Batalla de las Piedras

Por formación siempre me identifiqué como oriental, porque considero más apropiado que el termino uruguayo lo utilicen más los extranjeros para con nosotros, que nosotros entre nosotros mismos, porque llevamos el oriental en nuestro corazón.

También debo confesar que me molestaba sobremanera cuando la época de la dictadura tener que encabezar todos los escritos con el manido “Año de la Orientalidad”.

No soy quien para corregir a nadie pero para mí todos los años y todos los días del año son nuestros días de la orientalidad.

Asimismo pongo en el frente de mi casa el pabellón patrio, en las conmemoraciones de tal naturaleza, aunque corra el riesgo que un estúpido me diga: “”Ché, ¿hoy juega Uruguay?”

Y todo empezó con la historia que escribieron unos pocos, a lanza, sable, chuza y bola, en el momento oportuno, costándole la vida a muchos de esos escritores de ocasión, pero fue allí en Las Piedras, con don José y eran unos pocos, porque en definitiva todos éramos muy pocos y la escribieron hace doscientos cinco años y no ahora con el diario del lunes.

Si comparamos con los ejércitos que se masacraban en Europa, acá se armó un país, paso a paso, con canarios y maragatos de las islas Canarias en pésima situación de miseria y engañados, porque en lugar de arado les daban un palo, no sé si en la mano o en el lomo, a pesar de que algunos la quieran escribir con el papel y el lápiz de hoy, como hubo otros malos orientales que tenían un odio visceral a nuestro prócer, antes dos profesores, alguno hoy fallecido y algún otro que todavía no al que se le ha acoplado un nuevo escudero.

Pero siempre llevaré en mi corazón a don Eugenio Petit Muñoz, que consagró su vida al estudio del héroe de los orientales.

Cumpliendo con el ritual paso a narrar que el 18 de mayo de 1811, Artigas obtuvo su primer triunfo militar, en la batalla de Las Piedras, sobre fuerzas españolas salidas de Montevideo para detener el avance de las columnas patriotas que marchaban sobre ésta.

“El hecho mismo –dice Artigas en el parte de la victoria- demuestra bastantemente la gloria de nuestras armas en esta brillante empresa; la superioridad en un todo de la fuerza de los enemigos, sus posiciones ventajosas, su fuerte artillería y particularmente el estado de nuestra caballería, por la mayor parte armada de palos con cuchillos enastados, hace ver indudablemente que las verdaderas ventajas que llevaban nuestros soldados sobre los esclavos de los tiranos, estarán siempre selladas en sus corazones inflamados del fuego que produce el amor a la patria”.

“Dio a la revolución, dice Zorrilla de San Martín, su primera victoria en el Plata”.

“Ni una gota de sangre manchó las manos del vencedor.

Artigas personalmente defendió a los fugitivos, e hizo de ello siempre un título de honra; lo consigna expresamente en el parte de la victoria.

Después de la batalla se verificó el canje de prisioneros, el primero realizado en América, de acuerdo con las leyes de la humanidad y de la guerra”

“La humanidad fue el rasgo característico de este hombre de bien.

Nadie lo superó en esta virtud; muy pocos lo alcanzaron”.

La batalla de Las Piedras retempló en toda América el espíritu de la Revolución de Mayo.

Para tener una pequeña idea en la batalla de Las Piedras decimos que se enfrentaron unos 1000 patriotas armados de coraje, contra unos 1200 realistas con experiencia militar y armas adecuadas.

Que les quede bien claro que no fue Waterloo, ni nada parecido. El caudillismo de Artigas lo llevó a conductor de fuerzas armadas por hechos acordes a las circunstancias, no tenía formación castrense, pero era un hombre hecho en las faenas del campo entre gauchos e indios, le gustaba el chiripá y la libertad, eso que nunca llegaron a entender los de la Logia Lautaro ni otros aristócratas porteños.

Artigas por el contrario de otros conductores como Napoleón, Bolívar, por nombras dos nomás, no tenía ambiciones de perpetuarse en el poder como Napoleón que se devino emperador y coronó reyes a sus parientes o Bolívar un aristócrata que quiso ser dictador de Nueva Granada, y traicionó al gran Miranda, entregándolo atado de pies y manos a los españoles para que lo mataran, sino que en Artigas tenemos al libertador sin ánimo de verdugo ni de perpetuarse en el mando, que cuando lo fueron a buscar al Paraguay para convertirlo en títere de los que mandaban, viejito ya, le contestó a su hijo Carlos María Artigas, ¿Cómo, aún suena mi nombre en su patria?.

La llamada Batalla de las Piedras, es una pelea entre un ejército español, con fuerzas montevideanas, contra vecinos y parientes, a las pruebas me remito, de los 1.200 efectivos españoles, a poco de empezar 200 se cambiaron de bando.

Hubo 97 muertos y 61 heridos.
El parte de la batalla de don José Artigas en una descripción de las fuerzas es bien clarito quienes tenían las armas y quienes tenían el coraje.

La fuerza enemiga constaría de 400 o 500 hombres de infantería con cuatro piezas de artillería, dos obuses de a 32 y dos cañones de a 4, con 64 artilleros buenos: de 16 hombres de dotación en cada cañón y 459 que componían la caballería.

Las fuerzas de la división oriental, se componía de 600 hombres de caballería mal armados y 400 infantes con los dos cañoncitos de a 2.

Gran parte de este ejército patrio, luego de participar en distintos eventos pasó a formar el ejército del Norte de los porteños compuesto entre muchos otros de 100 integrantes del Cuerpo de Blandengues.

El que peleó fue el pueblo que después se transformó en ejército y este a su vez fue parte del ejército de la independencia de América del Sur.
La historia ya fue escrita en tiempo y forma por estos valientes que vestidos con jergas y mal armados con tacuaras transformadas en lanzas caseras se impusieron a un ejército de formación europea.

Uno de los que aguantó hasta el final del lado español fue el poeta Francisco Acuña de Figueroa, que ante necesidades que tenemos todos los humanos de alimentarnos se volvió furibundo patriota de última hora y compuso el himno nacional que siempre hace referencia a los orientales.

Se había vuelto tan anti opresor que también escribió el himno paraguayo
No nos ponemos más la moña azul y la túnica blanca y cantamos el himno el 18 de mayo que pasó a ser un día más, común y corriente.

Unos años más y con la crisis que surja oportunamente se eliminará el feriado laborable, por no tener ya razón de ser.

Esto me hace acordar a un cuento de Mario Benedetti, que el neoyorkino se hace lustrar los zapatos por un negro y luego le dice lustrabotas.

Qué lindo fue y cuanto nos sirvió aquello de sentir a un pueblo entero clamar “¡¡¡TIRANOS TEMBLAD!!! ¡¡¡TIRANOS TEMBLAD!!!”

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