Páez Vilaró, Ceremonia del Sol

Por Iara Bermúdez y Waldemar García
El 1º de noviembre Carlos Páez Vilaró hubiese cumplido 91 años. En vida del artista, esta fecha era todo un acontecimiento en Casapueblo, una de esas fechas marcadas para mucha gente que lo acompañaba cada año. Con motivo de su 90 cumpleaños cerca de un millar de personas pasaron por Casapueblo para saludarlo.
Es el primer aniversario de su nacimiento en que el no estuvo para que sus cientos de amistades le desearan feliz cumpleaños.

El 1 de noviembre, día de Todos los Santos no solo fue importante por ser su cumpleaños sino que además fue un 1 de noviembre de hace 57 años cuando descubrió el enclave en que hoy se levanta la que es su obra de vida: Casa Pueblo.
En su libro “Cuando se pone el Sol”, el propio Páez Vilaró narra cómo fueron las circunstancias en que se enamoró de un paraje que en aquel entonces estaba totalmente virgen, que solo habitaban unos pocos pescadores. En ese entonces el artista tenía su atelier en Punta del Este, en un local en el que había funcionado un viejo molino y tenía como vecinos a una emisora de radio, por lo que estaba buscando un lugar donde mudarse, un lugar más tranquilo e inspirador.

“…Mi Land Rover era igual al matungo de estancia, que conoce los caminos y cortadas mejor que el jinete. Sin darme cuenta, dejándome ir a suerte y verdad, tomé la ruta hacia el este. Al llegar a la bajada de Punta Ballena, me sentí tentado a aceptar todo lo que ese paisaje me regalaba. Tomé coraje, doblé hacia las grutas y dejé mi Land Rover bajo la sombra de un sauce vencido.
Aquel vehículo era parte de mí mismo. Con él profundizaba las playas recogiendo los regalos que el mar me dejaba en sus orillas. También profanaba la privacidad del bosque juntando piñas para estimular el fuego.

Destartalado, arisco y quejumbroso era mi caballo de chapa y jamás se enfermaba. Las cicatrices eran su orgullo. Calentón y roncador siempre estaba a la orden para arrancar sin titubeos al primer contacto. Pero esta vez debía dejarlo allí antes de incursionar el terreno o de levantar mi inventario de baches y alambrados. …Ese día fue un primero de Noviembre de 1957. Así inicié en soledades mi cumpleaños, caminando con fe hacia el encuentro del lugar soñado. Cuando llegué al punto más alto me trepé en la pilca de piedra que los españoles habían construido durante la colonia y que formaba la columna vertebral de esa ballena rocosa, partiéndola en dos. El primitivo cerco veteado por el musgo, nacía en la carretera y con vocación de arpón moría incrustándose en el mar…Estaba participando de un momento lunar. A lo ancho y a lo largo la desolación era dominante. Ningún árbol plantado, ninguna vivienda en los faldeos. Ningún pescador decorando las rocas. El silencio era absoluto, apenas quebrado por el canto de un sabiá o gaviotas en fuga. La tormenta al irse disipando, tornó la tarde pesada y calurosa. La humedad rescataba el perfume de las plantas nativas, y la atmósfera se enriqueció al mojarse la lavanda. ….La bajada permitió que desandara el camino con rapidez y sin tropiezos. Mi alegría era indescriptible, y la caminata la hice hablando a los gritos conmigo mismo. Había descubierto el sitio ideal para mi taller definitivo, pero debía cuidarme de no comentarlo con nadie para evitar inconvenientes. ..Debía levantar inicialmente una casilla de lata como base para construir de inmediato mi futura vivienda. Mientras en el papel garabateaba mis primeros trazos, observaba desde mi ventana hacia la calle la silueta del viejo Land Rover descansando con los ojos entornados debajo del farol. Al costado de la puerta, mi paraguas también dormitaba. Como un pájaro negro con sus alas mojadas, me había prometido que guardaría el secreto de mi descubrimiento.”

Hace un tiempo tuvimos oportunidad de conversar con Gustavo Oliveros, gerente de Casapueblo. Hablamos de los precios de los cuadros, de la demanda, de los libros, de la cantidad de visitantes, del legado, pero sobre todo hablamos del Ser Humano, de la persona cuya humanidad traspasaba al artista, que seducía a cuantos le conocieron, que dejó huella por allí donde pasó.

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Le pedimos que nos resumiera en una frase lo que representaba para él, Carlos Páez Vilaró y que cambió en su vida después de su muerte: “Para mí, personalmente, fue como un padre, un amigo, un compañero. Hicimos muchas cosas juntos y me gustaba estar con el y conversar con él todas las mañanas proyectando y haciendo cosas. Para mí como persona fue una persona maravillosa y una persona dentro del mundo del arte insuperable. Creo que el Uruguay perdió uno de los referentes más grandes que haya podido tener en el arte.” “Su falta me produjo una ausencia importante, porque más que un patrón era un referente, una persona con la que aprendía mucho y a la que le tenía mucho cariño”. En ese momento comenzaron a sonar los acordes del Concierto de Aranjuez, que sirve de fondo a la “Oda al sol”, que cada día a la puesta del sol, se puede escuchar en la voz de su autor. “Su ausencia repercutió en todo el personal de Casapueblo, se extraña su presencia, él era el motor que día a día te tiraba proyectos nuevos, se siente su falta en el día a día. Ahora estamos escuchando la Oda al Sol, escucharla los primeros días en que él no estaba fue muy fuerte para todos nosotros.”

Y nos contó una anécdota, porque le habíamos preguntado por la suerte que había corrido una pintura que estaba en la entrada del hotel Conrad, y que, con las reformas que se hicieron al cambiar de firma, fue quitado. Nos contó que una noche, estaba ya en pijama para acostarse y recibe una llamada de Páez Vilaró para pedirle que fuera con su esposa a acompañarlo a cenar en el Conrad porque estaba solo y no tenía ganas de cenar solo. Llegan al hotel, lo esperan en el lobby y lo ven bajar del ascensor y encaminarse hacia el otro lado, su esposa le dice que lo vaya a buscar que seguramente se despistó, pero en realidad había ido a comprar un perfume para regalarle a ella. Luego de la cena, saliendo ya del hotel pasaron frente al mural suyo y les dice: “esta noche hay que recordarla siempre” y continúa Oliveros –“el siempre llevaba un marcador negro en el bolsillo y en el mural había dibujada una locomotora, que cuando la recuperen, si todavía existe, en el vidrio de la locomotora puso una R y una G, las iniciales de Rosana, mi esposa y Gustavo y dijo ‘ahora va a quedar grabada esta noche’.”

Finalmente nos enteramos a través de María Fernández, relaciones públicas del hotel Conrad, que el mural, pintado en 1997 (año en que se inauguró el hotel Conrad), fue quitado por un especialista enviado por el propio artista y se encuentra embalado y guardado en el hotel a la espera de encontrar una nueva ubicación.
Brenda Sosa, funcionaria de Casapueblo que hace años que trabaja con el artista nos define con pocas palabras y con la emoción escrita en el rostro, “era un ser único, un ser especial”. Su personalidad era tan fuerte que su ausencia es inmensa, forma un vacío difícil de llenar. Sin embargo cada sala, cada pasillo, cada balcón de la casa-museo está impregnada de su presencia y cada tarde, unos minutos antes del ocaso, su voz resuena en todos los rincones en esa diaria Ceremonia al Sol con que el artista brindaba su homenaje al astro rey, al astro que nos da la vida, y al que nosotros nos sumamos y reproducimos como homenaje a su creador.

Ceremonia al Sol
Hola Sol …! Otra vez sin anunciarte llegas a visitarnos. Otra vez en tu larga caminata desde el comienzo de la vida.
Hola Sol…! Con tu panza cargada de oro hirviendo para repartirlo generoso por villas y caseríos, capillas campesinas, valles, bosques, ríos o pueblitos olvidados.
Hola Sol…! Nadie ignora que perteneces a todos, pero que prefieres dar tu calor a los más necesitados, los que precisan de tu luz para iluminar sus casitas de chapa, los que reciben de tí la energía para afrontar el trabajo, los que piden a Dios que nunca les faltes, para enriquecer sus plantíos, y lograr sus cosechas. Es que vos, Sol, sos el pan dorado de la mesa de los pobres. Desde mis terrazas te veo llegar cada tarde como un aro de fuego rodando a través de los años, puntual, infaltable, animando mi filosofía desde el día que soñé con levantar Casapueblo y puse entre las rocas mi primer ladrillo.

Recuerdo que era un día inflamado de tormenta, el mar había sustituido el azul por un color grisáceo empavonado, en el horizonte un velero escorado afinaba el rumbo para saltear la tempestad, el cielo se llenaba de graznidos de cuervos en huida, la sierra se peinaba con la ventolera alborotando a la comadreja y al conejo.
Pero de golpe como un anuncio sobrenatural el cielo se perforó y apareciste vos. Eras un sol nítido y redondo, perfecto y delineado, puesto sobre el escenario de mi iniciación con la fuerza sagrada de un vitreaux de iglesia. Desde ese instante sentí que Dios habitaba en ti, que en tu fragua derretía la fe y que por medio de tus rayos la transmitía por todos los sitios donde transitabas. Los mismos brazos de oro que al desperezarte iluminan el cielo, al estirarse a los costados entibian las sierras, o apuntando hacia abajo laminan el mar.

Hola Sol…! Cómo me gustaría haber compartido tu largo trayecto regalando luz, porque a tu paso acariciaste la vida de mil pueblos, compartiste sus alegrías y tristezas, conociste la guerra y la paz, impulsaste la oración y el trabajo, acompañaste la libertad e hiciste menos dura la oscuridad de los presidios.
A tu paso sol, se adormecen los lagartos, despiertan los girasoles y los gallos cacarean. Se relamen los gatos vagabundos, los perros guitarrean, y el topo se encandila al salir de la cueva. A tu paso sol, hay sudor en la frente del obrero y en los cuerpos de las mujeres cobrizas que alcanzan el cántaro de la favela. Con tus latidos conmueves el mar, das música a la siembra, la usina y el mercado.

A tu paso corrieron en estampida búfalos y antílopes, desperezó el león, se asombró la jirafa, se deslizó la serpiente y voló la mariposa. A tu paso cantó la calandria, despegó el aguilucho, despertó el murciélago y emigró el albatros.
Hola Sol…! Gracias por volver a animar mi vida de artista. Porque hiciste menos sola mi soledad. Es que me he acostumbrado a tu compañía y si no te tengo, te busco por donde quiera que estés. Por eso te reencontré en la Polinesia, cuando te coronaron rey de los archipiélagos de nácar y los arrecifes dentellados de coral, o también en Africa, cuando dabas impulso a sus revoluciones libertarias y te reflejabas en el espejo de sus escudos tribales para inyectarles coraje. Te estoy mirando y veo que no has cambiado, que sos el mismo sol que reverenciaron los aztecas, el mismo de mi peregrinaje pintando por América, el que envolvió la Amazonia misteriosa y secreta, el que me alumbró los caminos al Machupichu sagrado del Perú, el de los valles patagónicos o los territorios del Sioux o del comanche. El mismo sol que me llevó a Borneo, Sumatra, Bali, las islas musicales o los quemantes arenales del Sahara.
A diferencia del relámpago que apenas proyecta en la noche latigazos de luz, desde tu reinado planetario, tus destellos continúan activos, permanentes.
Alguna vez la travesura de las nubes oculta tu esplendor, pero cuando ello ocurre, sabemos que estás ahí, jugando a las escondidas.

Otras veces, en cambio, te vemos sonreír cuando las golondrinas o las gaviotas te usan de papel para escribir las frases de su vuelo.
Gracias Sol, por invadir la intimidad de mi atardecer y zambullirte en mis aguas.
Ahora serás la luz de los peces y su secreto universo submarino. También de los fantasmas que habitan en el vientre de los barcos hundidos en trágicos naufragios.
Gracias Sol…! Por regalarnos esta ceremonia amarilla. Gracias por dejar mis paredes blancas impregnadas de tu fosforescencia.

Entre ventoleras y borrascas, cruzando ciclones y tempestades, lluvias o tornados, pudiste llegar hasta aquí para irte silenciosamente frente a nuestros ojos.
Porque tu misión es partir a iluminar otros sitios. Labradores, estibadores, pescadores te esperan en otras regiones donde la noche desaparecerá con tu llegada.
Y como respondiendo a un timbre mágico despertarás las ciudades, irás junto a los niños a la escuela, pondrás en vuelo la felicidad de los pájaros, llamarás a misa.
A tu llegada, se animará el andamio con sus obreros, cantarán los pregoneros en las ferias, la orilla del río se llenará de lavanderas y entrará la alegría por la banderola de los hospitales.

Chau Sol…! Cuando en un instante te vayas del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo. La oscuridad, con su apetito insaciable penetrando por debajo de mis puertas, a través de las ventanas o por cuanta rendija encuentre para filtrarse en mi atelier, abriéndole cancha a las mariposas nocturnas.

Chau Sol…! Te quiero mucho…
Cuando era niño quería alcanzarte con mi barrilete. Ahora que soy viejo, sólo me resigno a saludarte mientras la tarde bosteza por tu boca de mimbre.
Chau Sol…! Gracias por provocarnos una lágrima, al pensar que iluminaste también la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y la de todos los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero que te siguen disfrutando desde otra altura.
Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman la casa del sol. El sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte.

Un comentario sobre “Páez Vilaró, Ceremonia del Sol

  • el 7 noviembre 2014 a las 04:55
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    ¡Qué preciosa nota periodística! …por momentos: ‘Pura LÍRICA’. Gracias Carlitos P: V:; y gracias también a los co-autores de esta ‘notaZA’. Artículos como éste, hacen que me enorgullezca de pertenecer a vuestro círculo de seguidores.

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