Ella lo invitó con un café

Por Lorenzo Olivera
Lo que él le entregó te sorprenderá. En mi familia se practicaba la caridad humana, no la cristiana. Lo recuerdo desde niño, que mi viejo, que se crió huérfano de padre y madre, con una tía soltera y una abuela y a los 12 años con una brocha y un balde de cal blanqueaba paredes.

Trabajó y se hizo un oficio y sacrificando el físico, hizo un título en la UTU y su pasar fue mejorando.
Me contaba que tenía dos empleos y en uno le decía al patrón que le guardara el sueldo para comprarse un auto y cuando calculó que tenía lo suficiente, le pidió su dinero al patrón y este le dijo que no tenía nada que darle.
Fue una gran lección la del patrón-ladrón, en la vida n se puede confiar ni en los bancos, pero siguió luchando igual o el doble.

Recuerdo que contaba que durante la Segunda Guerra Mundial tenía tres automóviles, para sacar los vales de racionamiento de combustible y poder hacer funcionar uno.
En el 44 vendió un Ford A en $ 90 porque la guerra parecía que no iba a terminar nunca más.
En casa hay muchas fotos de familia muy viejas, amarillentas, casi sepia, las que me interesan no pude copiarlas para el artículo, y en las mismas están mi viejo, mi vieja y mis dos hermanos, yo no estoy porque no había llegado aún pero nunca faltaba un negrito, con una buena preñada (refuerzo) de mortadela, que era la costumbre de mi viejo hacer comer a los chiquilines de la calle y en especial a los negritos.

El no les daba dinero, porque podría derivar en vicios, sino que la caridad la practicaba con comida.
Lo siguiente me trajo a colación nuestra vida, aunque la anécdota es del primer mundo, pero igualmente válida.
Una estudiante de nombre Casey, se dirigía una mañana a la universidad, como de costumbre su camino era pasar por el centro de la ciudad.

Hacia demasiado frio y sus pasos apresurados que hacían que el viento golpeara en su cara, se lo provocaban aún más.
Casey se detenía en una avenida esperando a que el semáforo le diera el cruce. Su mirada se desvió hacia un indigente que con mucho trabajo se agachaba y recogía las monedas que la gente le dejaba.
Ella no podía dejar de verlo, por alguna extraña razón lo siguió con la mirada, notó como el hombre apenas caminaba y extendía su mano esperando obtener más monedas, teniendo poco éxito.

El indigente frotaba sus manos con rapidez intentando quitarse el frío. Casey se había perdido durante algunos minutos observando todo lo que aquel hombre hacía.

Tenía un aspecto sumamente descuidado, la mirada vacía y perdida.
Casi se olvidó de su destino y buscó la cafetería más cercana, con ese frío que hacía definitivamente necesitaban de un café.
Si, efectivamente ella pensó en ambos.
No entendía porque ese hombre la hacía sentir de esa manera tan extraña, pero daba igual, no importaba.
El hombre se había acomodado en una banca y contaba las monedas que tenía en su mano, seguramente quería ver para qué le alcanzaba, no podía imaginarse cuantos días habían pasado sin que ese hombre no probara ni un bocado.

Se acercó a hablarle pero el hombre parecía no hacerle mucho caso.
Tal parece que nunca antes nadie se había acercado a él. Casey le estrechó un café y de su abrigo sacó un pequeño bocadillo, el hombre sin dudarlo los tomó.
Se sentó a su lado y comenzó a charlar con él.

El tiempo pareció transcurrir muy rápido.
El hombre lucía entusiasmado.
Un desayuno y una compañía, habían hecho sacar sonrisas de él.
La gente pasaba y miraba con asombro a Casey, como advirtiéndole que tuviera cuidado, la ropa del hombre estaba muy sucia y descuidada, él lucía larga barba llenas de canas y parecía no haberse bañado en muchas semanas.
Sin embargo, a Casey eso no le importó.

El hombre le contó su historia a Casey, como desde pequeño había sido abandonado por su padre y como la pronta muerte de su madre a causa del cáncer le había afectado en gran medida.
Ella se mostró muy desconcertada y podía sentir el dolor del hombre.
Lo que más le dolió fue escucharlo decir que él deseaba ser el orgullo de su madre pero que no lo había conseguido, que bastaba ver cómo había terminado. Casey no podía dejar de escuchar todo lo que el hombre le contaba, por alguna extraña razón se había sentido atraída por él, era como si necesitara darle un mensaje y eso le causaba mucha curiosidad.
Se había perdido su primera clase pero no se arrepentía, sin embargo, debía llegar a tiempo a la segunda así que le anunció al hombre que debía irse.
El hombre con los ojos inundados en lágrimas le agradeció el desayuno y la compañía, así como el haberlo escuchado.

El hombre le pidió un trozo de papel a Casey y un bolígrafo, escribió rápidamente a como pudo una pequeña nota para ella.
Le pidió su mano, la puso en ella y la cerró.
Se despidió amablemente y se marchó antes de que ella lo hiciera.
Al abrir su mano y leer la nota, Casey se paralizó por completo y no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos.
¨Hoy, pensaba suicidarme, pero gracias a ti, no lo haré.

Te lo agradezco mucho, has sido para mí como un ángel, sinceramente eres una persona hermosa¨.
Casey encerró en su puño esa nota y la llevó a su corazón.
Sin duda alguna nunca sabemos el impacto que podemos tener en nuestros semejantes, por eso ¨siempre has el bien, sin mirar a quien¨.
Comparte para que la historia de Casey le sirva como reflexión a muchos.

Un comentario en «Ella lo invitó con un café»

  • el 16 diciembre 2016 a las 09:30
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    Increible no? parece q la chica le salvo la vida gran mensaje para el mundo cualquier cosabuena que puedas hacer por pequeña que te paresca estaras cambiando la vida de alguien como la chica con el indigente

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