La excepción no confirma la regla II

En el número anterior habíamos llegado a cuando se juega con reglas que no perjudican a los demás, cuando uno cree, lo que sea, por cuenta propia, sin imponérselo a los demás ni sacarle un lucro indebido a terceros con falsas creencias o con engañarlo en las necesidades que tienen terceros y aparentar satisfacerles las necesidades de salud, trabajo, amor, etc.

Ahora bien, cualquiera puede equivocarse de camino.

Resulta evidente que necesitamos un criterio que nos permita diferenciar entre que opciones tienen más probabilidades de dar frutos.

Debemos optimizar esfuerzos con la intención de no estar haciéndonos las mismas preguntas durante siglos.

Los antiguos griegos pensaron en la probabilidad de que la Tierra se moviera alrededor del Sol, y trabajando en esa dirección hemos llegado hasta los confines del Sistema Solar tras visitar todos nuestros planetas vecinos.

Por el contrario, también se preguntaron sobre si lo que percibimos es la realidad o sólo una sombría interpretación que de ella hacen nuestros sentidos, incapaces de ver más allá; más de veinte siglos después, seguimos preguntándonos exactamente lo mismo.

La diferencia fundamental está en la contrastabilidad de la hipótesis o, lo que es lo mismo, en la capacidad que tenemos de poder invalidarla o comprobarla.

Si una hipótesis es invalidabley verificable, no podemos utilizarla para avanzar en nuestro conocimiento, dado que estamos condenados a permanecer eternamente en la pregunta.

Esto no quiere decir que toda hipótesis pueda ser contrastada en un tiempo razonable.

Podemos postular la existencia del monstruo del Lago Ness (algo invalidable pero verificable) o que todos los cuerpos que orbitan una estrella son esféricos (algo inverificable, pero validable).

En el primer caso, bastaría con capturar a un plesiosaurio en el lago escocés para verificar la hipótesis; en el segundo, bastaría con encontrar un cuerpo no esférico para refutarla.

En ambos casos habríamos avanzado: sabríamos que al menos un pleisosauriollegó hasta el siglo XXI y en el segundo, que existen cuerpos no esféricos orbitando estrellas.

Pero, ¿qué ocurre cuando no encontramos ni monstruos ni cuerpos irregulares dando vueltas al sol?

También en este caso ambas hipótesis tienen utilidad: cuando más tiempo pase sin poder verificar una hipótesis o sin poder validar otra, más nos inclinaremos hacia la hipótesis alternativa.

De hecho, sabemos que hay cuerpos irregulares orbitando estrellas, porque hemos validado la segunda hipótesis en numerosas ocasiones.

También sabemos que es muy poco probable que exista un pleisosaurio en el Lago Ness, porque tras décadas de exhaustivas búsquedas no hemos sido capaces de encontrar no ya un monstruo, sino ni un solo rastro o avistamiento fiable.

Nadie en su sano juicio tacharía de dogmático o de materialista a quien afirme que cuerpos irregulares orbitan el Sol, o al que dude de la existencia del monstruo del Lago Ness.

Es evidente que, en 2014, la existencia de Nessie es posible, pero poco admisible.

Siempre, claro, que no se hagan trampas; alguien podría argumentar: «Nessie existe, porque nadie ha demostrado lo contrario».

Pero se trataría de un razonamiento falaz, dado que es imposible demostrar que el monstruo del Lago Ness no exista, aunque hubo algún individuo que alimentó la teoría con un Nessie casero que navegaba bien por el lago hasta que descubrieron la patraña.

El problema viene cuando la hipótesis no es ni validable ni verificable.

Por ejemplo, la existencia de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real.

Por muchos siglos que transcurran, seremos incapaces de verificarla, dado que en la propia definición se constata tal imposibilidad y, por lo tanto, el paso del tiempo no representa un argumento en contra.

Tampoco podemos pretender validarla, dado que es imposible diseñar un experimento o una observación que la refute.

A todas luces, la hipótesis de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real es inútil.

No sirve para avanzar en el conocimiento, nunca podremos estar más seguros de su veracidad que de su falsedad y jamás sacaremos ningún provecho de ella.

Obviamente, en este caso sería igual de absurdo empecinarse tanto en su existencia como en su no existencia.

Simplemente, es un asunto que no puede considerarse, de igual forma que no puede considerarse la presencia de un universo de hongos inteligentes formado por antimateria y situado espacialmente de tal forma que jamás pueda intercambiar información con el nuestro.

Por poder, podemos creer en ello, pero deberíamos entender entonces que lo normal es que la gente dudara de nuestra convicción.

El filósofo Beltran Russell, con cuyos conocimientos llegaron a nosotros en la época del segundo ciclo de secundaria, que a juzgar por su aferro a la vida (vivió 97 años), no debía confiar mucho en el más allá, acuño en 1952 una analogía para ilustrar el hecho de que no corresponde al escéptico refutar las hipótesis invalidables de la religión, y que sirve perfectamente para todo tipo de hipótesis posibles pero no admisibles.

Russel decía que nadie podría refutar su afirmación de que una tetera lo suficientemente pequeña como para no poder ser observada por los telescopios más potentes, gira alrededor del Sol en una órbita elíptica situada entre Marte y la Tierra.

Pero -continuaba el filósofo- si afirmara que dudar de su existencia supone una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana puesto que la afirmación no puede ser refutada, la gente pensaría que estaba diciendo tonterías.

Sin embargo, si la tetera fuera mencionada en libros antiguos, enseñada cada domingo como verdad sagrada e instalada en la mente de los niños en la escuela, la duda sobre su existencia sería condenada con la hoguera o al psicoanalista, dependiendo de la época.

De aquí se deriva un problema importante.

Alguien puede creer ciegamente en el monstruo del Lago Ness, en los hongos de antimateria o en dioses esquivos.

Salvo a su propia inteligencia, no hace daño a nadie.

Sin embargo, tratar de imponer esa creencia a los demás escapa de la libertad individual para adentrarse en el adoctrinamiento irracional, en la alienación y en el oscurantismo.

En “El capellán del diablo”, Richard Dawkins refleja perfectamente este peligro, haciendo referencia precisamente a la tetera de Russel:

“La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té.”

El tema se complica cuando individuos inescrupulosos tratan de volver hacia su persona las supercherías que gente ignorante necesita.

Por ejemplo, salud, dinero, amor, que se puede llegar desde resucitar a un muerto, hacer caminar a un paralitico, conseguirle un excelente empleo a un desocupado o a un no fanático del trabajo que saque el cinco de oro o al impotente que pueda llegar a servir una dama o hasta un harem propio.

Tenemos grandes empresas con presuntos pastores que hacen fortuna, haciendo caminar a paralíticos que nunca lo fueron, sino meros cómplices que se prestan para actuar, vender esperanza a un público ignorante y desesperado por algo que carecen a cambio de un diezmo o donaciones.
Esta gente ha comprado las mejores salas de teatro o cines, como el ex Trocadero, el ex Cordón y anexaron el local de la ex Paseggi y últimamente el ex Plaza.

También tienen audiciones televisivas donde predican el creer, creer y creer, ¿en qué? Vaya Ud. a saberlo.

Por eso, no debemos creer ciegamente en las afirmaciones incontrastables; por eso sí hace daño, mucho daño, creer en determinadas cosas.

Por eso debemos luchar contra la ignorancia y la irracionalidad, contra la imposición de mitos y leyendas.

Por eso es peligroso y dañino ser condescendientes con la religión, la homeopatía, el reiki o la astrología.

La libertad no se defiende dejando imponer teteras en las mentes infantiles, sino impidiendo que la superstición y la irracionalidad nos arrebaten el libre albedrío.

Pero la cosa no para con el “Deje de Sufrir” hay muchos vendedores de patrañas, pero ante tales críticas, cabría esperar que los organizadores de tales evento o sus partidarios nos inundaran de argumentos, pruebas y demostraciones de que la “teoría de la Tierra hueca” presenta bases lo suficientemente sólidas como para ser tomadas en cuenta, que varios estudios confirman la efectividad de la terapia con flores de bach o que en la secuencia de ADN humana se ha encontrado una región donde pone su origen incomprobable, desconocido y librado a la irracional inventiva de ciertos chamanes.

Lejos de eso, el comportamiento ha sido de lo más estereotipado: rasgadura de vestiduras, acusaciones de inquisidores, oficialistas y vendidos al poder, amenazas de represalias y ataques ad hominem hasta el punto de realizar llamamientos para ser protegidos en una invocación de libertad de cultos que lo único que está amparando y exonerando de impuestos a unos vividores del trabajo ajeno.

La Inquisición no es la divulgación científica, el Santo Oficio no es la universidad, el Brazo Secular no son la razón y el escepticismo.

Es su oscurantismo, sus creencias irracionales, sus pretensiones de conspiraciones ocultas y su propagación de falsos dioses los que nos empujan de regreso a las tinieblas.

Ustedes son los que temen a la luz, odian cualquier método imparcial que permita extraer conclusiones reales, abominan no poder doblegar al vulgo a golpe de superstición y se aterrorizan ante la razón y los hechos.

Ustedes son los que reniegan de los avances del conocimiento y de nuestra emancipación como seres libres; son sus doctrinas las que nos pretenden inmovilizar con el pesado yugo de la ignorancia.

Son la gente como ustedes la que le siguen el juego al sistema, haciendo que la gente se refrote con flores, busque extraterrestres y maldiga el poder de los Iluminati que provocan las crisis mundiales, en lugar de luchar por un pueblo culto y libre que sepa construir un sistema político y social que nos aleje de las ataduras de la explotación.

No es necesario que declaren guerra alguna; desde el primer humano que miró al cielo y no se conformó con pensar que si llovía era porque una deidad deseaba que se mojara.

Pero nuestras armas no son las hogueras, ni los potros, ni las damas de hierro, esas son las que llevamos sufriendo desde los albores de la civilización, en manos de esotéricos y oscurantistas de todo tipo.
Si quiere que discutamos plácidamente la próxima vez, muestren las bases teóricas y experimentales de la Tierra Hueca o de nuestra genética extraterrestre.

Esas son nuestras armas: las evidencias, la razón y el diálogo.

El resto, la cháchara pueden ahorrársela.

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