Primeros humos

Los domingos por la tarde, nosotros a veces íbamos al fútbol, pero teníamos un grave problema en mi barra estaban: el “Juanbailo era manya, el “Juatoño” bolso, y yo picapiedra, el gallego, que no estaba nada más que para los libros y una novia, que cuando la pescamos con otro galán jugando de mano en el agua de la playa, los mentirosos fuimos nosotros, ella una santa y él un estúpido, que con el tiempo se dio cuenta como venía la mano y la plató con las raíces para arriba.

También estaba el Ñeñe Kaliten (nene Carlitos pronunciado por su madre en yiddish) que era grande y medio virola y la yiddishe mamele en su lengua materna y uruguayo le rezongaba y le decía “Ñeñe Kaliten no joiga pelota en caya, que viene der politzeien y yeva”, o sea que le tamía mucho al guardia civil de la esquina porque todavía tenía los machucones de la Gestapo y el Teta Peluda (porque era bastante mayor que nosotros y le había salido el vello en el pecho) era el lechero de enfrente que tenía un futbolito y nos instruía en el mundo que nos íbamos a insertar.

En los momentos en que no se prestaba para ir al Ansina Country Club, ni al Palermo Country Club (lugares de grandes explanadas de hormigón sobre el mar, -léase Río de la Plata – donde bañarse estaba absolutamente prohibido y los de prefectura “te portaban”, salíamos a trillar 18, ahí nos encontrábamos en su lugar habitual con un primo mío, Gustavo y con un amigote de él, que nunca le supimos el nombre porque siempre lo llamamos Vittorio, por Vittorio Gassman, por ser un caradura de primera, como el personaje de los Monstruos, pero por el contrario del actor, era feo como pisar caca descalzo, pero cargador como capón loco, atropellaba todo bulto que se meneara.

Nariz de chimango, pero peinado a la gomina, como lamido por una vaca.
Bien trajeado y prolijo.
Una vuelta le pregunté cómo era el negocio de tratar de conversarse a las muchachas de una esquina a la otra de la plaza Libertad (léase Cagancha) y alguna lo soportaba 10 mts., 15 o 20 y le echaban insecticida para sacárselo de encima.

Me contestó en una forma muy pragmática, me cargo 10, 20, 30, o 100 y si alguna en el día me da pelota ya está valió la pena.
Jugaba con el cálculo de las probabilidades, la estadística tendría que hacerla semanal o mensual para que le diera algún número positivo, como la gente y defendible.
Era su filosofía, el amor propio lo dejaba en casa, que no le servía ni para mirarse al espejo, pero su teoría era válida para un desahuciado y el la practicaba con esmero.
En el trille de la plaza, que podría llegar a hacer y con la suela de los zapatos gastó todos los nombres de las lápidas de mármol del cementerio con que hicieron la vereda de la plaza Cagancha, como ser: “A paito que lo llevaremos siempre en el corazón…” era alguna de las leyendas fúnebres que ya no existen más gracias a Vittorio y otros galanes frustrados.

Eso no era lo nuestro, queríamos divertirnos, jorobar la pava, y no perder miserablemente el tiempo, como belinunes, sino perderlo de otra forma, que nos dejara otro sabor que no fuera tan amargo como el fracaso permanente y cotidiano.
Hubo a la vuelta del Teatro Solís, en la época de “Tata con Mama” un Teatro llamado “Royal”, donde debutaron como uruguayos Gardel y Razzano.
Estaba en Bartolomé Mitre entre Reconquista y Buenos Aires.
Este teatro Royal con el tiempo tuvo un anexo con un cabaret, “El Pigall”, nombre que perdió una “e”, por el camino al atravesar el Atlántico de París a Montevideo.
Cuanto algún espectador del Teatro, lograba un levante con alguna corista, rumbeaba para el anexo cabaretero, con copas caras, tal vez algún plato de comida tan escasos en el medio revisteril y en esa zona no faltaban bulines, lugares para terminar al abrigo satisfactoriamente y con algún peso en el bolso la noche.

Cuando no dio más como teatro, no como cabaret, los unieron físicamente e hicieron un cine teatro, al que le pusieron “Hindú” por nombre, lo que no cambia la cosa porque en aquellos tiempos ambas se escribían con H, hoy la filosofía y la religión van con H y la nación India, tiene por habitantes a los indios y no a los hindúes, pero ese no es el tema en que estamos.
Nuestra barra después de zafar de la plaza Libertad, seguíamos hasta la plaza Independencia, un tramo de menos gente y trille, pasábamos frente al Solís y nos metíamos en el Hindú.
Programación prohibida para menores, e inconveniente para señoras y señoritas, después hablaremos de ella.
Cuando uno entraba no veía la pantalla porque se accedía por un costado y por el reflejo de la luz se veían los palcos y luego sobre la izquierda estaba la pantalla.
La programación era de películas comunes y corrientes, preferentemente no aptas para menores de 18 años y al final de las mismas daban “shorts films picarescos”, esto es traducido a nuestros tiempos actuales unas películas que ocasionalmente se veía de refilón un seno, a las disparadas y poca cosa más.

Hoy haría bostezar a un chiquilín de seis años.
Pero la indiada desacatada no sé qué les corría por la cabeza.
Una vez que estaban dando, si mal no recuerdo “La torre de Neslé”, con Silvana Pampanini, la cual tenía a la altura del pecho dos poderosas razones para triunfar, con unos 110 o 120 de circunferencia, a la altura de las herramientas, la película no era mala, pero un desquiciados gritó del fondo de la sala, “queremos ver c….” llamando a esta parte genital del cuerpo femenino en forma vulgar, soez, a la que se sumaron otros integrantes de la fauna humana.
En pocas palabras la película y Silvana Pampanini les importaban un pepino y querían que la terminaran para ver los magros cinco o diez minutos de cortos picarescos o de relajo, como Ud. quiera calificarlos.
Acto continuo, al sentir escándalo, el operador, prendía la luz de la sala para que se calmaran los ánimos.

Una tarde Juatoño, que era un tanto rústico y con antecedentes en la materia, cuando empezó con los dedos a mover un lambriz de madera del cine Apolo y dale que dale toda la función, hasta que se vino abajo un tabique de madera compensada de tres metros por tres y por cierto arriba de los otros espectadores, acto continuo apareció Julio, el portero, un ex boxingdanga, que puso coto a los nervios del público y sacó al Juatoño de un brazo para la calle.
No lo movió de pura casualidad.

En el Hindú había apoyado sus pies en la fila de adelante y se hamacaba la fila en que nos encontrábamos sentados todos, hasta que se le fue la mano, digo el pié, y la fila entera, en toda su extensión cayó para atrás, inclusive un viejo que estaba sentado en la punta y no tenía nada que ver con nosotros, pero ante tal jaleo se refirió con términos infamantes y malhumorados especialmente sobre la conducta de nuestras antepasadas progenitoras hasta el cuarto grado por consanguinidad y segundo por afinidad.
Ese hecho logró, que desde la sala de proyecciones prendieran todo a media luz, cosa que, ni lerdas ni perezosas, aprovecharon las yiras que trabajaban en la sala, “sottovoce”, para recorrer los espacios libres para ver si levantaban algún viaje, entre personas del público, ímproba tarea, por la mala calidad de la oferta de la mercadería referida y el bajo poder adquisitivo de los asistentes, eran vulgares comas que no llegaban a puntos.
En trasnoche, algunos fines de semana, había unas funciones de burlesque, con muy pocas plumas y poquísimos dientes en la boca de las ocho o diez vedettes de ocasión y el show que hoy llamarían stand up, estaba a cargo del genial Roberto Barry, fallecido hace un montón de años, que de cultural no tenía nada salvo que fuera de cultura soez, siendo un excelente humorista, bajaba el nivel acorde con el público, al efecto de hablar el mismo idioma y que entendieran los chistes.

Cuando terminaba la función de cine, no la de burlesque porque no estábamos en condiciones de acceder a los precios, ni nos interesaban y nos íbamos al bar London que estaba en la rinconada de la plaza Independencia, donde largaba en una época el Expreso Minuano y nos comíamos unos cuadrados de jamón y queso con alguna bebida refrescantes.
Los calaveras de las tardes de los domingos éramos así, como la letra del tanto Garufa que en vez de terminarla con un café con leche y una ensaimada, adictos al vicio de un sándwich lo manducábamos y rumbeabamos para las casas.

El viejo tambo, devenido en teatro cabaret y luego en cine de a ratos, amenazó ruinas y fue demolido y hoy oficia de estacionamiento de los juzgados penales.

Ahí bajan jueces y funcionarios de jerarquía, también traen a los presos en los celulares, por lo visto ese predio siempre estuvo condenado a gente muy especial… y que todo sea para bien…

Deja tu comentario