Mis hábitos, buenos o malos

Tiempo ha, con un amigo íbamos en un jeep de la segunda guerra mundial, comprado en algún remate de deshechos del Ejército Nacional, reconvertido a vehículo de reconocimiento de los fundos de la patria.

Nuestras expediciones consistían en recorrer lugares como el Cerro Verde, que tiene mucho más de médano de arena que cerro de piedra, lo que hace las veces de piedra puede ser algo de greda seca, pero mi vocación de geólogo, la perdí en el barrio cuando me pegaron, de muchacho, una pedrada en la cabeza, que justo en el lugar donde hizo impacto todavía no me volvió a crecer el pelo, cicatriz que le dicen, pero no crean que quedé así por la pedrada, sino que siempre fui igual, una caso parecido a Cristina Fernández de Kirchner, el mío sin vocación política ni codiciar bienes ajenos, entre otros menesteres, pero medio caña hueca, puro ruido.

También nos metíamos en un campo, que decían que era de unos japoneses, pero antiguamente, lo habían comprado a buen precio, en la época de la plata fuerte, unos argentinos que habían comprado toda la estancia, habían hecho una sociedad anónima, con capitales de gente desprevenida, inclusive habían hecho un espigón que entraba en el océano Atlántico y habían instalado unas bombas que succionaban el agua del océano y la volcaban en ese campo, y teóricamente se evaporaba y quedaba la sal en la tierra y también ellos supuestamente la recogerían con sendas palas y harían una saliera oriental.

Nunca, pero nunca sacaron un gramo de sal salvo la que se les formaba en el cuerpo después de un buen baño marino y secándose el cuerpo al sol en el verano tórrido a pleno mediodía.

Clavaron a los accionistas como una estaca, todo se pudrió inexorablemente, tanto el negocio como las instalaciones, las bombas, los levantes de las bombas, la usina que estaba sobre tierra firme y el campo quedó a la buena de dios, un potrero de 9.000 Hás. como pastoreo de los vecinos del pueblo, estas si que no les decían “vaca de pobre” porque no estaban todo el día en la calle.

Esas vacas pastaban por esos campos como si fuera ganado reyuno, claro que no todo lo bueno dura demasiado y más cuando es de arriba, como lo malo tampoco porque no hay cuerpo que lo aguante, se avivaron en los tiempos en que los que gobernaban vestían de verde, y ya que estaba ese potrero de 9.000 Hás. abrieron un canal para desagotar parte de la Laguna Negra, otro bien público, pero al bajar las aguas, quedaron unas 20.000 Hás para mejorar el pastoreo y eso fue lo que compraron los japoneses, las 11.000 últimas no se sabe a quién ni a qué precio.

Eso era lo que se comentaba en el pueblo, claro que el balneario con el agua dulce y barrosa de la laguna que salía hacia el mar, estropearon definitivamente una playa donde la línea de la costa se perdía en el horizonte del oeste y seguía hasta el horizonte del este.

Claro que para un vivo siempre hay otro vivo, los japoneses inversores son como el tero o teru teru, como a Ud. más le guste, pusieron el huevo acá y se fueron a cantar al Oriente y hete aquí que pensaron que todos los orientales del mundo occidental eran gente bien y de buenas costumbres y ciertos hábitos tenemos los orientales, no nos gusta mucho agachar el lomo, ni trabajar de lucero a lucero, como me enseñó un japonés florista, ganándole 8 horas más al día, robándoselas a la noche o mejor dicho al sueño, y tomaron administradores que iban a las ferias de ganado bien fuleras y compraban caros esos ganados huesudos que no sirven nada más que para comer pasto y hacer sombre pero que en la balanza del frigorífico echan poco rinde y así fue la cosa, el pingüe negocio fue para los que explotaban campo ajeno, comprando malo como bueno y vendiendo como malo, lo que llegó a sobrevivir.

Invirtieron la ecuación de comprar barato y vender caro, estos señores con plata ajena y la connivencia de los vendedores, compraban caro y lo que sobrevivía se vendía barato.
En esos negocios es donde se confirma el dicho aquel de que el ojo del amo engorda el ganado.

Siempre se mueren las vacas del otro y las propias sobreviven y más si no hay gente que controle las marcas de los cueros de las difuntas reses.
Me pasó que íbamos en expedición con mi amigo por ese fundo y encontramos una vaca caída empantanada en un barrial y dimos vuelta a nuestro costo de combustible hasta “las casas” y le avisamos al encargado que había una vaca caída, cosa que sabemos bien que dura viva poco, muy poco.

Seguimos la recorrida tras una bandada en tierra de unos dos mil chajás como mínimo y los fotografiamos a gusto y después de una larga recorrida cuando llegamos de vuelta para salir, la vaca, seguía empantanada, pero ya no tenía problema porque estaba muerta y de ojo revoleado.

Nuestras excursiones al Cerro Verde eran para cosechar (léase depredar) la pobre y poco conocida arqueología nacional.

Claro que nosotros cometíamos una depredación, en un bien cuya custodia y conservación competía al Ejército Nacional, que estaban presentes en el predio, en época que mandaban aquellos señores que usaban ropa verde.
Nosotros depredábamos más con las ruedas del jeep que lo que juntábamos que eran unos pedazos de silicio (unas puntas de flecha, terminadas o no), algunas bolas parecidas a boleadoras, pero no lo eran, sino que eran percutores, bolas con dos huecos en los que cabían perfectamente la punta del dedo índice y la del dedo pulgar para guiar bien el golpe del percutor sobre el silicio sobre un mortero (una piedra más lisa y con un trabajo para que la punta de la flecha no bailara), claro que para cada punta de flecha había miles de puntas que no llegaron a serlo por romperse el silicio en la rudimentaria tarea.

A la india, porque era tarea de mujeres, que se le rompía la punta la dejaba ahí y empezaba con otra, lo mismo pasaba con los morteros y los percutores, cuando cambiaban de lugar de caza y pesca, todo eso que era pesado lo dejaban, porque las indias eran las que cargaban con todo y el plumífero jefe no cargaba nada y cuando se estacionaban en un nuevo lugar a empezar de nuevo con los percutores los morteros y la cosecha de piedras de silicio.

La vida no era nada fácil para las indias.

Nosotros cosechábamos esas piedras grandes, medianas y chicas y las llevábamos como recuerdo para el chalet, claro está que la casa de verano la usábamos en la temporada estival, y con el pasaje del tiempo pasó a nuevos destinatarios, en lo personal por temas personales no volví nunca más a esa casa y hete aquí que las costumbres de uno no son compartidas por todos, ni siquiera por algunos pocos otros.

Las piedras ahí quedaron y luego vino aquel que no le interesaban las piedras dentro de la casa y las tiraba para el terreno, suelo arenoso, las piedras se enterraban por propia decantación de su peso y ahí la historia volverá a repetirse, en la cual algún otro enfermo como yo, dentro de un tiempo impreciso, que puede ser poco y muchísimo y si es mucho, las encontrará y ensayará una nueva teoría, por el lugar en que encontraron las piedras y rodeadas de qué elementos y de otras épocas, sobre las costumbres de los charrúas u otras tribus que el imaginario colectivo fabrique por necesidad histórica, política o científica.

A todo esto me quedó un percutor que lo conservo arriba de un durmiente que corona y viste la gran y tan disfrutable estufa a leña de estos tiempos.
Para ir cerrando en esos campos había una reserva histórica de ganado criollo, aquel ganado guampudo, huesudo, que fue hueso más o hueso menos con el que hizo la mejor inversión nuestra tierra con la visión de Hernando Arias de Saavedra, conocido por nosotros como Hernandarias, ganado que lo deben de haber comprado a precio regalado porque en realidad lo vendieron para hacer lugar a reses que dieran mayor rinde, claro que el que los vendió no era el dueño, ni tampoco se percató mucho en lo que era parte del patrimonio histórico nacional.

Hay más para esta historia, pero dejémosla para otro momento porque los lectores tienen la cabecita puesta en la elección del domingo y están para las historias actuales y no las pasadas.

Que todo sea para bien…

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