más que ilusoria. Para hacerla real superar las dificultades propias de un período universal de escasez y abrir cauces nuevos al progreso en todos los órdenes de la vida, se impone la necesidad de incrementar la producción.
Acabo de regresar de los Estados Unidos de Norte América.
Además del vehemente deseo de conocer este extraordinario país, sus grandes adelantos y sus grandes hombres, un sólo móvil me condujo, el de obtener el apoyo de su gobierno para que se nos vendieran máquinas.
Lo que necesitamos, expresé, seguro de contar con el consenso de la opinión de mis compatriotas, no son ayudas financieras o de otra naturaleza; lo que necesitamos son herramientas para aumentar el rendimiento del trabajo y labrar con él nuestro bienestar, contribuyendo, en la proporción de nuestras posibilidades, al esfuerzo reconstructivo del mundo.

Dentro de este orden de preocupaciones haré cuanto esté de mi parte, promoviendo y protegiendo el desarrollo de las actividades útiles, agrarias e industriales.
Espero contar para ello con la colaboración del Parlamento, como éste habrá de contar con la del Poder Ejecutivo.
Y espero algo más, ya que el proceso económico se desenvuelve en gran parte al margen de la acción estatal, y es que las energías del país, representadas en este aspecto por las clases laboriosas, se apliquen a esta obra con potencia y confianza renovadas.

La gestión gubernativa está condicionada por factores externo vinculados a los sucesos universales a cuyo curso no podemos sustraernos, y, por circunstancias internas, en cuyo proceso cabe una mayor intervención.
A este último respecto, la bondad de la gestión no depende de la voluntad del Presidente y la aptitud de los Ministros.
Dentro de nuestra estructura institucional, el Parlamento tiene una acción y responsabilidad paralelas y la eficacia de la obra de gobierno está fundada en la concurrencia armónica de propósitos y esfuerzos constructivos.
En lograrla pondré mi empeño decidido, esperando reciprocidad y confiando en que, por encima de las diferencias que acusa la posición de cada sector, habrá de prevalecer el designio superior de servir los intereses nacionales.
No se me oculta que los horizontes del mundo no están totalmente despechados; que perturbaciones de orden político, social y económico lo siguen agitando, y que es imposible prever los acontecimientos que nos esperan.
Si ellos son favorables, como lo deseamos fervientemente, el camino de nuestra obra será allanado; pero si fueran adversos, un deber ineludible habrá de imponerse a la conciencia de todos: el deber de hacer más estrecha y más firme la solidaridad en el resguardo de los bienes comunes.

Pues bien. El 2 de agosto de 1947, a cinco meses de haber asumido la Presidencia de la República, desaparecía físicamente don Tomas Berreta .

Los uruguayos de su tiempo, así como los actuales, hemos pasado raya y mayoritariamente declarado que aquel hombre nacido en cuna humilde fue un gran hombre y un gran ciudadano que mucho, y muy bueno, agregó a lo ya encontrado.
Alguien que frecuentó su intimidad amistosa, que le rindió, además el homenaje de su admiración desde las páginas de un libro exquisito – de esos que habrá, algún día, que trasegar a la desmemoria – el profesor Daniel Vidart, escribió respecto al momento dramático de su muerte: ´´El pueblo Uruguayo se sintió frustrado, se sintió burlado por la historia ante la pérdida de un conductor salido de su propia entraña.
Pocas veces había sido alumbrada la esperanza colectiva por una tan unánime e intensa promesa de pública felicidad.
Aquella palpable, aquella colectiva esperanza había sido promovida por la obra de un político que jamás consintió en ser un promesero y estaba avalada por la estatura de un estadista corroborado por sus realizaciones.

Tales realizaciones eran ajenas a los afeites de la oratoria y al almíbar de los discursos, esos salvavidas verbales utilizados por quienes no se le animan a los hechos y no hacen pies a las islas de la realidad cotidiana y al cabo naufragan en las aguas turbias de los manifiestos incumplidos’’

Un comentario en “De tropero, a presidente

  • el 26 febrero 2016 a las 11:51
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    jajajaja en la epoca de batlle no habian las liceciaturas sino berreta no era tropero pero queda mejor tropero berreta que licenciado berreta…jajajajajajaajaja

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