El penúltimo tramo

Por COMOUSTÉ
En el año 1980 en el campo había una crisis salada, no entraba un cliente al estudio ni a pedir un vaso de agua. Tan es así que casi todas las semanas me regalaban un par de corderitos, porque tenían que hacer espacio en el campo, para que las pasturas las consumieran lo que servía y los corderitos no valían nada y los carneaban y estaqueaban los cueritos en los tejidos y yo me los traía en la valija del auto, tan es así que venía asqueado del olor a la grasa de oveja, manejando trescientos kmts y los cueritos los vendías para forrar los volantes de los automóviles.

Tenía un freezer en Montevideo con no menos de cuatro o cinco corderos, que los iba consumiendo los fines de semana a la parrilla.
Había un cliente apodado “el Gallego”, un medianero, que vivía metido en los bancos sacando préstamos y le iba de mal en peor, con los bancos y con los particulares, un día me dijo “mirá si un día amanezco sin ninguna deuda, me da un infarto y me pelo, porque sin deudas y líos no podría vivir, no sabría qué hacer”.

La enfermedad de mi socio se iba llevando muy bien con el tratamiento en EE.UU., la había bajado fuertemente las defensas con la quimio y todas las cosas que le hicieron los médicos gringos, pero el verano lo traía mal con el brutal calor, y allá meta y ponga con el acondicionador de aire, y salía y volvía para adentro arrebatado por el calor, hasta que con el aire acondicionado y con las defensas muy bajas, se agarró una congestión y como no hizo fiebre, cuando quisieron darse cuenta estaba gravísimo y murió de una vulgar pulmonía, al que le estaban haciendo el tratamiento por un cáncer a la pleura.
Parece paradójico.
tramo-339-2-435x450Trajeron el cuerpo para acá.

Uno en estas bravas va aprendiendo, fuimos al aeropuerto y de la carga del avión apartaron un conteiner bastante chico y lo abrieron y entre todas las cosas que sacaron había un cajón de buena madera, parecía por el color cedro y lo apartaron y los demás paquetes los volvieron a meter en el conteiner y se lo llevaron.
Los de la cochería abrieron el cajón de cedro y adentro venía un ataúd de metal de un tamaño bastante importante.
Cuando uno ve eso se queda perplejo, cuando recibe cosas del exterior que vienen en bodega y en la bodega viene de todo. Absolutamente de todo.

Llevaron el cajón metálico a la casa mortuoria, y quiero dejar bien claro que la madera que cubría al ataúd metálico, era mucho mejor que las maderas que se utilizan para confeccionar los ataúdes nacionales.
Cuando abrieron el cajón metálico estaba la esposa y las hijas y yo me imaginaba cualquier cosa, y el cuerpo estaba en mejores condiciones que cuando salió de acá vivo.
Además en perfecta posición, yo pensaba que podría haber llegado con un brazo para un lado y una pierna para el otro, con los pozos de aire del vuelo, para nada, perfecto, y peinado como nunca lo había visto tan bien peinado.
Me comentaron por ahí, que cuando el paciente muere le cambian la sangre por siliconas y el cuerpo mantiene su forma, pero leyendo me enteré que no son siliconas, sino un producto compuesto de los elementos que detallaremos más adelante, claro que también interesan otras partes.
El proceso de embalsamar lo inician con un lavado del cadáver procurando vencer la natural rigidez post mortem dependiendo del tiempo que se quiera preservar el cuerpo se puede someter a una limpieza total de fluido sanguíneos y retirada por aspiración de vejiga e intestinos.

Después de liberar el cuerpo de todos estos restos se procede a tratarlo con una mezcla conservante que se extiende por todo el cuerpo aprovechando el sistema arterial.
Se abre una arteria por el cuello y por medio de una bomba se introduce el líquido conservante en el cuerpo.
Esta mezcla es de composición variada por lo que he leído suele incluir los siguientes ingredientes básicos: formol, ácido fénico, glicerina, alcohol, colorante y agua.
Lo maquillan dándole color a la piel pero el mismo tiene que ser natural, no muy cargado, para que no se note.
El susto que yo tenía por lo que podría pasar no lo fue, no se dio, porque sin perjuicio que lo que había vivido la familia en le exterior y todo el penar de nueve meses, estaban más preparados que yo, que no sabía absolutamente nada y que todo me agarró de sorpresa, sin ser un tonto que sabía que podría pasar esto, pero como no hubo un anuncio previo de la gravedad de la cosa, no me la esperaba.
Una vez finalizado el velatorio, varios amigos había ofrecido sus panteones para el sepelio, y en eso con el yerno, habíamos estado más despiertos y nos fuimos tempranito al cementerio a ver si tamaño ataúd entraría en los panteones de estilo.
Discretamente lo medimos con cuartas, como quien está examinando el féretro, pero simplemente lo estábamos midiendo.
En el cementerio vimos las bocas de los tres panteones ofrecidos y calculamos que entraba por la boca de los mismos.
Pero no calculamos que los panteones que tienen una cúpula sobre el suelo tienen en la boca de entrada, una garganta y ahí empezó la complicación.
El personal del cementerio abría los panteones y se empezaba a meter el ataúd y había que sacarlo porque pegaba contra la garganta o recodo que lleva al lugar de depósito del ataúd y había que volverlo a sacar porque no entraba.
Entró recién en el tercero que no tenía esa curva sino que se llevaba directamente al fondo.
Parecía de una película de locos, todo el cortejo con personas, coronas y demás iba de una parte a otra del cementerio y los que no estaban en la cosa, pensarían que era un entierro de locos, o se estaba filmando una película de humor negro.

Claro que este fue el principio del tema de los dueños de los panteones, porque un sarcófago de acero no se descompone ni destruye tan rápido como los de madera y un cuerpo momificado, hay sólo una manera para que se descomponga.
La gente que presta un panteón espera contar con él dos, tres o cuatro años, y ahí vino otro tema, sacarlo, conseguir otro lugar y luego al final de todo, sacarlo del sarcófago metálico y cremar el cuerpo, que ese es el único camino definitivo.
Ese capítulo duró años y el féretro visitó varios panteones hasta el destino final.
Pero mi destino como socio, se basaba fundamentalmente en una sociedad entre dos amigos que nos conocíamos perfectamente y sabíamos lo que dábamos y poníamos cada uno de nosotros.
Pero mi sociedad no era con una viuda, cuatro hijos y un yerno, ni tampoco que yo dejara mi escritorio de Montevideo, y mi empleo muy bien remunerado y me radicara en el interior dejando o trasladando a mi familia.
Le expliqué a la viuda que mi sociedad terminaba ahí y que se consiguieran otro profesional que se radicara en el pueblo o del pueblo mismo.

Ella lo tomó a mal, pensó que yo era comprable o que integraba su herencia, me quería a mí , y no acepté bajo ningún concepto ni siquiera discutí los términos de la sociedad, porque yo ponía absolutamente todo y corría todos los riesgos y ellos recibían la cosecha, sin plantar una semilla.
Podrá parecer ingrato pero no iba a hipotecar mi familia y mi vida a una cosa que tal vez caminara bien, cuando lo mío caminaba perfectamente bien sin ningún riesgo ajeno, corría mis propios riesgos.
Al fin consiguieron a otro para seguir el negocio, era oriundo del pueblo, y trabajó un tiempo, no demasiado, hasta que se hizo conocido y después de estableció por cuenta propia a media cuadra y se quedó con toda la clientela.
Dejó de ser un socio a porcentaje, a ser patrón de sí mismo a un cien por ciento de las utilidades, claro que no se dio cuenta, de una cosa que yo me di cuenta de entrada, si se vive en un pueblo chico, en el boliche se conoce mucha gente, pero no es un lugar para frecuentar asiduamente.
Yo le encargaba a la empleada que me trajera tres chuletas redondas y me las hacía a las brasas en la estufa, porque cuando iba a comer al restaurante, boliche, agencia de bagayeros, y parada de ómnibus, gastaba un montón de pesos, retribuyendo los convides de los clientes, porque la ley de juego en todos lados, si te mandan una vuelta, y la aceptas tienes que retribuirla y cuando quieres acordar tienes 8 o 9 copas haciendo cola para entrar por el garguero y a la mañana siguiente tienes un duelo de tambores en dentro de tu cabeza y tienes que atender a la gente con una sonrisa y resolver los problemas que los clientes te plantean.

Este muchacho no razonó la fama del boliche y terminó siendo un alcoholista y perdiendo la mejor o la mayor parte de la clientela, con decir que ya no existe más el estudio, sino que atiende al que le va a su casa.
También hay que tener mucho cuidado con los que se les da abrigo en el estudio.
Tuve la mala experiencia heredada de mi socio, de un viejo estudiante de derecho, alcoholista por unanimidad, que siendo hijo de un gran abogado con mucho prestigio en el departamento, mi socio le permitía atender en su estudio una vez por semana.
Lo tuve en mi período, y unas clientas a las que les tenía que hacer un trabajo muy importante y en consecuencia con muy buenos resultados pecuniarios para mí, los atendía no sé por qué asunto, este abogado sin título, las recibía en su pieza.
Cuando se concretó mi trabajo, me enteré que este delincuente les había cobrado lo mío, los del agrimensor y había desaparecido del pueblo.
Años después yendo por la carretera, me pareció ver un auto igual al suyo, marca, modelo, y color reventado contra la cabecera de un puente, me acordé de él y lo vituperé para mis adentros.

Efectivamente, después me enteré, que era su auto y que él se había matado en el choque y que venía mamado por unanimidad y el sí bebe no maneje, como dice el slogan del gobierno, y menos, digo yo, mamado hasta las patas.
Pareamos por acá nomás y que todo sea para bien…

Un comentario en «El penúltimo tramo»

  • el 5 agosto 2016 a las 09:41
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    Que buena historia. Siempre nos hicieron creer que aquella epoca era la de las vacas gordas por lo que leo parece otro pais.

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