Eran otros tiempos

Hace un tiempo lo leí no sé dónde y la frase era palabra más, palabra menos: “Las personas tienen valores, no tienen precio”. Un tanto equivalente a “Era tan pobre, pero tan pobre que lo único que tenía era dinero”.

Hay seres que todo lo contabilizan en pesos, eso son pobres por unanimidad, porque carecen de un amigo, no tienen ni perro porque es un gasto que no reporta ganancia y el hombre que tiene precio es una basura que se vende por un plato de lentejas y no vale nada.

Hoy me referiré a un profesor de antes, de la vieja facultad, que llegó a ser Decano de la misma.
Nunca ejerció ni hizo un peso, simplemente fue un profesor de profesores.

Le decían el Canario, a espaldas de él sus alumnos y sus amigos también, pero no delante de terceros, porque los apodos y nombretes eran para uso exclusivo de los dicentes y no para uso de la patota.

El apodo también debe de haber tenido su origen en un sombrero que utilizaba muy alerudo, tipo sombrero de tropero.

Conocí al padre de un amigo, que lo bocharon en una materia y por el resto de sus días no le dirigió la palabra ni el saludo a todos los integrantes de la mesa que lo había bochado.

Hubo en aquellos tiempos un concurso para proveer una cargo docente, salió segundo, cosa que hoy en día, daría a muchos para tirar cohetes, pero él, ser segundo no le interesaba, tenía que ser primero, pero fue tal la bronca que se agarró, por lo tal hecho, que él lo consideraba una injusticia ofensiva, estamos hablando de tribunales en serio, no de esos de pacotilla, que se forman para acomodar a uno.

Tal era la bronca, que se fue a la casa a buscar un revólver para matar al Presidente del tribunal al que él consideraba que lo había bombeado.

Sus amigos, compañeros de estudio, hoy profesionales y docentes lo quedaron esperando a la entrada de la Facultad y estuvieron forcejeando con él un rato largo hasta que lograron desarmarlo.

En este lugar fueron los forcejeos

Esto que cuento me lo contaron sus amigos apartadores, con él, este tema nunca lo tocamos.
Recuerdo en mi época que un estudiante había sido bochado con todas las garantías, o sea una mesa con tres integrantes profesores titulares preguntando y anduvo haciendo aspavientos que iba a “tapar” (trompear) al profesor (Presidente de mesa) y se paseaba por la escalinata de la Facultad, del lado de la calle, como buscando que aparecieran los apartadores.

Pero eran otros tiempos, nadie lo sujeto para nada, si le quería pegar que le pegara, privó el “no te metás” y pienso yo ahora que si le llegaba a tocar un pelo a un profesor, lo mínimo que le iba a pasar era perder definitivamente su calidad de estudiante, pero la solidaridad de los compañeros no llegaba ni a eso, de evitarle que lo borraran definitivamente del fuero universitario.

Cuando llegó el profesor, venía cargado con las dos manos ocupadas por un montón de libros, que traía para devolver en biblioteca y el estudiante ni lerdo ni perezoso, vio la oportunidad de meter un garrón y se le fue al humo.

El profesor largó los libros y a pesar de la diferencia de edades, lo curtió a trompadas, le deben de doler todavía los golpes recibidos y de asco ni siquiera lo denunció a las autoridades para que lo sancionaran.

Con el Canario, trabajábamos, por esas cosas de la vida, en el mismo local, en dos oficinas independientes entre sí y una pública y la otra privada, pero que se comunicaban interiormente, en mérito al servicio que prestaban y no existía la burocracia de hoy.

Incluso yo tenía la llave para abrir y él no me saludaba, ni por cortesía de vecindad, porque sabía que yo era estudiante de su carrera y pareciera que para él el saludo fuera una implicancia.

En los exámenes era muy exigente y en mi carrera el era catedrático de 2 de las 31 materias en las que consistía la misma.

Cuando uno dice 31 parece tan poco el número, pero algunas llevan un año entero y más, en aquella época de paros y huelgas nuestras, en que muchas veces las clases empezaba en octubre, en vez de marzo, se suspendían en diciembre y se reenganchaban en febrero hasta terminar el programa.

Hoy hacen paros y el programa de 25 bolillas, se dan 14 con suerte y preguntan sobre las 14 bolillas dadas y las demás si te he visto no me acuerdo.

Tuve una profesora, que actualmente me le encuentro con sus noventa y tantos años, haciendo las compras en el supermercado, supervisada por su hijo, que preguntaba cosas que habían sido derogadas.

Ante nuestra protesta, nos contestaba que era por si nos encontrábamos con alguna documentación en que las normas derogadas estaban vigentes.

Nunca me tocó un caso de normas derogadas en mi largo ejercicio profesional, pero igual, cuando la veo ahora viejita, la abrazo y le doy un beso y agradezco a su mente que todavía me reconozca por mi nombre.

Muchas de las materias las estudié por mi cuenta y di el examen cuando consideraba que estaba pronto, y algunas, tres, me llevaron más de un año cada una, estudiando solito, yo y mis libros.

Perdí dos exámenes en toda mi carrera, por una razón elemental, sobreestimé mis conocimientos de la materia y no la estudié debidamente, porque la práctica de dicha materia la había salvado con SMB y en el oral que versaba sobre la teoría del mismo tema y la reputé sabida y como en la mesa me conocían y sabían lo que sabía, me preguntaron lo que sabían que me podría haber timbeado y ahí marché.

Volviendo al Canario, lo esquivaba en las mesas de sus materias permanentemente porque era muy bravo de salvar.

Como un año daba una materia y al siguiente otra, la materia la di con otros profesores menos severos, a mi criterio, o les tenía menos miedo y las salvé cómodamente.

Pero al Canario le tenía terror.

Cuando me recibí, el no saludo se transformó en una franca amistad, tan es así, que el vivía cerca de mi estudio y mandaba al mozo del boliche, para que me avisara que me estaba esperando, para tomar unas copas juntos.

Con el tiempo fue el profesional que atendía sus asuntos y fuimos muy compinches.

Claro que si daba examen con él me hubiera bochado si patinaba como a cualquier hijo de vecino.

Faltan hombres de la talla del Canario y sobran los de la mal llamada gauchada.

Cuando se tuvo que mudar porque se iba poniendo viejo él y la patrona y la casa le resultaba más pesada, me vendió todo el archivo Artigas por mucho menos de lo que valía, porque sabía que yo era un enfermo estudioso de la historia nacional, al igual o parecido a él, y en especial a don José.

Inclusive me vinculó, con otro fanático artiguista, que sacaba una publicación de historia nacional.

Era diabético y cuando andábamos por afuera, el pensando en voz alta decía, “¿qué chupé ayer?, ¿Qué comí ayer? ¿Qué voy a chupar hoy y qué voy a comer hoy?” y con ese cuestionario que se formulaba, calculaba la dosis de insulina que se daba en la barriga, él mismo.

La ecuación no era nada fácil, porque había que conciliar asado con cuero, con achuras y bien regado con whisky, versus años y páncreas deficitario.

La asesina silenciosa de la diabetes, lo estaba dejando ciego, a un gran lector de toda la vida y un gentil infarto se lo llevó, sin que tuviera que soportar una ceguera o una amputación.

Era uno de los hombres que cuando la dictadura de Terra puso una bomba en una de las ventanas del Palacio Santos.

No era un ser de tantas teorías, sino supo también ser un personaje de acción en su juventud.

La patria algún día volverá a parir tigres de su misma laya.
Que todo sea para bien…

Un comentario en «Eran otros tiempos»

  • el 1 enero 2016 a las 11:26
    Enlace permanente

    Hola. Feliz 2016. Estoy segura quel dicho se lo escucho decir a Sabina en la cancion POBRE CRISTINA que dice esto,
    Era tan pobre
    Que no tenía más que dinero,
    Besos de sobre
    Herencia de su padre naviero.
    Anfetaminas
    Y alcohol desayuno Miss Onassis,
    Pobre Cristina….
    era esa no?

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